Lancolía - Santiago Eximeno

 




“Es preferible dejarse llevar, aceptar que lo que se te viene encima es lo menos malo y continuar con tu vida como si nada hubiera cambiado. Mirar atrás siempre provoca vértigo; es mejor mirar adelante, olvidar, vivir.”



¿Qué es vivir? ¿Disfrutar de placeres e instantes únicos o seguir adelante a pesar del dolor y el sinsentido? Son pocos los que pueden gozar de una existencia sin preocupaciones ni demasiados malos momentos, e incluso ellos necesitan un objetivo para no sentir que su vida carece de propósito. Pero para quienes completan sus días con carencias y padecimientos, para quienes viven rodeados de oscuridad y han olvidado lo que son el Sol o las estrellas, marcarse una meta es algo doblemente valioso. Porque una meta no es un simple destino al que llegar, es una fuente de esperanza.

Sin embargo, somos seres sociales, las células de un organismo mayor al que llamamos civilización. Nuestras metas personales son posibles o importantes en la medida en que no vayan en disonancia con las del ente al que pertenecemos, porque ¿Qué es una civilización sin rumbo? ¿Cómo sobrevive cuando no sabe hacia dónde remar? Si quienes la componen no tienen claro su lugar o no están convencidos de la importancia de su misión, tienden a dejar de seguir las normas y a convertirse en un cáncer. En elementos peligrosos para el sistema que aspiran (y ahí está su nuevo objetivo) a invertir o reordenar valores mediante el caos que conlleva cualquier revolución.

Para los regímenes totalitarios es vital recordar a cada individuo la importancia de su función dentro del colectivo. Tanto como repetirles constantemente de dónde vienen y hacia dónde van. Pero esa procedencia no suele ser exacta ni objetiva, porque para quienes ostentan el poder de forma absoluta y dictatorial, el pasado suele ser un enemigo, una prueba de que se puede vivir de otra manera, de que se pueden trazar nuevos rumbos. Probablemente, de poder borrarlo para siempre, lo harían. Aniquilarían o encerrarían a todos sus protagonistas, prohibirían aquello que no encajase plenamente en la nueva deriva y eliminarían cada huella que pudiese generar dudas o preguntas. De tener ese poder, habrían también de impedir que nuevas crónicas empezasen a escribirse, pues las decisiones de hoy pueden convertirse en un obstáculo mañana.

Afortunadamente, no hemos conocido una civilización sin alternancias en el poder. Nunca se han podido eliminar totalmente los vestigios de logros o infamias pasadas. Nunca se ha podido aniquilar o callar a todos los disconformes, pero cuando estos vencen y un gobierno cae, el siguiente tiende a restaurar o reescribir únicamente aquello que le conviene.
Para un rebaño ciego, inmerso en la oscuridad, olvidar puede ser una bendición. Vivir es seguir adelante y si toca remar cargando con el peso de los demás, sentirse agradecido por ser elegido para ello es la única defensa ante la locura.


Lancolía, la ciudad que es barco, navega por un espacio sin estrellas en dirección a un planeta que nadie ha visto, pero en el que todos creen. Azor vive solo en la cofa, esperando divisarlo con sus ojos multifacetados y así cumplir su misión en la vida, esa nueva vida con la que fue bendecido. Todo funcionará mientras sigan avanzando. Así ha sido desde que los vientos solares cesaron y los Arcontes, títeres de los Nigromantes, tomaron el poder. Pero cuando uno de los cien astronautas que halan de la ciudad, deja de hacerlo, todo amenaza con derrumbarse.


Santiago Eximeno reincide, con Lancolía, en su discurso de denuncia. Pero, esta vez, no pone el foco en las desigualdades sociales como origen de la podredumbre y el dolor (Carne y Hueso, ed. Transbordador 2021), lo hace cargando contra nuestra naturaleza gregaria, tan proclive a la sumisión, y contra quienes se aprovechan de nuestros miedos y carencias para vencer en sus juegos de poder.

Las armas que utiliza son también las mismas que en su anterior novela: una ambientación oscura y opresiva, escenas crudas que transmiten angustia o desesperanza, y unos personajes sorprendentes con los que se empatiza desde la primera línea. Con ellas construye la que probablemente es su mejor novela hasta la fecha; una historia impactante, redonda, y de desbordante imaginación que te desgarra de principio a fin. Y es que la literatura de este autor es, además de un vehículo de evasión tan imaginativo que puede permitirse prescindir de toda objetividad científica, una poderosa herramienta de concienciación y resistencia.


Escuchad esas risas desquiciadas. Son los Arcontes, tan grotescos como temibles. Es imposible estar ante ellos sin sentir temor. No nos sometemos por el condicionamiento, lo hacemos porque sus decisiones son nuestra última esperanza... o tal vez no. Tal vez debamos mirar atrás y esperar la segunda venida de aquella a quien una vez negamos. Abramos los ojos, es hora de asumir que nunca llegaremos al lugar al que nos llevan. ¿No sería mejor volver atrás? Recemos, liberemos a los oprimidos y cambiemos el rumbo de esta nave que es ciudad. Porque, incluso los siervos se sienten libres si pueden elegir qué cadena ponerse.


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