Todos somos carnaza - Pablo G. Naranjo


Hace bastante tiempo (aunque menos del que creen los más bisoños), toda una generación ansiosa de acción y aventuras se liberó del yugo de una televisión con dos canales. No tuvieron la suerte de nacer en la era de internet ni eran sobrepasados por un bombardeo de información cada vez que encendían la pantalla. No necesitaban cribar e ignorar constantemente emisiones, pero tampoco se limitaban a consumir parte de aquello que les llegaba. Eran chicos y chicas que aguzaban el oído cada vez que escuchaban un nuevo título, que indagaban, que casi consideraban una obligación verlo todo, aprenderse diálogos “molones” y reproducirlos en el patio de la escuela con sus amigos y amigas. 

Esta revolución cultural fue posible gracias a la llegada de los reproductores VHS/Beta, y como consecuencia los Videoclubs de barrio se convirtieron en nuevos santuarios cuyos escaparates (llenos de llamativos carteles) acapararon todo el interés que poco tiempo antes habían monopolizado las tiendas de golosinas y juguetes. 

A día de hoy no podemos negar que muchas de aquellas “joyas” cinematográficas enfocadas al consumo doméstico eran de una calidad cuestionable, pero la forma en que hacían volar la imaginación de los más jóvenes puede que no haya sido igualada ni por la todopoderosa industria del videojuego. Pablo G. Naranjo y yo pertenecemos a esa generación que se “flipaba” viendo peleas entre pandilleros y justicieros, a guerreros hipermusculados cumpliendo profecías milenarias o a jóvenes inocentes enfrentándose a temibles demonios. Yo pasé página y creí haber entrado en otra etapa pero, aunque mis gustos han cambiado, tras leer Todos somos carnaza he comprobado que el virus de la Serie B y la cinefagia ochentera sigue corriendo por mis venas. Mi cerebro censuraba pasajes, analizaba personajes, pero mi corazón latía y no paraba de rememorar, no solo títulos concretos, sino todas las sensaciones que me abordaban cada vez que realizaba ese acto casi mágico que suponía presionar el botón 'Play' para convertirme en un tipo duro o un héroe invencible. 

El equivocado soy yo (el crítico en el que creo haberme convertido), así que no debéis hacer caso si más abajo censuro algún aspecto de la obra: el autor no tiene mis contradicciones y abraza con pasión un tipo de cine del que él (más honesto consigo mismo), nunca renegó. Y después de atraparme durante unos días, entreteniéndome y rejuveneciéndome casi 30 años, me ha hecho entender porqué la literatura pulp tiene cada vez más adeptos en nuestro país. 

La ciudad, un lugar sin nombre en la Norteamérica de la era Reagan, es un infierno de asfalto y acero. Miles de personas transitan cada día por sus arterias, unas calles sucias y hostiles, intentando llegar a sus puestos de trabajo. El edificio de IntechCorp, un gigante del sector de las inversiones, es uno de sus órganos principales y hasta allí viaja cada mañana una joven de 26 años que se debate entre la angustia que le genera su nuevo puesto y la instintiva necesidad de no perder toda la inocencia que aún posee. Ese rascacielos lleno de psicópatas reconvertidos en ejecutivos, recepcionistas tan frías como hermosas, y un misterioso alto cargo del que nadie sabe nada, desprende algo maligno. Tan sólo un mendigo al que la mayoría finge no ver cuando pasan junto a él, sabe lo que está a punto de suceder. 

Con un lenguaje deliberadamente agresivo que transmite hostilidad, y un ritmo ágil sustentado por un estilo tremendamente visual, Pablo G. Naranjo ha escrito un auténtico homenaje al cine de explotación ochentero, pero con una sorpresa tan inesperada como acertada: un genial toque de horror cósmico que hará las delicias de cualquier adepto Lovecraftiano. El autor prepara el terreno desde la primera página creando un escenario deshumanizado y opresivo, y se lo juega todo a una sola carta: la de la acción y las vísceras. Los protagonistas, tan estereotipados como los de las películas en las que se inspira, carecen de matices psicológicos y el lector no llega a empatizar demasiado con ninguno. Sin embargo, es de justicia reconocer que en una novela que pretende excitar, sorprender y entretener, unos personajes demasiado complejos pueden condicionar la fluidez de la narración. 

En cuanto al argumento, se divide en dos partes: una primera en la que el mal es algo abstracto, hipnótico y temible donde es inevitable pensar en las obras de John Carpenter, y una segunda de un tono más gore y salvaje en la que las llamas del infierno no son simplemente una metáfora. 

Podredumbre moral, hedor y bilis. Gritos, dolor, orines y heces. Katanas sedientas de sangre, sociedades secretas, máscaras y objetos de poder. Buenos luchando por sobrevivir y malvados que quieren ver arder el mundo. Escenas impactantes, demonios y una profecía... Pablo G. Naranjo lo pone todo, tú solo tienes que sentarte y pulsar Play. 

¿Hacemos palomitas?

4 comentarios:

  1. Muchas gracias por la reseña. Me alegra mucho que hayas conectado con el tono y el rollo que quería desprender con la novela.

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    1. Tu novela me ha recordado lo importante que es la literatura de evasión. Me hiciste recuperar uno de los mejores recuerdos de mi infancia/preadolescencia, así que pienso volver a leer pronto otra de tus obras.

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  2. Bueno, bueno, bueno, otra sorpresa, como de costumbre. Por cierto, la editorial está aquí al ladito. Pero no conozco a los responsables. El libro parece interesante, toca un tema que no es usual. Y tal como tú lo explicas, dan ganas de empezar a leerlo ya mismo. En cuanto a los tiempos de los dos canales, yo los prefería. Será porque era niño y me gustaba todo lo que ponían en la caja tonta. Ya sabes, cualquier tiempo pasado fue mejor, sobre todo si tenías once años.

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    1. Coincido contigo. Recuerdo que me leía el TP de arriba a abajo y conocía todos los canales de televisión. Incluso cuando irrumpieron las cadenas privadas. Supongo que la carestía es fundamental para apreciar las cosas. El autor es un auténtico especialista en la literatura Pulp, y en exprimir aquel mundillo de la serie B con sus novelas. La editorial, una auténtica pasada en lo que a edición se refiere. Casi todos los libros que publican son pequeñas joyas profusamente ilustradas.

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