Galaxia Cicatriz - Pedro P. González


Concebimos nuestras vidas como ríos. Como corrientes de agua que siempre avanzan, que nunca se detienen. Que confluyen o se bifurcan estableciendo o rompiendo relaciones. Que jamás volverán a un punto anterior. 
Cada una de las decisiones que tomamos nos definen. Marcan el rumbo de nuestra existencia y lo condicionan todo. Nos pueden llevar al lugar que siempre habíamos soñado o a aquel en el que nunca quisimos estar. La realidad es única, inmutable, inapelable. Intentar escapar de nuestros errores es igual que hacerlo de un agujero negro. Imposible. Una vez traspasado el Horizonte de sucesos, no hay marcha atrás. Eres arrastrado, destruido, aniquilado. O tal vez no.

Helen y Troy comparten techo, pero no cama. Tampoco vida. Se rehúyen, se repelen, se repugnan. No está muy claro lo que ha ocurrido entre ellos; si simplemente ya no se aman, o si evitan mirarse para no tener que recordar qué son o qué hicieron. 
Tampoco pueden separarse. Ni siquiera lo intentan porque, de algún modo, lo saben. Son como dos cuerpos celestes girando uno alrededor del otro. Sin tocarse. Sin distanciarse. Condenados a coexistir. Provocándose angustia y dolor.
Troy, científico del MIT, se refugia en su trabajo. La física cuántica es la respuesta. Investiga incansablemente teorías que nadie entiende. Se aísla de todo y de todos. Busca. Se deshumaniza. Está cerca de algo que cambiará lo que entendemos por realidad, pero solo a él le importa. Ama a Helen. Odia a Helen. La desea. La desprecia. La teme. El universo es cada vez más pequeño para ellos ¿Deberían dejarse llevar por la atracción? ¿Unirse, contraerse, implotar? Tal vez sea cierta la teoría del Big Crunch y, después de la destrucción, llegue un nuevo comienzo.

Galaxia cicatriz es una obra melancólica, desasosegante y compleja que combina el realismo sucio más descarnado con altas dosis de terror psicológico y algunas pinceladas de ciencia ficción. Y estas pinceladas son, a la postre, las que conceden oxígeno al lector.

Una obra de atmósfera opresiva e hipnótica. Inclasificable e impredecible. Que salta entre lo tangible y lo abstracto. Entre lo material y lo inmaterial. Entre lo real y lo que aún consideramos metafísico. 

Una obra que sustituye bien y mal por causas y consecuencias. 

Una obra de personajes atormentados, deshechos y destructivos a los que Pedro P. González, como su magnánimo demiurgo, les concede algo de felicidad.
En ella, el narrador omnisciente horada en nuestro ánimo acumulando metáforas. Machacando, incidiendo en cada sentimiento y en cada sufrimiento. Dosificando información y saltando en el tiempo para que entendamos las consecuencias primero, las causas después. Profundizando en cada detalle. Robándonos el aire. Desgarrándonos como se desgarran los protagonistas. Aplastándonos con el peso de la culpa. De su culpa.

Respirad hondo. Sed valientes. No saldréis indemnes de esta novela. Os dejará un poso negro y denso en el alma. Pero si no la tomáis en vuestras manos, si no os enfrentáis a ella, no entenderéis que la realidad no es única. Que no somos ríos. Que son muchas las vidas posibles. Que la gravedad es poderosa, y más cuando se genera a partir de una cicatriz. La que nos recuerda lo que nunca deseamos y, sin embargo, quisimos. Lo que no pudimos tener y lo que no podremos olvidar. El punto en el que todo empezó y todo acabó. El alfa y el omega. 
Pero tranquilos, el viaje valdrá la pena. Tras la última página la angustia desaparecerá. Para entonces habréis comprendido que, si la oscuridad trata de engullirte, tal vez sea porque intenta llevarte al lugar donde deberías estar.

Tarada - Carolina Sarmiento

 



No podemos ver el interior de las personas. A veces, ni siquiera sabemos lo que se esconde dentro de nosotros mismos. Hay heridas que nunca cierran. Traiciones y decepciones que creemos olvidadas y que esperan pacientemente un momento de vulnerabilidad para perturbarnos, deprimirnos, o incluso rompernos.
Puede que quienes nos rodean nunca sepan lo que nos sucede. Nunca perciban la causa de nuestros cambios de humor, de nuestros comportamientos irracionales o de nuestras malas decisiones. Sí, a veces actuamos con la desesperación de quien necesita huir de algo, escapar de su presente o, tal vez, de su pasado. Los demás no siempre serán capaces de entendernos. Es posible que ni siquiera lo intenten. Cuando no se comprende a una persona que actúa de forma impredecible, se tiende a pensar que está Tarada.

Convertida en escritora de culto, gracias al inesperado éxito de su primera novela y a la personalidad esquiva y antisocial que muestra, la protagonista y narradora de esta historia decide abandonar su carrera de topógrafa para dedicarse a la literatura. Piensa que es la decisión más lógica a pesar de que esconde un pequeño secreto: no es la autora del libro que la hizo famosa. Fue su abuelo, ya fallecido. Sin embargo, lo que en principio parece sencillo resulta no serlo al comprobar que no tiene nada que contar. Que todo lo que se le ocurre son palabras y frases plagadas de oes. Oes que parecen ceros. Ceros como metáfora de la nada, del vacío interior que siente crecer y que amenaza con apoderarse de ella.
Intentando encontrar inspiración consigue la ayuda de Vicente, el bibliotecario, quien le descubrirá las grandezas y las miserias de la narrativa actual. Pero nada es suficiente. Todo pesa. No encuentra salida y, anhelando un clima más favorable y menos opresivo, decide huir sin mirar atrás. El viejo coche de su abuelo y el pijama que lleva puesto son todo el equipaje que necesita.

La narración en primera persona es todo un acierto. Carolina Sarmiento logra, con una prosa pulcra y medida, aunque cargada de espontaneidad, trasladarnos cada uno de los procesos mentales de su protagonista. Una mujer que busca libertad, que no desea sentirse atada a nada ni a nadie. Una topógrafa que pretende ignorar el mapa de su vida y partir con rumbo desconocido. Sin embargo, ese viaje en principio alegre y despreocupado, esa huida en busca de sol, pronto desemboca en un periplo de cariz iniciático, en una exploración interior que le mostrará quién es realmente, quién era su abuelo, y por qué el plagio fue, tal vez, una venganza inconsciente.

Tarada es una obra fresca, original, imprevisible y sorprendente. Una novela de carretera que no recurre a clichés ni a las estructuras habituales. Que no da pistas al lector sobre el lugar al que le llevará, al igual que tampoco se las da a la protagonista sobre su destino. Que desborda humor desdramatizando situaciones realmente duras, y que recuerda que lo mejor que se puede hacer para sanar las heridas de la infancia es volver a ella. Tal vez con un perro. Tal vez con unos hermanos pequeños. Con algo parecido a una madre y, sobre todo, con una bicicleta.

No es necesario que te vistas, sal en pijama. Si has de iniciar un viaje en busca de calor o de inspiración, necesitarás ropa nueva. No te vale la que tienes. El camino te la proporcionará, al igual que las respuestas a las preguntas que no sabías que te hacías. Atrévete. Arranca el motor y pon una emisora de salsa. Tú sabes que no estás Tarada.

Logoglifo - Javier Serra


¿Somos realmente libres?
 
A los que vivimos en países desarrollados nos han dicho que sí. Que podemos elegir qué estudiar, en qué trabajar, a quién votar o a quién amar. El sistema penal basa sus castigos en esa supuesta libertad que a todos se nos presupone. Incluso las instituciones religiosas defienden que el libre albedrío es inherente al ser humano y, por tanto, suya es la responsabilidad de alcanzar el cielo o el infierno. Pero, ¿es cierto todo esto? ¿Acaso no estamos condicionados desde la infancia por una sociedad que nos adoctrina y limita, o por unas familias que nos pueden trasladar sus ideas y prejuicios? ¿No nos incentiva el sistema si seguimos determinadas directrices, y nos castiga o penaliza si optamos por otras?

Aunque nos puedan surgir dudas continuamos pensando que sí, que somos afortunados por pertenecer a la especie más evolucionada del planeta y tener cierta capacidad de decisión. De hecho, aceptamos que algunos de esos condicionamientos e imposiciones son por nuestro bien. Imaginad por un momento que un virus, una bacteria o un hongo, estableciesen una relación simbiótica con nuestro cerebro alterando significativamente los comportamientos que consideramos “normales” ¿Seguiríamos siendo humanos? Si esa infección erradicase el egoísmo y la avaricia, la violencia y la agresividad, ¿Nos estaría privando de esa supuesta libertad? ¿Deberíamos erradicarla? Y de ser así, ¿Nos someteríamos voluntariamente a una dictadura para lograrlo?

Cuando Katya Plamenova, una prestigiosa bióloga del CSIC, es obligada a aislarse en dependencias de La Moncloa junto a los miembros destacados del gobierno que preside Elisa Roca y los militares que dirige el propio Jefe del Estado Mayor de la Defensa, no imagina la responsabilidad que ha recaído sobre sus hombros: deberá encontrar la cura a una pandemia que amenaza con destruir nuestra civilización en cuestión de semanas. Sin embargo, tanto las noticias recientes que le han llegado, como sus propias indagaciones, harán que dude de todo. Incluso del origen de la infección que le han encargado combatir.

Javier Serra es un escritor estimulante. Filósofo a tiempo completo, no ceja en trasladar a la literatura todas sus inquietudes sobre el mundo que nos ha tocado vivir. Tras ganar el II Premio Novela de Ciencia Ficción Ciudad del Conocimiento con El Rumor, la Covid-19 frenó en seco toda posibilidad de publicar Logoglifo, una historia ambientada en el Madrid de un futuro cercano y cuya trama gira en torno a la propagación de una extraña epidemia ¿Casualidad? Sin embargo, gracias a su empeño y tesón, hoy podemos disfrutar (por fin) de dicha obra. Con ella vuelve a interpelar al lector, a hacerle reflexionar sobre cuestiones de vital importancia como son la libertad, el desprecio por la naturaleza, la legitimidad del control de la población por quienes ostentan el poder, la manipulación informativa o el derecho al bienestar de unos pocos en detrimento de la mayoría. Y lo hace con ironía y humor, con mucha inteligencia y, sobre todo, con su característico e impenitente afán por hacernos pensar sin renunciar al entretenimiento.

¿Creéis que ya lo sabéis todo sobre pandemias? ¿Han de ser siempre un enemigo a combatir? Os invito, especialmente ahora, a que leáis esta novela. En ella Serra nos plantea una cuestión: ¿Puede ser el bien el peor de todos los males?
Yo, tras leerla, os hago otra pregunta: ¿Erradicar nuestros instintos e inclinaciones más reprobables nos transformaría en otra especie?


Cielos clausurados - Alberto Rodríguez Andrés


Dios no es ese ser todopoderoso que nos han enseñado. A ver, que nadie se enfade. Evidentemente es el mandamás, el puto amo, el CEO del universo, pero no puede hacerlo todo solo. De hecho, ni siquiera creó el mundo sin ayuda. Tuvo bastantes currelas a su lado aunque, como la idea fue suya y dirigía la obra, pues para él toda la gloria. Pero cuando se construye a la carrera como en pleno boom inmobiliario, no tardan en aparecer las grietas, las goteras, y las puertas que no cierran. O que no se abren. Y es comprensible que, si transcurridos algunos siglos todo sigue funcionando, nadie tenga muchas ganas de meterse en reformas estructurales. Es más cómodo ir poniendo parches. Pero no modernizarse, no realizar el mantenimiento adecuado, acarrea consecuencias. Bueno, eso y ser un poco explotador. Y, si no, que se lo digan a San Pedro, que lleva unos 2000 años encargándose sin descanso de las puertas del cielo ¿En serio que no hay ningún beato, o incluso algún pecador arrepentido, que pueda instalar una puerta automática? ¡Que ese pobre hombre necesita vacaciones!

Y como todos ahí arriba saben lo que hay, nadie se sorprende demasiado cuando el portero celestial desaparece. Lo malo es que ha dejado cerrado y se ha llevado la llave... ¡Menudo marrón! Los muertos no tienen dónde ir y comienzan a vagar por la tierra sufriendo a los vivos. ¿Y a quién creéis que le tocará solucionarlo? Pues a la extraña pareja formada por el diablo, un cuarentón feúcho y con un tic en el ojo que mantiene a su familia vendiendo artículos publicitarios, y la muerte, que ejerce de profesor de yoga y parece haber escapado de una rave ibicenca con barra libre de sustancias ilegales. Los dos parias. Los "encargados de generar entropía" que, por supuesto, tampoco recuerdan la última vez que tuvieron vacaciones. 
Es evidente que si Dios les ofrece un trato no tienen demasiado margen de negociación. Pero, ¿Pueden fiarse de su palabra?

Alberto Rodríguez Andrés ha escrito una sátira desternillante muy alejada de los tópicos sobre el bien y el mal. Con un humor desbordante que se mueve entre la fina ironía y el sarcasmo más demoledor, ha transformado a las dos ¿presencias? más temibles del cristianismo en unos antihéroes merecedores de nuestra lástima unas veces, y nuestra simpatía otras. Pero que nadie tome esto como un ataque al catolicismo o cualquier otro credo. Si Cielos clausurados contiene una crítica feroz, es hacia la propia humanidad. Esa que se muestra cruel e implacable con quienes no considera sus iguales. Esa que, en su infinita hipocresía, tiende a construir tantas capillas como prostíbulos para, tal vez, auto-engañarse y creerse mejor de lo que es.

La novela, ganadora del Premio UPC 2020, es todo un viaje. Para sus protagonistas, obligados a recorrer Europa sufriendo mil percances y tratando de sanar heridas que nunca terminaron de cerrarse. Y para los propios lectores que, entre sonrisas y carcajadas, llegarán hasta la esencia más pura del humor inteligente y bien escrito. 

Deberíais subir a bordo. A ratos conduce el diablo y a ratos la muerte ¿Qué puede salir mal? Sí, tal vez os llevéis algún susto, pero seguro que no os lo darán ellos. Y en cuanto a los muertos vivientes, tampoco temáis. No os morderán ni os harán daño. Huelen un poco mal, sí. Pero algunos son entrañables.

Neel Ram II (Neel Ram) - P.L. Salvador

 



“Escribo para mi musa, me dijo hace muchos años. Empecé sin ella, no sé cómo, pero mis mejores obras las he escrito para ella”


Hay personas destinadas, no solo a conocerse, sino también a amarse. En cualquier circunstancia y situación. Seres que albergan un sentimiento mutuo puro y sincero que va más allá de la mera atracción sexual, el interés o la satisfacción de algún tipo de necesidad. Un afecto imperecedero que se mantiene aletargado hasta que el destino les permita encontrarse. Cuando eso suceda, cuando se avive la llama, ya nada podrá apagarla. No importa si ese día llega en el momento justo o demasiado tarde. La vida es larga y, aunque hasta en el más ideal de los mundos posibles surgen dificultades, si se sabe esperar y se valora más lo que se tiene que lo que falta, el viaje puede ser maravilloso.

Rod Avlas es un escritor que, como la mayoría de los de este país, debe desempeñar otros oficios para subsistir. Cuando visita una pequeña localidad como operario de mantenimiento conoce a Neel, su lectora más fiel. Una persona inteligente y segura de sí misma que le declara su admiración y se confiesa enamorada de sus obras. La joven cree (y no se equivoca) que todos los libros que ha escrito hablan de una misma mujer con distintos nombres. De la Musa que aún no ha encontrado, pero sí imaginado. De ella. 
Rod, sorprendido, intuye que es cierto y que siempre la ha estado buscando. Pero Neel no solo está casada y es madre, sino que además adora a su marido.

Juguemos. Unamos los nombres y démosles la vuelta. 
Rod Avlas. 
Y ahora, Neel Ram. 
Exacto, tenemos Salvador y Marleen. Sí, son el autor de esta historia y su esposa. Personas reales en un mundo sin narrador. 
La novela arranca en 1993, año en que se conocieron, pero en una realidad totalmente diferente. Una soñada por el escritor levantino que, aunque no le pone las cosas fáciles a su alter ego, sí le permite (a él, al Escritor tras el escritor) tomarse la revancha de las desilusiones literarias que se ha llevado a lo largo de su vida. Y hacerlo, además, apoyándose en las alegrías que sus auténticos lectores le han dado. Pero este universo alternativo le concede, sobre todo, la posibilidad de demostrar que en su vida solo hay sitio para una mujer. Que así es, así debe ser, y así será. Y eso no cambiaría en el caso de que no pudiese estar junto a ella. 

Esta segunda parte de la trilogía (a la que da nombre, y que ha sido publicada en un solo volumen) es, en apariencia, otra travesura del mismo estilo de su antecesora. Una historia cuya autoría se disputan el novelista de carne y hueso, y su personaje de El vampiro virgen.
Los diálogos, ágiles, frescos y divertidos, transmiten la esencia de cada uno de sus protagonistas haciendo, al igual que en la vida real, innecesaria la presencia de un narrador. Y como en toda mascarada que se precie, hay truco. Rod es el escritor al que se le terminará concediendo el reconocimiento que a Salvador aún no le ha llegado. Un hombre casi ideal al que todos admirarán. Pero cada alabanza, cada uno de los muchos elogios que se le dedican, están lejos de ser un vano ejercicio de egolatría. Todos, del primero al último, han sido escritos por lectores reales entre los que orgullosamente me incluyo y, por tanto, han sido robados del mundo donde pocos le han leído aún.

Pero Neel Ram es, ante todo, una declaración de amor a Marleen. Una declaración auténtica, profunda y espiritual. La revelación de un sentimiento que, como decíamos al principio, va más allá de la dimensión física. Salvador le está confesando en estas páginas que siempre la ha querido y que siempre la querrá. Que sus libros son las hijas que Ella le ha dado. Que en Ella encuentra su inspiración y su fuerza. Que así es en esta vida y así sería en cualquier otra.

¿No os dais cuenta de que hay que leer a PL Salvador al menos una vez en la vida? Es valiente, original, divertido, y capaz de reescribirse a sí mismo. Y si no me creéis, esperad. Muy pronto os hablaré de la última parte de esta trilogía y comprobaréis que no tiene ningún miedo a seguir Nadando Contracorriente.

La Ciudad Mimética - Mari Carmen Copete

 



La muerte engendra muerte. El sufrimiento y el dolor arrinconan al valor, anulan lo mejor que hay en nosotros, y desencadenan ira y violencia. Ser testigo directo de crímenes y torturas es algo atroz, pero no comprender sus causas y, por tanto, no poder ponerles freno, es aún peor.

Cuando se dedica toda una vida a perseguir a los asesinos más despiadados, crueles y misteriosos de la historia, es fácil convertirse en alguien amargado y dañino. Si eres el hijo (y la víctima) de un policía atormentado cuyos pasos no puedes evitar seguir, corres el riesgo de convertirte en él. Pero aunque nadie duda de que el mayor deber de un padre consiste en proteger a sus descendientes, ¿podrías juzgar a quien perdiese la razón al saberse incapaz de detener el apocalipsis? Y si, por el contrario, supieses que Madre te daña, que se alimenta de ti y de tus hermanos, que te hace sufrir y que antepone sus necesidades a tu supervivencia, ¿podrías dejar de amarla?
Vivir es doloroso. Disfrutar del dolor ajeno, inhumano. No comprender, aterrador. Pero hay muchos mundos, muchas cosas que ignoramos. Y mientras no lo aceptemos, mientras intentemos medirlo todo según nuestro baremo, estaremos condenados.

El fin del mundo podría haber comenzado en cualquier momento y lugar. Pero Mari Carmen Copete decidió que fuese hace dos décadas. En Valencia.

Eduardo Castañeda es un hombre angustiado. Tras haber sufrido el abandono de su mujer y la muerte de su pequeño, decide reincorporarse al servicio activo como inspector de homicidios. Toda su vida ha estado marcada por una serie de crímenes atroces e inexplicables que se repiten cíclicamente. Después de 23 años no hay pruebas determinantes contra nadie y las pistas apuntan a seis asesinos en serie. Seis hermanos que reaparecen puntualmente los meses de enero y junio.
Los avances de la policía científica y el aumento del número de agentes no llevan a la policía más cerca de atraparles de lo que lo estuvo su padre antes de desaparecer. Pero Eduardo no tiene nada que perder. Ni tampoco ningún motivo para vivir que no sea acabar con aquella locura.

Mari Carmen Copete ha soñado con dos ciudades: una Valencia reconocible donde coexisten sus aterrorizados habitantes con adoradores de extraños cultos para los que la Cornucopia no simboliza la abundancia. Y otra aún más siniestra que, inevitablemente, recuerda a la misteriosa Orciny que Mieville inmortalizara en La Ciudad y la Ciudad. Pero esa reminiscencia se mantiene solo mientras el protagonista se desvive por descubrir la terrible verdad. Porque cuando llega hasta ella, cuando descubre la causa de las muertes, lo que la autora nos ofrece es un panorama delirante muy cercano al universo Lovecraftiano. Y es que La Ciudad Mimética es un ejercicio notable de hibridación de géneros al servicio del entretenimiento. El thriller policíaco de vocación cinematográfica se abre paso con fuerza hasta ser sustituido, con la naturalidad de quien atraviesa una puerta, por ciencia ficción oscura y perturbadora. Y esta, a su vez, desemboca en escenas dignas del más puro horror cósmico dejando en la retina del lector algunas imágenes bastante desasosegantes.

Son muchas las crueldades que contienen las cuatrocientas páginas de esta obra. Hay crímenes muy violentos, sufrimiento en cada página y sombras en el alma de muchos de sus personajes. Pero Mari Carmen Copete no se recrea en ello. Son la consecuencia (y no la causa) de un universo complejo ideado para atrapar al lector, para devolverle la tensión y el misterio que años atrás descubriese con Stephen King, para inyectarle la adrenalina que parecía patentada por Michael Crichton o el tándem Preston/Child, y para asombrarlo y repelerlo con ingenios orgánicos dignos del propio Cronemberg. Una novela que, al menos en el plano moral, no cae en tópicos y es capaz de exponer con cierta humanidad el más execrable de los crímenes.

Decidme, ¿Qué monstruo os resulta más aterrador? ¿El que viene de otro mundo, o el que todos llevamos dentro? En La Ciudad Mimética tendréis que enfrentaros a ambos.

Neel Ram I (El vampiro virgen) - PL Salvador

 



No es descabellado pensar que la auténtica literatura es similar a la auténtica alquimia. Es arte y es ciencia. Implica un aprendizaje lento, arduo, y demasiado asociado al método "ensayo-error" como para que quienes no tengan una profunda necesidad de conocimiento, la desarrollen durante mucho tiempo. 
Algunos se acercan a la literatura (a la alquimia espiritual), buscando transmutar el plomo en oro. Desean un rédito rápido y siguen sendas iniciadas por otros. Pocos lo consiguen. Pero esa transformación del metal, ese éxito (tal vez fortuito), hace que dejen de buscar, de innovar. De aprender.

Puede que los “afortunados” que logren triunfar rápidamente nunca comprendan la auténtica conexión del alquimista con el cosmos, del escritor con su obra. Algunos despertarán algún día advirtiendo su error, asumiendo que son meros ilusionistas. Que la piedra filosofal no tiene relación alguna con cuentas bancarias, con récords de ventas, o con popularidades en redes.

PL Salvador es un alquimista. Un verdadero alquimista. De los que escriben por amor y por necesidad (vital). De los que aprenden de sus errores y no se detienen hasta encontrar un estilo propio. De los que saben que el oro no es el objetivo y destilan, y depuran, y pulen, y vuelven a destilar los elementos en un ciclo casi interminable hasta que advierten que todo el proceso, en realidad, se desarrolla en sentido contrario al esperado. Hasta que son conscientes de que son ellos (los alquimistas, los escritores) la auténtica materia en constante cambio y purificación.

Cuando la depuración interior (la catarsis creativa) se ha completado, adquieren un poder asombroso. No el de la vida eterna como piensan los que suelen conformarse con el oro, sino el de LA VIDA con mayúsculas. Porque logran, tras años de decepciones y esfuerzo, la capacidad de otorgar a sus personajes esencia e inteligencia, de rozarlos con un dedo y animar sus corazones (sí, el Dios que retratara Miguel Ángel en la Capilla Sixtina era, sin duda, escritor). De hacer que sus creaciones le amen y le adoren reconociéndole como su hacedor. Sin embargo, prácticamente ningún otro autor-alquimista ha decidido devolverles ese amor yendo al mundo que para ellos ha concebido. Casi ninguno ha querido o podido ser omnipresente. Ser autor, creador y personaje. Tan solo el Rey de todos ellos: PL Salvador.

¿No entendéis mi discurso? Dejadme entonces que os hable de El vampiro virgen, la primera de las tres novelas cortas que componen Neel Ram.


La literatura está en el centro del universo de Dad, un hombre entrado en la treintena que sueña con ser escritor y amo de casa. No desea otro empleo. No es vago, torpe ni perezoso, simplemente sabe lo que le hace feliz. Ha autopublicado dos novelas bajo el seudónimo de Bloss Ñejer, un personaje canalla y divertido creado por PL Salvador en Nueve semanas justas, justitas, y estas le han reportado excelentes críticas y ningún beneficio. Cuando se encuentra trabajando en una nueva historia, sus padres deciden echarle de casa. 
Dad no se hunde ni se deprime. Ni siquiera tras el fallecimiento de su abuela, la única persona que le comprendía y aceptaba. La libertad que le confiere sentirse rechazado le impulsa a viajar sin rumbo, buscando enriquecerse y acumular experiencias que le ayuden a escribir mejor. 

El vampiro virgen es metaliteratura pura y perfecta. Una obra en la que su principal protagonista (Dad), engendra a Kewo, su alter ego cincuentón, mentiroso y maniático; un triunfador a los ojos de los demás (aunque a la deriva en lo esencial), que busca en Min su contrapeso vital. Porque Dad intuye que así ha de ser, que él estará perdido si no encuentra a su musa. Al fin y al cabo, su admirado Salvador encontró a Marleen...

PL es el alquimista literario que, como os decía al principio, ha terminado por alterar su propia naturaleza a través de las letras. Su amor por la narrativa le ha hecho enfermar del mismo mal que padeciese El Quijote, pero con una variante mucho menos peligrosa. No confunde la realidad con la ficción, sino que se mimetiza con esta. Se inserta en ella transformándose en personaje e influye, como amigo y no como un dios, sobre quien creó a su imagen y semejanza.

Estamos ante una obra innovadora, ágil, divertida y autorreferencial. Una travesura creativa en la que desde la estructura hasta el empleo del lenguaje son geniales: no hay narrador, solo diálogos y pensamientos que no necesitan de guiones ni aclaraciones para ser entendidos. PL Salvador se convierte en lo que más ama. En literatura pura. Y eso le da la oportunidad de tomarse la revancha de aquello que no le fue concedido, de corregirse a sí mismo, de homenajear veladamente a sus amigos, y de nadar contracorriente.

Esto es todo lo que os diré de El vampiro virgen y espero que no hayáis entendido nada. Porque para entenderlo hay que vivirlo. Y para vivirlo hay que leerlo. Así que aquí termino con la primera parte de las tres que conforman esta obra. De la segunda, llamémosla Neel Ram II (Neel Ram), os hablaré muy pronto. Aún sigo saboreándola, pues se trata de la declaración de amor más original que os podáis imaginar.




Noctópolis - David Luna

 


Dicen que no puede haber luz sin oscuridad. Que se complementan. Que la existencia de una implica la de la otra y que necesitamos ambas para equilibrarnos. Las dos caras de la moneda. El Ying y el Yang.

Ninguna ciudad es igual de día que de noche. Nosotros tampoco somos los mismos. El Sol de la mañana trae esperanza, encadena los más bajos instintos y ayuda a ver más claramente el camino a seguir. Pero cuando se oculta las sombras se multiplican tentándonos, haciendo menos evidente el rumbo correcto y ofreciéndonos cobijo para ser (o hacer) aquello que no nos atrevimos al sentirnos visibles. Si evitásemos continuamente la luz, ¿En qué nos convertiríamos?

Goliath no recuerda quién es. Tampoco su verdadero nombre ni la última vez que vio amanecer. Se despierta cada noche con la necesidad de obtener respuestas para preguntas que ignora. El peligro le atrae y la ciudad, una jungla de asfalto y neón, le repele e hipnotiza a partes iguales.
La vida nocturna en la gran urbe sin nombre (que bien podría ser Madrid), es intensa. Hombres y mujeres buscan diversión y placer en una sociedad donde impera lo artificial, lo sintético, lo electrónico y lo efímero. El transhumanismo es una realidad y la humanidad parece querer encontrar su identidad perdida a través de los implantes o las drogas que se encuentran por doquier. Drogas que se ingieren, se mastican, chutan, esnifan, fuman, o son absorbidas por la piel. Drogas a las que todos recurren. Drogas peligrosas, como el Necroloto.
Ninguna búsqueda es fácil. Y más cuando quien la realiza no se siente dueño de sus propios actos. Sin embargo, las piezas parecen ir encajando en el puzle que Goliath se sabe obligado a completar. Está convencido de que tiene una misión o un destino que cumplir, y todo apunta a que las respuestas que necesita están en Noctópolis, la ciudad dentro de la ciudad. Los bajos fondos controlados por el hampa y donde nadie que no sea asiático puede entrar.

El ciberpunk es un género fascinante. Impactante, abierto a infinitas posibilidades, colorido, sucio y ultraviolento en la mayoría de los casos. Eclipsado por el cine y la industria del videojuego, ha ido perdiendo relevancia en su dimensión literaria. Sin embargo, es en esta en la que mejor se pueden explorar los aspectos más filosóficos y espirituales de una sociedad a mitad de camino a ninguna parte.

David Luna ha recogido el guante y con esta novela corta se ha propuesto devolver este subgénero a la actualidad literaria. Narrada en primera persona del presente, logra convertir al lector en protagonista trasladándole todos los pensamientos, dudas, miedos y deseos de su personaje principal. 
La historia, rebosante de acción y misterio, recurre a los clichés habituales del género (e incluso también toma prestado alguno de la literatura pugilística más tradicional), pero no abusa en ningún momento de ellos. Antepone el entretenimiento a cualquier otro aspecto y homenajea, en cierto modo, al gran Frederik Pohl recuperando el término “homo plus” que este popularizara en 1976. Sin embargo, en una lectura más atenta, podemos observar que todo el argumento gira en torno a la idea del eterno enfrentamiento entre opuestos, probablemente prestada de las filosofías orientales a la que tan aficionado es el autor.

La novela es adictiva, arrolladora y está cargada de pequeños detalles que remiten al resto de sus obras. El Necroloto, por ejemplo, aparece en todas ellas y es imposible no recordar a la Reina de su formidable Éxodo al descubrir los curiosos hábitos reproductivos de La Hechicera. Sin embargo, adolece de cierta pérdida de fuerza poco antes del final, cuando el lector cree (erróneamente) poder predecir el desenlace.

¿Nunca habéis deseado ser un poderoso guerrero? Buscad a David Luna y pedidle vuestro “bajodermis”. Noctópolis desborda vida cada noche. También muerte. Allí la lluvia es intensa como lo son la guerra y el amor. Tras sus puertas os aguardan un ángel y un demonio. ¿A cuál elegiréis?

Entrevista: Javier Quevedo Puchal

 



Javier Quevedo Puchal es un escritor de raza. Un autor valiente que tiene la capacidad de conmover y sorprender a partes iguales. Con la profundidad que otorga a sus personajes (todos excepcionales e inolvidables) y las pruebas a las que les somete, no busca el impacto gratuito ni el sensacionalismo. Indaga en quienes somos y en nuestras oscuridades interiores para que podamos, si así lo queremos, iluminar aquellas partes que nos dañan o lastran.
Leer sus novelas supone un ejercicio gozoso, catártico y humanizador. Pero también adictivo. Ahora, a pocos meses de que su nueva obra vea la luz, nos amenaza insinuando que podría ser la última.

H - Te decantaste por la filología inglesa y cursaste estudios literarios en la Universidad de Hudderfield (West Yorkshire, Inglaterra). Has sido crítico cinematográfico y articulista. Ahora ejerces como corrector y traductor, aunque todos los que te hemos leído sabemos que eres ESCRITOR. ¿Cuándo decidiste encaminar tu vida hacia la literatura? ¿Te viste influenciado de alguna forma por tu hermano Israel? ¿Y él por ti?

J.Q.P. - Yo creo que adopté una actitud muy imitativa, como cualquier hermano menor. En realidad, la literatura siempre ha estado muy presente en mi casa, pues mi padre era un lector voraz y tenía una biblioteca bien nutrida. Cuando nos inscribió a la biblioteca municipal de Onda, mi pueblo natal, tanto mi hermano como yo lo vivimos casi como una fiesta. De modo que, en ese sentido, la literatura siempre ha estado presente en mi vida. En cuanto a la escritura, seguramente imité a mi hermano Israel, aunque luego fui yo quien acabó dedicándole más tiempo y esfuerzo (por lo menos, hasta ahora, en que él lo ha retomado… y, curiosamente, yo lo tengo más aparcado).

H - Creo que eres uno de los mejores escritores de este país. Tu estilo narrativo es hermoso y elegante. Los diálogos que creas son fascinantes. ¿Cómo puedes conseguir que tu labor de traductor y corrector no corrompa tu propio estilo?


J.Q.P. - Muchas gracias por el halago, aunque ya quisiera. Si te soy sincero, las labores de traductor y corrector pueden ser una ayuda tanto como un obstáculo. A mí me ayudan a no calcar estructuras de otros idiomas, por ejemplo (cuántos escritores han leído tanta traducción mala que acaban escribiendo malas “traducciones originales” en su propio idioma…). O me permite también entregar a las editoriales textos bastante limpios, pues el trabajo de corrección está relativamente depurado de antemano. Pero también es verdad que todo esto puede entorpecerte si te obsesionas demasiado con la forma y con los engranajes. Con la lectura pasa un poco igual: si eres corrector y no te relajas un poco cuando lees por placer, acabas yendo a la caza del error.


H - Has reconocido abiertamente la influencia del Séptimo Arte en tu obra. Admites haber encontrado inspiración en ciertas películas para escribir, por ejemplo, Cuerpos descosidos y Ojos verdes, negra sombra ¿Qué cine es el que te hace querer crear? ¿Piensas que este fenómeno es más habitual en el mundo literario de lo que creemos?

J.Q.P. -  Vivimos en una sociedad tan audiovisual que, hoy por hoy, me parece casi inevitable esquivar estas influencias. El problema llega cuando uno acaba escribiendo porque en realidad le resulta más barato y rápido que rodar una película, que es lo que de verdad le gustaría (no sé si me explico…). Está fenomenal que te influya el cine, pero siempre y cuando no pierdas de vista que estás escribiendo una novela o un relato, no dirigiendo una peli para Netflix. A mí me influyen secuencias, diálogos, incluso sensaciones que he vivido frente a una pantalla… pero luego siempre las paso por el filtro literario, no me olvido para nada del medio que estoy usando. Y luego la gente ve influencias que quizá tú no tenías tan presentes.
Hermanas Heredia de
Ojos Verdes, negra sombra
Por Fernando Villanueva 

Mi editor de Dilatando Mentes me dijo que mi nueva novela le recordaba bastante al cine de Pedro Almodóvar, y sin embargo yo veía mucho más otras influencias (aunque Almodóvar me encanta y, desde luego, es una influencia que no descarto y que incluso comparto en algunos puntos). “El manjar inmundo” estaba plagada de referencias cinematográficas: “Mary Reilly”, “El ansia”, “En compañía de lobos”, “The Ring”… pero también pictóricas, como “La romería de San Isidro”, de Goya. Respecto a “Ojos verdes, negra sombra”, para mí fue una fiesta, pues está plagada de homenajes al cine español (incluso hay citas literales, como una que remite explícitamente a una escena de “El espíritu de la colmena”).

La Romería de San Isidro - Francisco de Goya

H - Pero no solo de cine vive el creador moderno: en El tercer deseo podemos encontrar cuentos de hadas. En El manjar inmundo (antología de relatos de terror gótico), te inspiras en los hermanos Grimm, Andersen y Perrault entre otros. En Ojos verdes, negra sombra, hay una presencia constante de elementos mitológicos patrios como, por ejemplo, la Santa Compaña ¿Qué es lo que tanto te atrae de estas leyendas y mitos de la cultura popular?


J.Q.P. - Hay algo atávico en los cuentos que me sigue hipnotizando incluso hoy. Y supongo que me seguirá fascinando hasta que muera. Recientemente, leí un libro sobre leyendas valencianas y me quedé maravillado con la riqueza que hay en ese sentido. En cierto modo, los cuentos, las leyendas, el folclore… todo ello son una especie de ancla que me mantiene conectado a mi infancia, y a mí me parece una de las cosas más bonitas que puedes conservar en tu vida adulta. Hay gente que retoma el contacto con su yo infantil únicamente cuando por fin se convierten en padres. Solo entonces pueden revisar los cuentos que leían de pequeños o las pelis que vieron decenas de veces en su infancia, y lo disfrutan de forma muy pura vigilando de reojo las reacciones de sus retoños. Y ojo, me parece precioso, de verdad. Pero al mismo tiempo me entristece. ¿No sería maravilloso que fuésemos capaces de mantener el contacto con nuestro yo infantil por nosotros mismos, sin coartadas ni ayudas externas? Siempre me recuerda a aquello que cantaba Enrique Bunbury de “de mayor voy a aprender a ser pequeño”. Para mí, pocas cosas hay más auténticas y valiosas que mantener el contacto con esa parte de nosotros mismos que habla tan elocuentemente de lo que somos y de donde venimos. Del legado que hemos heredado.


H - El tercer deseo (tu primera novela) es una obra LGTB. Con Todas las maldiciones del mundo (la segunda), conseguiste ser finalista del Premio Shangay. Sin embargo, esta última es, a todas luces, una novela de ciencia ficción. ¿Crees que hay que seguir separando este tipo de literatura del resto? ¿No sería más beneficioso para la lucha contra la homofobia introducir en cualquier tipo de obra personajes protagonistas que no sean siempre heterosexuales?


J.Q.P. - Tengo mis sentimientos encontrados con este tema, la verdad. De hecho, hace poco hablábamos de ello en el podcast Cooltura Queer. Mi compañera, Libertad Morán, defiende que el futuro está en una ficción muy libre y sin etiquetas, donde te encuentres una historia policíaca con una protagonista que sea una mafiosa lesbiana, o bien una de superhéroes con un gay que puede volar y levantar coches. A mí me parece estupendo, pero también me da un poco de miedo que la ficción acabe aproximándose peligrosamente a aquellos tiempos en que, para encontrarte a una lesbiana en una peli, tenía que ser una vampira frotándose contra otra. No sé si se ve por dónde voy. Temo que la sexualidad “disidente” acabe siendo tan circunstancial que todo se reduzca a un sagaz detective privado que tiene a su marido en casa diciéndole que no se vaya a dormir muy tarde o que la realidad trans se reduzca a una superheroína que se chuta hormonas periódicamente, pero que por lo demás podría ser una mujer cis sin más. La realidad LGTB toca muchísimos palos y no sé si me convence demasiado que “la normalidad” en la ficción pase por decir “expresamente” que un personaje es gay… pero luego olvidarse por completo y que no se vea demasiado que lo es. Eso sí, tampoco me gusta la consigna aquella de Laura Gallego con la que decía que escribiría un personaje gay “cuando la historia me lo pida”. Casi ninguna historia pide forzosamente que el prota sea hetero. Si algo nos lo pide casi siempre, son nuestros sesgos (conscientes o no).


H - Desde el principio de tu carrera has sido alabado por la crítica. Fuiste finalista de los premios Ignotus, Shangay, Vórtice y Scifiworld, y has ganado dos premios Nocte y un Guillermo de Baskerville. Con Cuerpos descosidos, una atípica novela de terror que no recurre a ninguno de los tópicos del género, te ganaste el respeto del resto de los escritores de género de este país. Sin embargo, no eres un autor demasiado conocido para el gran público ¿A qué se debe esa curiosa dicotomía? ¿Crees que la etiqueta de autor LGTB que algunos lectores no terminan de quitarte, tiene algo que ver?

Barrabás
Fernando Villanueva
Ojos verdes negra sombra

J.Q.P. - Todo eso que mencionas tiene que ver, sin duda, pero hay más cosas. En un país donde se lee tan poco como en España, y donde tan poco se admira todo lo que tenga que ver con lo artístico (y mucho menos con los artistas nacidos aquí, que siempre tienen menos valor), evidentemente, poco credo va a tener un escritor de ficción. Y mucho menos uno de género fantástico o de terror. Y mucho menos uno con las siglas LGTB colgando, tanto de su obra como de sí mismo. Pero tampoco nos olvidemos de las editoriales donde ese autor ha publicado, que eso también tiene mucho que ver. Yo sé de buena tinta que mi exeditor de Punto en Boca enviaba notas de prensa y ofrecía ejemplares promocionales a muy diversos medios de comunicación… ¿Y te crees que le hacían mucho caso? Era Punto en Boca, no Planeta o Random House. Todo eso también suma (o resta) a la hora de tener mucha, poca o ninguna visibilidad. En mi caso redunda hacia ninguna, evidentemente. Y ya si nos ponemos a hablar de presencia en redes sociales y de altos perfiles digitales, que es el nuevo filtro para llegar a algún sitio o quedarte en ninguno, pues qué te voy a contar…

Ilustración de
Ojos Verdes, negra sombra
Fernando Villanueva

H - Tus personajes son impactantes y atípicos, pero siempre creíbles ¿Cómo los construyes? ¿Quién decide el argumento de tus novelas, ellos o tu? ¿Y qué me dices de sus nombres? Sé que prácticamente ninguno está escogido al azar...

J.Q.P. - Hay un cierto contrato implícito entre ellos y yo. Les doy unos cimientos, pero luego van cogiendo forma ellos a lo largo de la escritura, por su forma de hablar, de reaccionar… o incluso de callarse. Y esto es también aplicable a los argumentos. Siempre digo que soy una mezcla entre escritor de mapa y escritor de brújula: tengo mis cosillas anotadas, pero no soy inflexible en absoluto. Me permito un buen margen de maniobra y, de hecho, me fío bastante de mi intuición. Sé dónde comienzo, por dónde debo ir y dónde quiero acabar, pero dejo el desarrollo muy abierto a que surjan cosas que no tenía planificadas para nada y que puedan sorprender (a mí al primero). Sin ir más lejos, el final de “Cuerpos descosidos” era inicialmente otro más bestia y violento, pero según avanzaba la escritura me di cuenta de que encajaba mejor algo más triste y demoledor, y que además resultaría más sorprendente y natural. No sé cómo surgió, supongo que por pura intuición. Eso sí, incluso por intuitivo que sea, procuro que si los personajes cambian en algún modo durante la escritura, sea de un modo lógico.

H - Siguiendo con ello, en Cuerpos descosidos creaste personajes enormemente contradictorios y cargados de culpa o dolor. En Ojos verdes, negra sombra te sirves de Aurelia y Rosalía para explorar naturalezas opuestas. Ahora viene la pregunta que te habrán hecho mil veces: ¿Cuánto de ti hay en ellos? ¿Es escribir la mejor de las terapias?

Ojos verdes, negra sombra
Ilustración de Fernando Villanueva

J.Q.P. - Se ha convertido ya en un cliché, pero tiene bastante de cierto: en casi todos tus personajes siempre hay algo de ti. Incluso en los más negativos. Por ejemplo, puedes estar representando en ellos cosas que censuras en otras personas de la vida real. Y, en el proceso de crear a esos personajes, en cierto modo acabas empatizando (que no simpatizando) con su forma de ser. Me ocurrió eso mismo con Vidal en “Ojos verdes, negra sombra”: es un personaje absolutamente detestable, pero había una cierta lógica interna en su forma de proceder a veces. No era un tío malo por capricho, simplemente porque yo hubiera decidido que lo fuera: era un producto de su propio currículo vital y, a veces, era malo más por torpeza o incapacidad que por voluntad férrea. También ten en cuenta que para escribir adecuadamente un personaje tienes que entenderlo, no juzgarlo. Incluso a los más reprobables. De esto hablo bastante en mi nueva novela, del proceso de empatizar con los demás… o incluso con nosotros mismos, pues a veces somos nuestros peores jueces.

H - ¿Crees en los géneros puros? Todas tus obras exhiben cierto mestizaje. Ojos verdes, negra sombra se aleja del terror y es, ante todo, una historia de amor. Pero incluso en esta novela te resistes a eliminar los elementos fantásticos. ¿A qué se debe esta “huida de la realidad”?


J.Q.P. - Claro que creo en los géneros puros, y los disfruto como consumidor. Pero no me creo demasiado capaz de trabajarlos como autor. Incluso “Lo que sueñan los insectos” y “El manjar inmundo”, que son de lo más abiertamente genérico que he escrito, no lo son de forma muy pura ni ortodoxa. Y, sin ir más lejos, “Ojos verdes, negra sombra” es una historia de amor, como bien comentas (bueno, son dos como mínimo), pero teniendo bastante de género fantástico también. Y además es una metáfora para hablar de las contradicciones que presenta España como realidad (incluso el propio título habla de esas contradicciones, de ese choque de realidades que se remonta varios siglos y que incluso Goya pintó). Y es una fábula que, partiendo del pasado, nos habla del presente, de las sombras del patriarcado, de la homofobia, de las heridas que se heredan y no hay quien cierre… Y es un homenaje a la copla. Y al cine español, aunque a priori no lo parezca. Puede que sea de mis obras más impredecibles, en ese sentido.

H - Pasaron 4 años desde que publicaste El manjar inmundo hasta que Ojos verdes, negra sombra vio la luz. La diferencia de registro entre esta última y la mayoría de tus novelas anteriores es brutal. ¿A qué se debió el cambio? ¿Tuvo alguna relación con ese periodo tan largo sin publicar?

J.Q.P. - Puede ser. Aunque me imagino que tuvo más que ver con el cambio de historia, de ambiente, de personajes, de intenciones… Hasta entonces, mis referentes solían ir por otros lares: Angela Carter, Clive Barker, Ray Loriga (aunque este último sí es español)… Pero el viraje de “Ojos verdes, negra sombra” hacia otros ámbitos, otras sensibilidades y otras herencias más autóctonas me hizo pensar y crear desde una perspectiva más autóctona. Jugué con el lenguaje más que nunca, seguramente, y de una forma que surgió bastante orgánica. En cierto modo, tiene un poco de acto mágico: los lugares, los tiempos, los personajes y las sensibilidades te poseen, hasta el punto de que la forma de escribir cambia por completo.


H - ¿Y qué puedes contarnos de tu próxima novela? ¿A qué Javier Quevedo encontraremos en ella?

J.Q.P. - Mi nueva novela es otro cambio de tercio bastante brusco y seguro que descolocará a quien me haya conocido por “Ojos verdes, negra sombra”. Diría que, en cierto modo, es una vuelta a los universos y las texturas de “Cuerpos descosidos”, pero desde otro estado mental y aplicando todo lo que he aprendido y me ha influido en estos años. Yo diría que es lo más “punkarra” que he escrito nunca, o al menos desde “Cuerpos descosidos”, porque lo he escrito de una forma absolutamente libre, sin pensar en ningún público y sin tener claro siquiera si se publicaría. Ha sido una forma de escribir agresiva, casi suicida. Lo cual no quiere decir que sea un libro críptico, ni mucho menos: es muy legible, pero no es un libro nada cómodo ni amable. Hasta tal punto fue surgiendo a su ritmo que es la primera obra de la que no tuve claro el título hasta muchísimos meses después de haberla finalizado. Barajé un montón y todos eran provisionales. Es una novela llena de rabia, de ironía, de tristeza, de esperanza, de crítica, de autocrítica, de terror… Es un homenaje a Onda, mi pueblo. Y un retomar el contacto con ciertos aspectos de mí mismo que tenía abandonados. Es un ajuste de cuentas con muchas cosas. En Facebook comenté que, en cierto modo, podría considerarse un salto al vacío, y lo cierto es que lo dije de forma bastante literal. No sé si habrá algo más después, puede que no.

H - Voy a ignorar tu última frase. Tus lectores somos muy fieles y en general, buena gente. Pero podemos volvernos extremadamente violentos ante amenazas de este tipo.
En este último año (época de pandemia y confinamientos), te embarcaste en un nuevo proyecto: Cooltura Queer, un maravilloso podcast que todo el mundo debería escuchar ¿Cómo y por qué surgió esta iniciativa?


J.Q.P. - La idea se le ocurrió totalmente a Libertad Morán, una vieja amiga a quien conocí porque ella también fue autora en Odisea Editorial. Durante estos años, hemos mantenido la amistad, aun en la distancia y de forma bastante irregular. El año pasado, la invité a participar en otro podcast donde yo colaboraba, y al poco tiempo ella misma me sugirió que montáramos uno nosotros dos, porque le había picado el gusanillo, ya que en otros tiempos ella grababa radio. Y ahí estamos, con Cooltura Queer, un podcast con el que nos divertimos mucho y donde hablamos de series, pelis, libros, cómics… pero siempre desde una perspectiva LGTB. Podéis escucharlo en Ivoox y Spotify, por ejemplo.

H - Dejo el enlace de Ivoox al final de la entrevista. Para terminar, ¿tienes algún consejo para quien sueñe con convertirse en escritor/a?

J.Q.P. - No sé si en estos momentos soy la persona más adecuada para aconsejar nada a quien sueñe con dedicarse a la escritura, la verdad.

H - Recomiéndanos un autor o autora. Sólo uno/a.

J.Q.P. - Michael Ende.


Para adquirir un ejemplar (o varios) de Ojos verdes, negra sombra (deberíais), pinchad aquí.

Para saber más sobre Javier Quevedo Puchal podéis visitar su web pinchando aquí. En ella encontraréis un enlace para descargar gratuitamente Abominatio, su antología de Nanorrelatos ¿No lo queréis?

Sus redes sociales son:


Si os apetece escuchar Cooltura Queer en Ivoox, pinchad aquí.

Si buscáis información sobre el podcast en Instagram, aquí.

Y en Facebook, aquí.

Agradecimiento



La rutina es peligrosa. Puede desorientarnos, hacer que perdamos el rumbo o, lo que es peor, impedir que disfrutemos del viaje. Hace dos años que creé (impulsivamente) un blog. El objetivo: recuperar el hábito de la escritura.

Vivir la literatura activamente ha cambiado mi vida. No solo me ha arrebatado cada momento de ocio sino que, además, me ha hecho renunciar a otras actividades que antes disfrutaba. ¿Es esto una queja? En absoluto. El sacrificio ha merecido (y merece) la pena. He aprendido a leer de verdad, a expresarme mejor y me ha brindado la ocasión de enriquecerme conociendo, aunque sea virtualmente, a mucha gente valiosa y con enorme talento. Sin embargo, si no se aspira a más, si no se sigue evolucionando, se puede caer en el desánimo o la saturación.

He estado a punto de sucumbir. Había olvidado que todo ese crecimiento personal debería ser solo el principio. Durante este tiempo he soñado con otros proyectos creativos. Sí, hablo de atreverme a crear, de escribir mis propias historias, pero también de ayudar y colaborar con más autores en la misma situación.

Una de esas personas que, como os decía antes, he tenido el honor de conocer en mi aventura, me ha hecho un enorme regalo: el nuevo logo (en sus tres variantes), que os presento en esta publicación. No se trata de una simple imagen, sino de una inyección de energía y, ante todo, de un recordatorio: el camino, por sí mismo, compensa. Así que no hay que detenerse. Estoy hablando de Héctor R. Asperilla (@adeptoobscura), mi ilustrador/portadista favorito. Si aún no le conocéis, por favor, leed la entrevista que le hice en su día y que encontraréis aquí .

No es mucho lo que de momento os puedo contar sobre mis proyectos (todos enmarcados en la creación y publicación de contenido amateur). Ni siquiera tengo claro cómo voy a poder desarrollar alguno de ellos, pero encontraré la manera. Lo evidente es que tendré que bajar el ritmo de mis publicaciones para poder dedicarles tiempo. Que nadie malinterprete mis posibles futuras ausencias, por favor.

No me extiendo más. Solo me queda decir GRACIAS. Gracias a Héctor, que no tiene ni idea del enorme favor que me ha hecho. Y gracias a tod@s vosotr@s, que me leéis, escribís y acompañáis. Sobre todo a quienes os habéis convertido en parte de mi vida (no necesitáis que os nombre).

GRACIAS

Insomnio - Sergio Moreno


Cuando alguien querido fallece siempre deja un vacío con el que hay que aprender a vivir. El dolor por la pérdida puede ser insalvable, sobre todo cuando sucede de forma inesperada. Nadie está preparado para algo así, y menos si se trata de un suicidio. Este caso es doblemente duro pues no basta con superar el duelo, también hay que plantearse en qué se le falló a quien se quitó la vida y si se le podría haber ayudado. Puede ocurrir que una nota aclare las cosas. Que condene o absuelva moralmente a quienes le rodeaban. Tal vez se trate de un simple adiós sin rencor, de una confesión o de sus últimas voluntades. En este último caso ¿las respetaríais siempre? Si esa carta, maldita y terrible, fuese la de vuestro hermano reconociendo sentirse cansado y muy asustado, pidiéndoos expresamente que no investigaseis, ¿seríais capaces de acatar su deseo?

Gus es un hombre feliz. Enamorado de Myriam, de su barrio y de sus libros, tiene una vida sencilla y equilibrada. Nada parece poder desestabilizarle, ni siquiera el hecho de haber perdido su trabajo a causa de la crisis económica. Nada, hasta que Cares, del que nadie había tenido noticias en año y medio, aparece ahorcado en un piso de Lavapiés. Con demasiado tiempo para pensar y la pesada losa de la culpa aplastando su corazón, no puede dejar de darle vueltas a la misteriosa nota de despedida de su hermano ¿Qué fue aquello tan terrible que le sucedió? ¿De qué huía? Gustavo necesita respuestas, pero estas pueden arrastrarle a un mundo de sombras y pesadilla.

Insomnio es toda una declaración de amor. Amor a la literatura de Lovecraft, de Stephen King y de Bécquer entre muchos otros. Al cine y la música rock. A la vida familiar. A Madrid en general y a Vallecas en particular. Y todos esos afectos, muy bien conjugados, han dado como fruto una historia absorbente que combina tanto situaciones cotidianas con episodios sobrenaturales, como seres malignos dignos del genio de Providence con aterradoras presencias que recuerdan a impactantes películas de los ochenta. Sin embargo, esta no es una narración que busque atemorizar a través de "sustos” puntuales o giros de guion. Se trata, en realidad, de una obra que va generando una atmósfera cada vez más opresiva y en la que es imposible no empatizar con su personaje principal (probable alter ego del autor).

No es una novela perfecta. Su principal defecto radica en la creación de unos personajes principales demasiado ideales y sin claroscuros. Además, algunos diálogos resultan algo acartonados. Sin embargo, el estilo fluido y coloquial del omnisciente narrador favorece mucho a la empatía de la que hablábamos antes. Asimismo, la capacidad innata de Sergio Moreno para poner en el mismo plano lo ordinario y lo extraordinario (virtud que también evidencia en El olor de las hojas muertas), no es algo al alcance de cualquiera. El resultado, por tanto, es formidable y sorprendente; al finalizar la lectura, la necesidad de seguir profundizando en la obra del madrileño es incontenible.

¿Tenéis pesadillas? ¿Habéis observado alguna vez sombras junto a vuestra cama? En este libro encontraréis respuestas. Tal vez demasiadas. Todo aficionado al género de terror debería leerlo para comprender que acercarse en exceso a la llama termina quemando. Que las traiciones más dolorosas son las que llegan de quienes ya no están entre nosotros. Que incluso los espíritus bienintencionados pueden ser aterradores, y que a los malvados les gusta jugar y ser tramposos. 
Hay puertas que no se deben cruzar ni para salvar aquello que más se quiere. Si lo hacéis, si atravesáis ese umbral, ningún rito os asegurará la salvación. Pero si ignoráis mi advertencia, dejadme ayudaros. Recordad estas palabras:

Umbrarum Carnifex

¿Un mundo mejor? - Daniel Vargas

 


Todos soñamos con un mundo mejor, pero probablemente sea imposible alcanzarlo si no es destruyendo de alguna forma el que conocemos. Un cambio lento, progresivo y sin damnificados es irrealizable ya que, o nuestros egoísmos normalizados, o el interés de los más privilegiados, frenarían cualquier transformación significativa hacia una sociedad más igualitaria. Y eso suponiendo que el planeta, aquejado de un cambio climático cada vez más acelerado, nos concediese el tiempo suficiente. Para establecer un sistema justo y equilibrado deberíamos, por tanto, cambiar totalmente nuestro modo de vida. Puede que incluso tuviésemos que arrasar con los cimientos de la civilización. ¿Estaríamos dispuestos? ¿Pagaríamos TODOS el precio necesario para librar a las nuevas generaciones de los pecados que hemos heredado y ofrecerles algo mejor? Seguramente no. Tendrían que obligarnos.

¿Un mundo mejor? se compone de cinco relatos, algo irregulares pero muy interesantes, que encantarán a los amantes de la ciencia ficción clásica. Historias distópicas, apocalípticas o ambas cosas que fantasean con diversas causas para un “reinicio”, y especulan con lo que podría ocurrir después. Que indagan de forma ágil y amena en la naturaleza humana, soñando a la postre con modos de vida más naturales y equitativos. Un entretenimiento estimulante, aunque carente de ingenuidad, pues nos recuerda constantemente que no habría cambio posible sin víctimas.

El libro arranca con Las esferas, uno de los mejores. Dividido en dos partes diferenciadas, induce erróneamente a pensar que estamos ante una sátira sobre la estupidez humana. En la primera de ellas, Trump y Putin son los principales obstáculos para alcanzar la paz mundial y unos extraños ¿globos? que recuerdan a los enigmáticos monolitos de Clarke/Kubrick, aparecen para “reorientarnos”. Sin embargo, la segunda parte (descendiente de la unión entre ‘El fin de la infancia’ (también de Clarke) y 1984 de Orwell), nos mete en la piel de uno de los damnificados por el cambio. Alguien que tendrá sus razones para añorar el sistema anterior.

La otra gran historia que justifica todo el volumen es El programa: con leves reminiscencias a Terraformar la tierra (Jack Williamson), y no tan leves a Un mundo feliz (Huxley), nos transportará a bordo del Ark 2. Allí viviremos una historia de amor que dará lugar a la rebelión necesaria para no establecer una sociedad con los mismos errores que la anterior.

El resto de historias, aunque tengan menos profundidad, también son muy disfrutables: La plaga homenajea en su arranque a El día de los Trífidos (John Wyndham) o La tierra permanece (George R. Stewart) y nos habla de un virus... no diré más.

Madre naturaleza fusiona maravillosamente las consecuencias del cambio climático al más puro estilo hollywoodiense, con un relato místico que nos recuerda que nadie conoce la voluntad de las divinidades. Y que solo ellas eligen a sus  representantes en la tierra.

Ecos, el más corto y diferente de los relatos (también el menos potente) es, tal vez, un tributo del autor a series como Black Mirror o Más allá del límite ¿Queréis vivir para siempre?

Daniel Vargas es un apasionado de la ciencia ficción. Pero, además, un ser humano valioso que analiza nuestros defectos e intenta aportar soluciones. Pocos autores se atreven a soñar tan claramente con sistemas basados en el consumo sostenible, en la igualdad, y en el cooperativismo social en vez de en el capital. Digo soñar porque, aunque él tiene claro que son posibles, sabe que no son probables. Por eso nos ha propuesto unas cuantas catástrofes que nos obliguen a llegar hasta ellos. Ahora os toca a vosotros elegir cómo queréis que se acabe este mundo y empiece otro mejor. Francia, España, Italia y el universo entero son sus escenarios. Escoged los vuestros. Nunca podremos anular la condición humana. Pero sí aprender de nuestros errores.