Las lágrimas del cerdo trufero - Fernando A. Flores


 
Soñamos con una sociedad más justa y equitativa, pero algo nos dice que vamos en dirección opuesta. Los multimillonarios y los poderosos tienen cada vez más dinero y más poder. La clase media tiende a la desaparición y el abismo entre los que han de servir y los que son servidos, llegará a ser insalvable.

Siempre ha habido (y habrá) un colectivo que tiende a moverse en las sombras, que desea ganar (y a veces lo consigue) su puesto entre los más ricos. Gente que no se conforma con lo que la suerte les ha dado y no duda en saltarse todos los parámetros éticos y legales para conseguirlo. Suelen seguir metodologías parecidas a las de las grandes empresas: analizan lo que el mercado demanda y tratan de proporcionarlo antes que nadie ocupando así una posición predominante en el sector. Poco importa si hablamos de drogas, prostitución, armas o cualquier otro negocio tan rentable como ilegal.

No es descabellado pensar que en un futuro donde la mayoría no tengan ningún poder adquisitivo, las organizaciones más turbias se centren en satisfacer los caprichos de los más adinerados. Y ya sabemos que no basta con ser el más acaudalado, hay que demostrarlo. La ciencia, mediante la clonación, está a un solo paso de poder traer de vuelta a miles de especies extintas (aunque su esperanza de vida sea mínima) ¿Sería ético hacerlo? En realidad, poco importa eso; si alguien de la élite económica encontrase glamouroso exhibirse con una criatura de otro tiempo, siempre habría personas dispuestas a proporcionársela. ¿Imagináis mayor demostración de poder que pasearse con un dodo o un bucardo? Alguien que pudiese hacerlo le estaría diciendo al mundo que todo está a su alcance. Y si se convirtiese en moda y no fuese algo suficientemente exclusivo, ¿Por qué no dar vida a un animal mitológico?


Esteban Bellacosa es un hombre de frontera, un conseguidor (normalmente de maquinaria) para empresarios de la zona. Su nacionalidad estadounidense le permite moverse libremente a través de los dos muros que delimitan la frontera con México y, tras el fallecimiento de su esposa e hija, vive sin objetivos ni metas. 
Es un tiempo extraño el que le ha tocado vivir, una época en la que los cárteles, tan crueles como siempre, se dedican al filtrado de animales en vez de al narcotráfico y no dudan en capturar a científicos para esclavizarlos en sus proyectos. Una época en la que el comercio de cabezas reducidas de indígenas compite con el de obras de arte. En un contexto así, puede que el único camino que le quede para recuperar su propia humanidad sea encontrar a su hermano secuestrado.


Fernando A. Flores ha escrito una novela de las que discurren sin prisa, de las que horadan poco a poco la mente del lector y transitan por ella hasta inundarla completamente. Una historia dura e impredecible. Distópica, fantástica y apocalíptica que transmite el terror atávico derivado de la oscuridad del alma humana. La aventura no es frenética como promete la sinopsis, de hecho, le cuesta coger inercia. No cierra con el final, sino con el epílogo. Propone un infierno en la tierra tan absorbente como estimulante, y contiene ideas que pueden dejar secuelas en nosotros.

Os propongo un viaje único. Acercaos a la frontera. Allí la gente es diferente y la vida apenas tiene valor. Seréis testigos del choque de culturas y de la decadencia moral de los reyes del primer mundo. Pero también encontraréis el lugar en el que la ciencia y los conocimientos ancestrales se dan la mano y podréis, tras una cena irrepetible, veros reflejados en el mundo de los sueños gracias a las Lágrimas del cerdo trufero.

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Los hilos que rompemos - Javier Quevedo Puchal

 



¿Cómo diferenciar los fantasmas reales de los imaginarios? Si apareciese ante nuestros ojos una persona fallecida y nos exigiese venganza o reparación, ¿Cómo distinguir su presencia de nuestra propia conciencia? El terror y la locura pueden tener una causa común: el sentimiento de culpa. Y es que para ser culpable no hace falta cometer un crimen; basta con callar y mirar para otro lado. La indiferencia es una forma de crueldad tan sutil como perniciosa. Una casi tan execrable como formar parte del circo que culpabiliza a una víctima y justifica al criminal.

Las Moiras son, según la mitología griega, las hilanderas del destino:
Una hila la hebra. Otra mide con su vara la longitud del hilo de nuestra vida. La tercera lo corta.
Todo sería más fácil si fuese así y nos desplazásemos, firmemente sujetos, entre el pasado y el futuro. Hoy tenemos una percepción de la existencia mucho más compleja. Si cerramos los ojos y lo pensamos, es imposible ver un solo hilo; hay infinidad de cuerdas, cordeles, cables e incluso sogas que parten de puntos concretos, de momentos “clave” de nuestra existencia, debido a las cosas que hicimos, a las que nos hicieron, o a las decisiones que tomamos. Puntos donde nuestros caminos se entrelazaron con los de algunas personas y se rompió lo que nos mantenía cerca de otras.

Creemos llevar miles de años de evolución, pero seguimos contando con demasiadas bestias entre nosotros. Seres despreciables que violan o justifican la violación, que agreden a quien es o se siente diferente. A intolerantes que no pueden hacer un mínimo esfuerzo por comprender a los demás o adaptarse a una sociedad cada vez más plural, y a cobardes que canalizan su odio acosando a quien no puede defenderse. Como dicen en esta novela, “nuestras vidas son lo que queramos hacer con ellas”. Depende de nosotros, por tanto, afianzar unos lazos y deshacer otros. Romper los que surgieron fruto del error y recuperar los que nunca debimos aflojar. Esos lazos forman nuestra red. Debemos hacerla fuerte, segura, y no dejar que ningún indeseable forme parte de ella, la debilite o destruya.


Igor vive atormentado. Ve, o cree ver, fantasmas que no le dejan olvidar. No puede superar el horror ni la pérdida que experimentó. De niño siempre quiso ser Marisol. De adulto preferiría ser cualquiera menos él mismo.
Pandora es consciente de lo que hizo. Sabe lo que vio y calló. También en qué momentos se equivocó, y que fue una de las personas que apretaron la soga de su mejor amiga (la víctima a la que hicieron parecer culpable, la persona a la que prefirieron juzgar en vez de comprender).
Nada les une, ni siquiera el hecho de tener madres tóxicas y familias disfuncionales, salvo su necesidad de redención. Las catarsis casi siempre son dolorosas, pero un extraño ritual les dará la oportunidad de ser (juntas) quien siempre quisieron ser.


Los hilos que rompemos es una novela intensa e impredecible que recurre a elementos fantásticos para denunciar lacras de las que, por más que lo intentemos, parecemos incapaces de librarnos. Inspirándose en dos hechos reales y aparentemente no relacionados, como el caso de La Manada y los campos de concentración chechenos para homosexuales, Javier Quevedo Puchal teje una complicada red de personajes y situaciones que nos conducen, indefectiblemente, a reflexionar sobre el modelo de sociedad que tenemos y el que queremos, a analizar nuestra ideología y valores, y a plantearnos qué estaríamos dispuestos a sacrificar por defenderlos.

Javier rompe con la realidad, pero inunda la fantasía de presente. Se toma todas las libertades narrativas que cree necesarias para elevar su voz en un grito de dolor. Tiende un puente entre la oscuridad de Cuerpos descosidos (a la que hace algunas alusiones) y la intimidad de Ojos verdes, negra sombra. Y, sobre todo, hace más evidente que nunca que las etiquetas de fantástico, LGTB y social, no son excluyentes, sino que forman parte de algo mucho más grande y en lo que él es un maestro: la LITERATURA.

Violencia homófoba, violencia machista, acoso, suicidio, transexualidad e hipocresía social, son algunos de los temas sobre los que esta novela hace reflexionar. Es dura, sí, pero el estilo de Puchal, tan elegante como rico en matices, suaviza lo insoportable hasta hacerlo disfrutable. Hic et nunc, aquí y ahora, es una frase que Igor nunca pudo olvidar. Hic et nunc es donde nos toca vivir. Hic et nunc es donde nos toca asumir nuestras responsabilidades. No esperemos, como los protagonistas de esta historia, hasta que sea demasiado tarde. Es el momento de que Rompamos los hilos que nos impiden ser mejores.


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La asesina - Francisco Santos Muñoz Rico

 



¿Quién no ha fantaseado con matar? ¿Quién no ha soñado, en sus primeros años, con eliminar a poderosos adversarios y obtener gloria y reconocimiento por ello? Convertirse en juez, jurado y ejecutor. En héroe a golpe de espada o de arma automática, según preferencias.

Matar es una atrocidad, lo sabemos. Por eso, en nuestros juegos infantiles incluimos siempre una causa justa, una circunstancia que nos obligue a actuar para salvar a otros (y si es a esa persona que nos gusta, mejor). El bien y la justicia siempre están por encima de todo... en la infancia.

Las líneas que delimitan lo correcto y lo incorrecto se vuelven difusas con los años. Llega un momento en que asumimos que no seremos héroes, que nunca salvaremos de ningún villano ni a la humanidad, ni a ese ser por quien suspiramos. En que tomamos consciencia de que no mataremos a nadie porque, al margen de nuestra moral, no tenemos valor para hacerlo o para afrontar las consecuencias. Pero para entonces tampoco necesitamos inventarnos a los malvados como hacíamos de pequeños; ya tienen cara, nombre y apellidos. Así que, a no ser que alguna filosofía Zen haya calado fuerte en nosotros dotándonos de infinita serenidad y paciencia, nos damos, de vez en cuando, el gustazo de imaginarnos cometiendo un crimen. Ya no fantaseamos con la causa justa sino con el plan perfecto y es entonces cuando sentimos la pulsión de la que habla José Luis Pascual en el magistral prólogo de esta novelette. 
La idea, nacida como juego, puede revolotear por nuestra mente durante días y asaltarnos en momentos inesperados. Puede suponer una terapia contra la tensión, o toda una tentación.

Trasladar esas fantasías al papel y darles apariencia de ficción no es demasiado novedoso. Escribir sobre una asesina (Marina) que planifica el asesinato de su amante (un ser maravilloso, dicen) o lo que es peor, que se decide a cometerlo sin plan alguno, es algo ya visto. Lo realmente original de esta obra del inefable Francisco Santos Muñoz Rico, es que él juega a ser su esposa (aquí degradada al papel de “querida”) y decide terminar con la vida de su otro yo, (sí, ese ser maravilloso, ese Fran idealizado o todo lo contrario).

El humor está presente desde la primera hasta la última línea del texto, pero la trama no resulta surrealista o forzada en ningún momento. El insigne @franky_le_marchant consigue, desterrando el drama aunque no los excesos, que sintamos posible el universo que ha inventado y hagamos nuestros los cuestionables procesos mentales de su protagonista. Además, el selecto grupo de secundarias (convertidas también en potenciales asesinas o víctimas) eleva el entretenimiento a umbrales muy superiores a los alcanzados por cualquier fiesta regada con cerveza Desperado. Pero lo mejor es poder esperar (y desear) el homicidio del ilustre autor a sus propias manos, bueno, a las de su esposa convertida en amante.

¿Puede contagiarse una idea? ¿Puede ser aislada, controlada y eliminada o tiene la capacidad de reproducirse y mutar como un virus? Si queréis saberlo, abrid unas cervezas (de la marca que más os guste) y leed La asesina.

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Antifastopías - V.V.A.A.A.

 



Somos simples peones para quienes dominan el tablero. Prescindibles y manejables. A sus ojos, todos iguales.

Nos polarizan. Nos hacen elegir bando, lo cual no es intrínsecamente malo, pero exigen de nosotros fe ciega. Y eso sí lo es.

Nos radicalizan pervirtiendo el lenguaje, desdibujando conceptos y credos hasta el punto de hacernos olvidar a favor o en contra de qué luchamos. Fascista y terrorista son insultos empleados demasiado habitualmente por totalitaristas, déspotas y reaccionarios; con ello logran que cada vez sea más difícil comprender el significado de estas palabras. Nos convierten en fanáticos anulando cualquier posibilidad de crítica o decisión. Nos dicen que estamos en el lado bueno de la historia, en el de los obedientes, en el de los sumisos, en el de los que hacen lo que les toca por su rey, su dios o su bandera, un símbolo que para ellos (los que no se cansan de agitarla) no es mucho más que el trapo con el que señalar cuándo, dónde y a quién embestir.

Y nosotros tendemos a aceptar las reglas del juego (sus reglas). Preferimos obedecer a pensar porque nos hemos acostumbrado a vivir con miedo. Gracias a un capitalismo cada vez más desatado podemos poseer cosas (las migajas de su gran banquete). Desde que nos conformamos con ser peones, desde que empezamos a creer que somos propietarios de algo, el temor a perderlo nos impide ser libres. Nos recuerdan constantemente que los otros (normalmente comunistas-fascistas-terroristas), quieren arrebatárnoslo. Y es que han logrado que parezca que solo hay dos opciones, dos bandos: el de los buenos y el de los malos. También nos recuerdan lo bien que vivimos ahora y lo mal que podríamos llegar a estar. Consiguen que queramos que nada cambie, que nos protejan de los malvados, que nos sigan dando migajas y que nos digan qué hacer para no tener que decidir y correr el riesgo de equivocarnos. Obedecemos, producimos y consumimos. Vemos el mundo como ellos quieren que lo veamos. Cedemos gustosamente nuestro tiempo y nuestra libertad a cambio de falsa seguridad y terminamos añorando tiempos pretéritos (que ni siquiera conocimos) porque (dicen) todo era más ordenado y mucho mejor.

La cultura, sobre todo la televisión, el cine y la literatura, son armas de doble filo. Pueden servir para construir mentes y amueblar almas, para hacernos vivir otras vidas y plantearnos dilemas a los que nunca nos enfrentaríamos en nuestro día a día. Pero también para adoctrinar y adormecer, para infantilizar y amansar. E incluso con esto nos manipulan: nos han hecho elegir entre el entretenimiento y todo lo demás. Entre el ocio y el merecido descanso frente al pensamiento y la concienciación. Pero no siempre es necesario elegir. Dejadme que os hable de un artefacto narrativo que no pretende adormeceros ni adoctrinaros. Que busca divertiros y a la vez, despertaros. Se trata de un Libro-Bomba (cuidado, habrá quien diga que son terroristas), aunque no explotará en vuestras manos. Dejadme que os hable de Antifastopías.

¿Cómo? ¡Qué la reseña empieza ahora! ¡Dios mío, prefiero ponerme Netflix a seguir con esto!

Tranquilos, que no cunda el pánico: llevo hablando de esta antología desde la primera frase. Repleta de fantasía, terror y mucha distopía, os hará plantearos en qué mundo vivís y a cuál os quieren llevar. Dieciséis historias inquietantes cargadas de acción, dolor, ternura y esperanza. Dieciséis metáforas de distintas manifestaciones del fascismo. Y dieciséis autores y un prologuista que os harán ser conscientes (más que nunca), de que solo sois peones, pero también de que en este tablero podemos movernos en direcciones distintas a la marcada.

Antifastopías no es una selección perfecta; no pretende serlo. Inevitablemente irregular, obedece a una sola consigna: agitar al lector e impedir que se acomode. Por ello, tal vez, abre fuego con ¡Malditos nazis necrófagos!, una engañosa historia pulp que, tras una relectura más sosegada, invita a recordar a Hannah Arendt y a reflexionar sobre la negación y la posverdad. Después, sin dar tiempo a digerirlo, el ataque de Román Sanz Mouta es inmisericorde: con un estilo crudo, áspero y aterrador, equipara a los nazis con seres de pesadilla, monstruos que nos obligan a correr (aunque no necesariamente delante de ellos). Y confirmando la imprevisibilidad de esta antología, La Primera Ministra desvela, en un relato divertidísimo, las claves para combatir una temible invasión alienígena. Quienes crucen este umbral, quienes superen esta ecléctica trinidad, estarán preparados para activar la bomba que tendrán en sus manos.

Tal vez algunos cuentos se queden cortos, pero el resultado final es realmente meritorio (y más teniendo en cuenta el carácter benéfico de esta publicación). No es de recibo destripar todas y cada una de las aventuras que viviréis cuando la abordéis, pero os diré que la mayoría de mis favoritas se encuentran en las páginas centrales: con Un sol eterno me he enternecido y entristecido, con Justa Retribución he desenvainado mi espada con rabia, Ouad me ha resultado terriblemente creíble y Elena Romea ha logrado, en tan solo dos páginas, transmitirme la combatividad y razón de ser de su Justina Saavedra.

Pensaréis que todas las historias son duras o tristes. Han de serlo. Pero no todas os robarán la esperanza. Algunas, como Sun Sucker (relato con vocación de cómic Jodorowskiano), Yallah Habibi (la más aterradora de las venganzas), y Óscar (la génesis de una rebelión), os impulsarán a alzaros y resistir.

La elección es vuestra. Podéis ser antifastópicos e identificar al espíritu consumista como la cadena que os roba el tiempo, la vida y la libertad. Podéis comenzar a asumir que el sometimiento y la obediencia no garantizan ningún tipo de seguridad. Podéis reconocer en el machismo la esencia del fascismo. Podéis huir o podéis combatir. Podéis leer este libro o podéis seguir viviendo enganchados a Netflix. ¿Qué preferís?


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Venus [V] - Raúl Gonzálvez del Águila

 


“El miedo es un enemigo implacable para el progreso”


Nuestro progreso tecnológico es exponencial. Parece no tener límites y cada nuevo descubrimiento abre la puerta a muchos más. Ahora sí que se puede decir que llevamos décadas caminando a hombros de gigantes: los ordenadores. Los bits han permitido volar a científicos e ingenieros que antes debían conformarse con andar. Intuimos que estamos en los albores de una era gloriosa. Pronto no nos conformaremos con tener alas y los Qbits, las computadoras cuánticas, nos proporcionarán las herramientas necesarias para cambiar nuestro mundo y, tal vez, a nosotros mismos.

Sin embargo, a mayor velocidad, mayor riesgo. Cuando se siente fe ciega en algo, es fácil bajar la guardia y dejarse llevar. ¿Cómo no confiar en aquello que creemos infalible?
La singularidad, el advenimiento de Inteligencias Artificiales fuertes, se profetiza cada vez más cercana. La ansiamos bajo la premisa de que los nuevos seres virtuales nos reconocerán como sus creadores y, por tanto, siempre estarán a nuestro servicio; todos los cálculos y simulaciones que lleven a cabo (inalcanzables para el cerebro humano), serán en nuestro beneficio. ¿Quién dudará de ellas cuando demuestren su devoción y su superioridad?

Pero, tal y como habéis pensado, nada es infalible. A altas velocidades, algunos accidentes son inevitables y las probabilidades de sobreponerse a ellos, escasas. Si, parafraseando a Nietzsche, mirásemos al abismo y este nos devolviese la mirada, ¿estaríamos dispuestos a destruir todo lo construido, a borrar todo rastro de nuestros logros y a cambiar radicalmente nuestra civilización con tal de sobrevivir? Y de hacerlo, ¿Aprenderíamos de nuestros errores o nos convertiríamos en rehenes de nuestros temores? Puede que ver el final tan de cerca nos transformase para siempre. Es posible que no consiguiésemos superar nunca el miedo. Y el miedo es el mayor enemigo para el progreso.


Ha pasado más de un siglo desde El Apagón, la catástrofe que estuvo a punto de acabar con la humanidad. Ese es el tiempo que se ha necesitado para destruir todo resto tecnológico de los denominados Digitales y avanzar siguiendo otros caminos, poniendo cuidado en cada paso e impidiendo cualquier progreso potencialmente peligroso.

Ocho nimbociudades, suspendidas en la infernal atmósfera de Venus, son lo único que queda de la poderosa civilización que tan cara pagó su soberbia. Hasta allí llega la Kipling, una nave tripulada por militares, científicos y savants (personas con capacidades especiales). Su misión: recabar información sobre los últimos días de los colonos en aquel planeta y, sobre todo, estudiar a los biontes, unos pequeños pulpos diseñados por Vishnu, la IA que propició el desastre.

Venus[V], novela corta ganadora del Premio Alberto Magno 2019, es una magnífica historia que, transportándonos a un futuro lejano en el que se han hecho realidad algunos de los mayores temores tecnológicos de nuestro presente, conserva el espíritu de las obras clásicas de exploración utilizando a nuestra especie (y no a una raza alienígena) como objeto de estudio y redescubrimiento. Apoyándose en un escenario tan temible como hipnótico y dosificando la información desde la primera página, Raúl Gonzálvez del Águila consigue estimular el ansia de aventura en el lector y espolear su necesidad de respuestas. Pero estas, las respuestas, son la verdadera trampa, las que le atrapan para no soltarlo pues, una vez llegan, generan nuevas cuestiones para las que nadie tiene respuesta.


La prosa, pulcra y efectiva, potencia el ritmo de una obra ágil y sin altibajos. El empleo de distintos tiempos verbales, en función del punto de vista de cada personaje, no distrae ni resta atención a la historia que se está contando. Y las pequeñas grandes ideas que podrían ser el germen de otras novelas (como los exóticos mecanimales o el empleo de savants para evitar el uso de tecnología demasiado avanzada) se quedan en el discreto segundo plano que la trama requiere.
Sí, Venus[V] es una novela de ciencia ficción de las buenas, de las que enganchan e inspiran. De las que asombran e inquietan. Una puerta a un universo que deja con ganas de más, aunque no requiera de ninguna continuación.


Venus es el infierno. Su gravedad y temperatura son incompatibles con la vida tal y como la conocemos. Allí las tormentas precipitan ácido y el aire, tras el inconcluso proceso de terraformación, es irrespirable. Pero embarcar en la Kipling supone una oportunidad que no podéis dejar escapar. Nadie pudo volver a las nimbociudades después del desastre y, probablemente, nadie lo hará después de esta misión. Solo si llegáis hasta la Botticelli lograréis entender lo que ocurrió. Los savants os ayudarán, los nudos en los quipus de las gemelas os proporcionarán respuestas para las que, tal vez, no estéis preparados y seguramente llegaréis a preguntaros si habéis actuado libremente o si formáis parte de un plan mayor. Pero también seréis testigos de una nueva forma de vida, una que nadie más que vosotros podrá comprender.

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La maquilladora de cadáveres - Dioni Arroyo



Hay una etapa en la vida en la que todo se experimenta más intensamente. Una etapa en la que las ideas se defienden con pasión, en la que se aspira a tener respuestas para todo y en la que el amor se imagina puro y eterno. Durante esa fase que casi siempre se asocia a la adolescencia (aunque dura unos cuantos años más) y en la que está permitido creer secretamente en la inmortalidad, no es necesario adorar a ningún dios. De hecho, se tiende a rechazar cualquier autoridad humana o divina y suele ser imperativo romper o aflojar los lazos que nos atan a quienes nos criaron o a quienes nos dieron las coordenadas que nos condujeron a un modo de vida mediocre e insatisfactorio. Tomar las riendas del propio destino se vuelve tan necesario como respirar, pero hacerlo solos suele ser demasiado complicado.

Encontrar, en esa fase tan vital como irreflexiva, a quien nos comprenda, acompañe o incluso, guíe hacia un rumbo desconocido, puede ser una de las experiencias más importantes de nuestra existencia. Este periodo, tan enriquecedor como sensible, suele marcar el resto de nuestra vida y en él es fácil confundir el amor con el deseo o sentirse fascinado por quien se muestre diferente a nuestros ojos, enigmático o exento de mediocridad. Pero si ese alguien es un ser vulnerable, dolido y autodestructivo, puede arrastrarnos a su espiral.
Existe una edad en la que todos tenemos derecho a equivocarnos, pero el precio de algunos errores puede ser demasiado alto.


Asur no tiene metas claras. Simplemente sabe que lo que tiene no le basta. Se siente perdido en un mundo que no le gusta, asqueado de su entorno, saturado y ajeno a su familia. Al terminar sus estudios universitarios decide independizarse y tomar las riendas de su vida. Pero todo cambia el día que una desgracia familiar le conduce al tanatorio donde reconoce a Itziar, una antigua compañera de instituto que ejerce como maquilladora de cadáveres. La inmediata fascinación que siente por ella es la antesala a un infierno personal del que nunca podrá salir.
Conoceremos su historia en sus propias palabras gracias al diario que le hiciera llegar a Dioni Arroyo años después de la tragedia. Porque contar su historia buscando la comprensión y el perdón de los demás, es lo único que puede mantener cuerdo a quien no es capaz de perdonarse a sí mismo.


La maquilladora de cadáveres, historia que viese la luz por primera vez en 2012 como Los ángeles caídos de la eternidad, es una novela de amor y muerte ambientada en el Valladolid de los años 80. Una historia criminal dura, cruda y sórdida salpicada de elementos propios del romanticismo y la novela gótica.

Estamos ante una obra muy diferente a las que Dioni Arroyo, uno de los autores de Ciencia Ficción más prolíficos de este país, nos tiene acostumbrados. En ella, personajes magníficamente perfilados hacen avanzar la trama en vez de dejarse arrastrar por los acontecimientos (tal y como sucede en la mayoría de sus títulos). Su prosa, más adornada que en creaciones posteriores, es perfecta para el tono áspero y oscuro del relato y los pequeños detalles (que corren el riesgo de pasar inadvertidos debido a lo breve de la historia), aportan múltiples matices sobre los sentimientos y procesos psicológicos que experimentan los protagonistas. Gracias a todo esto, el autor consigue retratar a la perfección una relación apasionada, irracional y desenfrenada entre dos jóvenes (un hombre desencantado y nihilista y una mujer herida y atormentada) que creyeron encontrar la salvación el uno en el otro, pero cuya unión provocó la chispa que hizo explotar una bomba armada de sufrimiento y rencor.

Itziar es, a los ojos de Asur, estimulante, diferente, fuerte e independiente. Un patito feo convertido en Cisne, un reto. Alguien a quien intentar dominar para no ser dominado. Abrid esta novela y presenciaréis un terrible crimen. El amor y la pasión son más poderosos que la razón. Y el sexo, su puerta de entrada. Él, que arrastrará las consecuencias toda su vida, necesita que conozcáis lo que ocurrió. Que comprendáis quién era y por qué hizo lo que hizo. Si lo hacéis, tal vez pueda llegar a perdonarse.

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Las edades de Itnis - Salvador Bayarri

 




“En la evolución solo existe un criterio de éxito: sobrevivir y reproducirse”


La población mundial se acerca a los ocho mil millones y no para de crecer. El aumento exponencial es inevitable; lo llevamos impreso en nuestros genes. Sabemos que, por mucho que avancemos tecnológicamente, este planeta no podrá abastecer indefinidamente de alimento y materias primas a la humanidad. Miramos al cielo buscando la solución en las estrellas, en la terraformación o explotación de aquellos mundos que, de momento, solo podemos imaginar. No daremos el paso hasta que la situación se vuelva crítica o desesperada y cuando lleguemos a esa nueva era, cuando realicemos el gran salto y colonicemos otro planeta, ¿Qué nos impedirá seguir expandiéndonos? ¿la ética, tal vez? Es poco probable que llegue el día en que nuestra especie piense que ya tiene suficiente. ¿Alguna religión? Casi todas las que existen o existirán abogarán también por la reproducción y la difusión de su credo pues, cuantos más fieles ganen, más poderosas se volverán.

Cuando la tecnología permita recorrer grandes distancias a través del espacio tendremos todos los recursos del universo a nuestro alcance. Puede que lo único capaz de frenarnos sea encontrar a otra civilización en un estadio científico similar al nuestro y con la que nos veamos obligados a trazar nuevas fronteras. Si nos topásemos con seres más evolucionados, sabrían ver en nosotros la amenaza que suponemos y no dudarían en aniquilarnos. Pero que nadie se escandalice ante tal injusticia ¿Qué ocurriría si fuésemos nosotros quienes encontrásemos formas de vida menos evolucionadas o incluso primitivas? Haríamos lo mismo aunque no supusiesen ningún peligro pues, además de llevar en nuestro ADN el mandato de la reproducción, también contamos con el estigma de la ambición y querríamos disponer de todo aquello que les perteneciese ¿O acaso creéis que de hallar vida extraterrestre en un lugar en el que deseásemos vivir, detendríamos nuestros proyectos de terraformación para no destruir su hábitat y causar su extinción?


Dorea, Mich y Lene son los elegidos para llevar a cabo la colonización de Itnis Cinco. Tras un viaje que ha durado siglos, salen de sus cabinas de criogenización y descubren que algo ha fallado: los robots que les precedieron dejaron de funcionar y el planeta aún no está preparado para acoger a los embriones que transportan en la Argo. Deben investigar lo ocurrido y decidir si poner rumbo a Itnis Seis, pero son pioneros, auténticos aventureros a los que cuesta dar la espalda a los retos que les plantea el enigmático planeta.


Las edades de Itnis es una novela de Ciencia Ficción Hard que coquetea con la Space Opera debido a sus altas dosis de acción y aventura. Una obra ideal para iniciarse en el subgénero, pues su autor antepone, aunque resulte paradójico, el entretenimiento y la dimensión filosófica de la historia, a la carga científica. Y es que Salvador Bayarri, escritor al que descubrimos con El Espejo del Tiempo (editorial Apache, 2019), riza el rizo y hace suya la trama arquetípica imaginando una civilización alienígena asombrosa, llevando los dilemas éticos al extremo y salpimentándolo todo con cada uno de los elementos necesarios para llenar 334 páginas de sentido de la maravilla. Y lo consigue apoyándose, sobre todo, en sus magníficos protagonistas:
Dorea y Mich son humanos. Él es el motor del equipo. Ella, el ancla. Y Lene, un híbrido de sexo fluido, es la argamasa que les une, es quien logra el consenso en las decisiones y evitar el desgaste en las relaciones. Bayarri intercala sus testimonios. De ese modo nos permite saber todo lo que les sucede, pero también su punto de vista y sus sentimientos en cada momento, cosa fundamental para entender el porqué de sus decisiones.

Si queréis disfrutar de una novela de ciencia ficción ágil, amena y con regusto clásico, acompañadles a Itnis Cinco. No será un simple viaje de placer; tendréis que tomar decisiones que pueden afectar al futuro de la humanidad, a la supervivencia de una nueva especie o incluso, a la vida de vuestros seres queridos. Pero no estaréis solos: Dorea os ayudará con su cordura, Mich con su pasión y Lene con su necesario distanciamiento lógico. Además, descubriréis a unos fabulosos seres capaces de tomar decisiones sobre su propia evolución biológica ¿Se os ocurre un destino mejor?

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Dientes Rojos - Jesús Cañadas

 



“la violencia no es cosa de monstruos: es cosa de humanos”


La violencia es una droga que hace sentir poderosos a los más débiles. Estos suelen ejercerla contra “presas fáciles”, contra quienes no pueden devolver los golpes o contra quienes ni siquiera los ven venir. Algunos la emplean como vía de escape a sus frustraciones o a modo de revancha ante aquello a lo que no pudieron (o supieron) enfrentarse y esperando, puede que inconscientemente, sanar unas heridas que nunca cerrarán. Y no lo harán porque quienes optan por ese camino perdieron su humanidad. Son víctimas del dolor que solo saben provocar más dolor. Son monstruos, aunque no de la peor especie: también hay quienes abusan y dañan por placer, quienes disfrutan golpeando, destruyendo y profanando aquello que les parece hermoso o inocente. Quienes cruzan los límites del horror una y otra vez dejando a su paso muerte y dolor, oscuridad y sangre. Estos, los más peligrosos, se buscan y se reconocen entre sí. Se alían en las sombras disfrutando de crueldades propias y ajenas, formando un club privado, una nación secreta cuyo Rey se alimenta de sufrimiento.

En la mayoría de casos, los depredadores suelen ser hombres y las víctimas, mujeres. Todos son habitantes del mismo infierno, un lugar oscuro, frío y sin alma del que mana sangre. Algunos accedieron a consecuencia de sus actos y otros siempre pertenecieron a aquel averno. Pero ellas son prisioneras, cautivas hartas de sufrir que tratan desesperadamente de escapar. Tal vez solo necesiten algo de ayuda de quienes saben y callan. O puede que de los monstruos heridos, de aquellos que se convirtieron en lo que son cuando perdieron a una hija, a una hermana, o a una madre. Aunque es probable que no esperen ser salvadas, ni tampoco obtener venganza. Que lo que realmente ansíen es poder defenderse y protegerse a sí mismas. Lo único seguro es que las puertas de ese lugar turbio y abyecto solo pueden abrirse, tanto para entrar como para salir, con dolor.


Kocaj vive en constante lucha. Desea ser un buen policía, pero no consigue controlar sus estallidos de violencia. Hace ejercicio a diario en el mismo cuarto donde su madre se quitó la vida y se encarga de cuidar a su padre enfermo, el causante del suicidio. Es alemán, aunque los alemanes solo ven en él a un polaco. Necesita amor. Sin embargo, no sabe darlo.
Cuando le ordenan ayudar a Ritter, un veterano policía racista y violento, asume que las cosas no serán fáciles para él. Deben encontrar a una joven de 16 años que ha desaparecido de su habitación dejando, como única pista, un charco de sangre y un diente arrancado. A nadie parece importarle el nombre de la joven, es una de tantas. Tal vez por eso, no puede evitar involucrarse emocionalmente en la investigación y ver en su compañero todo aquello en lo que no quiere convertirse.


Dientes rojos en un impactante thriller sobrenatural cargado de oscuridad. Un claro exponente del terror que se escribe en este país o, al menos, del que sabe escribir Jesús Cañadas. Sus dos vertientes, la policiaca y la fantástica, están totalmente integradas. La primera, ambientada en un frío Berlín que no conoce el sol, tiene por protagonistas a dos hombres imperfectos que pueden, por momentos, repeler al lector. Sus perfiles psicológicos van quedando definidos según avanza la trama hasta el punto de hacer comprensibles, que no justificables, cada una de sus acciones. 
La segunda parte se centra en Rebecca, la propia desaparecida, que reivindica su papel como protagonista antes que como víctima. Y el argumento, exento de improvisación, consigue que las dos naturalezas de la historia se vayan fusionando lentamente hasta desembocar en un catártico y maravilloso final.

Esta novela, narrada en primera persona (aunque no siempre por la misma voz), es todo un alegato contra la tradición cinematográfica y literaria que encomienda a los personajes femeninos una única función: la de servir de excusa a los masculinos para que asuman el protagonismo. Logra atrapar a todo el que se adentra en ella y obliga a buscar respuestas; nadie puede evitar, pasadas unas páginas, preguntarse qué pasa por la cabeza de Kocaj, qué le ocurrió a Rebecca, si hay algo que une a quienes ejercen la violencia, o si se puede romper la cadena que convierte en maltratadores a quienes, de alguna forma, fueron víctimas.


¿Qué esconde Rebecca? ¿Es una santa o un demonio? ¿Podrá Ritter perdonarse a sí mismo? ¿Podrá Kocaj escapar a su destino? Adentraos en la oscura y fría noche de Berlín. Moveos entre Clubes industriales y albergues de refugiados, entre las clases altas y los más desfavorecidos. Buscad las palabras marcadas: las respuestas están a la vista de todos, aunque solo quienes hagan las 3 ofrendas podrán volver con ellas. El camino no será fácil, encontraréis mucho dolor a vuestro paso y comprobaréis que pocas cosas pueden ser tan terroríficas como dos mujeres rezándole a la virgen. Y, sobre todo, recordad que todo el sufrimiento que sintáis, presenciéis o provoquéis, tendrá su justa respuesta.

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Bellotas con leche - José Carrero

 



“Un hombre vale lo que vale su palabra, es la única forma de hacerse respetar, y el respeto lo es todo”

Para algunos, la vida es un juego mortal. Una partida sangrienta e inmisericorde en la que la suerte, caprichosa, concede sus favores a quien quiere y no a quien más lo necesita. Son los del otro lado, los que caminan sobre el alambre conscientes de que, si caen, no serán salvados por ninguna red. El dinero rápido (que no fácil) y la adrenalina les convierten en rehenes de un universo con leyes no escritas donde un hombre vale lo que vale su palabra y donde el respeto es la moneda que paga su supervivencia. Pero ese tipo de respeto nunca se consigue a través de las buenas acciones, porque en un estanque lleno de tiburones, la única forma de no ser devorado es infundir terror. Y el terror solo se propaga a través de la crueldad.
Perciben el amor como una debilidad o un lastre y el dinero es su principal objetivo. Pero para quienes consiguen mantenerse el tiempo suficiente en la partida como para medrar, para quienes consiguen convertirse en algo más que en un simple peón, el vil metal deja de ser lo más importante; para ellos, lo que realmente cuenta es ganar cada mano asumiendo que, aunque jueguen con una baraja marcada, la siguiente carta puede ser la última.


Raúl necesita dinero y hacer de mula se le da bien. Nunca ha transportado cocaína, pero siempre hay una primera vez para todo. Sabe que es un pez pequeño y que El yesero, el dueño del club Arcoíris, podría comérselo a pesar de su avanzada edad. Cincuenta y tres bellotas de cocaína serán su cargamento e Italia su destino.
En Nápoles, Fabio decide terminar con su mala suerte. Se introduce un revólver del calibre 38 en la boca y comienza a acariciar el gatillo pero su teléfono comienza a sonar.


Bellotas con leche, ópera prima de José Carrero, es una obra ágil y directa que hará las delicias de los amantes del thriller y la novela negra. Exenta de pretenciosidad y magníficamente planificada, nos cuenta, en poco más de cien páginas, una historia cruel y salvaje tan imprevisible como creíble. Su argumento, engañosamente sencillo, sacude al lector con cada giro y lo espolea para que continúe leyendo.
La prosa del autor no ahorra crudezas ni escatologías potenciando la angustia que sufren sus protagonistas, y es que estos o, mejor dicho, el manejo que hace de ellos, es otro de los puntos fuertes de Carrero: nos cuenta muy poco de la mayoría. Puede que a quien más lleguemos a conocer es a César Milleiro, el despiadado Yesero. De los demás nos permite saber tan solo lo necesario para que entendamos lo les une a la sangrienta aventura en la que se ven inmersos y, aun así, consigue que tengamos la sensación de conocerlos lo suficiente como para decidir a quién odiar y a quién perdonar.


Esta obra, Finalista del XIII Premio de Novela Corta Encina de Plata, os atrapará y no os soltará. Adentraos en ella y sentid la adrenalina. Os arrastrará al otro lado, a un mundo repleto de sicarios, proxenetas, traficantes y barbarie. Un mundo en el que cualquier paso puede ser el último y en el que todas las apuestas son demasiado altas ¿Os atreveréis a jugar?

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Entrevista: Óscar Eslava



"La distopía en una herramienta útil para quienes sostienen los hilos del poder económico y social "

"No puedes cambiar la mentalidad de las personas ni sus sentimientos por decreto, pero puedes cultivar una forma distinta de ver el mundo y la sociedad"

"El feminismo es, quizá, la fuerza transformadora de progreso más potente de la actualidad. Y una de sus revelaciones estrella es que el sistema productivo actual se sostiene sobre la explotación del trabajo no remunerado de los cuidados"

"Cualquier “libertad” que solo puede comprarse con dinero no es libertad, es privilegio"

"La crisis es real y ya está aquí. La respuesta es lo que está en duda"

Si tuviésemos que definir a Óscar Eslava con dos palabras, estas serían evolución y acción. Evolución por su enorme calidad humana, su pensamiento político y su crecimiento como autor. Acción, por su capacidad para defender, de manera infatigable, aquello en lo que cree ¿Aún no lo conocéis?


H - Has resultado vencedor del I Premio Pragma de relato de ciencia ficción con Reproducción social. ¿Hasta qué punto te sientes identificado con el movimiento Pragma y con la labor de la Fundación Asimov? ¿Consideras que la literatura de ciencia ficción, género poco valorado en nuestro país, puede alcanzar una influencia lo suficientemente significativa en la población como para despertar conciencias o llamar a la acción?



O.E - Puede que la literatura de Ciencia—Ficción no tenga el prestigio cultural que se le da a la novela “realista”, como dices. Pero el formato audiovisual de género sí tiene una salud robusta, no hay más que ver el éxito de películas y series (“El ministerio del tiempo”, “El cuento de la criada”, “Dune”, “Los 100”, “Star Wars”, “Westworld” y un largo etcétera en el que por ignorancia ni siquiera meto toda la producción de Anime que existe) para entender que sí hay un público dispuesto e incluso ansioso por sumergirse en mundos “no realistas”. Sea por entretenimiento, porque son una magnífica herramienta para reflejar nuestra realidad actual y reflexionar sobre ella o por placer estético, la demanda está ahí.

El problema está, como explica muy bien Francisco Martorell en su excelente ensayo “Contra la distopía”, en que nos hemos acostumbrado a imaginar todo tipo de males para el futuro y sumirnos en el desaliento en vez de atrevernos a imaginar alternativas posibles. Voy a citarle diciendo que “es más fácil imaginar el fin del mundo que el del capitalismo”, lo que acaba convirtiendo la distopía en una herramienta útil para quienes sostienen los hilos del poder económico y social. Sabiendo esto, no es de extrañar que haya una especie de techo de cristal que impide que las propuestas utópicas lleguen a ese gran público que consume un formato más accesible que el de la literatura, que por su naturaleza exige una inversión económica y unas plataformas de distribución aún más inaccesibles que publicar novelas (que ya es bastante difícil).


Por ello, cuando conocí la Fundación Asimov a través de una charla que dieron en la Hispacon de Valencia en 2019 y me enteré del movimiento Pragma y el premio que querían convocar, simpaticé con ellos al momento porque están trabajando mucho precisamente con ese doble fin: promover la Ciencia—Ficción escrita e impulsar la lectura de historias que permitan al lector romper el círculo vicioso del pesimismo e imaginar alternativas posibles a la distopía.

La congresista estadounidense Alexandria Ocasio—Cortez lo resumió muy bien en una campaña que asesoró Naomi Klein llamada “Un mensaje del futuro” en la que se imaginaba a sí misma décadas más tarde en un mundo mucho mejor, construido gracias a la organización de la gente para cambiar las cosas. Uno de los lemas era “No puedes ser lo que no puedes ver” (o, traducido libremente, “no puedes ser lo que no puedes imaginar”). El movimiento Pragma es un granito de arena más que intenta hacer que imaginemos eso que queremos que ocurra y estoy muy orgulloso de haber aportado el mío.


H - Este relato (al igual que tus inéditas Memorias del futuro), es prácticamente una precuela de El futuro que hicimos (2017, Esdrújula ediciones). Todos parten de un punto concreto: el movimiento 15M ¿Dónde estabas tu aquel mayo de 2011? ¿Consideras que fue una oportunidad perdida? ¿Por qué te empeñas en mantener vivo ese espíritu a través de tus obras?



O.E - El domingo 15 de mayo estuve en la manifestación original. Me marché casi obligándome (madrugo mucho para ir al trabajo), lleno de ilusión al comprobar que no era el único que llevaba meses rumiando la necesidad de encontrar un camino alternativo al único que parecían ofrecernos quienes estaban al volante. También me marché con cierta melancolía, pensando “¿y ahora, qué?”. Pues ahora fue que unos pocos decidieron imitar a los egipcios acampados en Tahrir, fueron expulsados y, gracias a unas redes sociales que entonces todavía no habían sido pervertidas por la fuerza del dinero, aquello generó una reacción a la que me apunté con entusiasmo. Sol se llenó de gente, luego puse mis manos para llevar cartones y tender lonas con cientos de personas a quienes no conocía de nada pero entre las que me sentía parte de algo muy grande, y aquella primera semana estuve yendo todas las tardes menos una, simplemente a estar, a observar, a escuchar y a participar en lo que se pudiera. El grito mudo de la medianoche del viernes fue mágico, la acampada fue increíble y me devolvió la esperanza. Luego llegaron otras movilizaciones en las que participé, seguí con especial emoción las marchas indignadas, y finalmente ayudé a limpiar cuando desalojamos Sol para implicarme con la asamblea de Lavapiés.




No fue una oportunidad perdida porque aún teníamos mucho que aprender, y esa oportunidad la cogimos al vuelo. Lo fundamental, a entendernos entre nosotros mismos. Allí había gente que llevaba en la militancia toda la vida y no entendía muchas de las rarezas que los recién llegados iban proponiendo. Otros venían a protestar contra las consecuencias de un sistema sin atreverse a cuestionar el sistema en sí más que en detalles superficiales. Fue una escuela de la que muchos salimos con un gran aprendizaje y, aunque perdimos fuelle por agotamiento y por la imposibilidad de alcanzar más acuerdos que el del enfado colectivo, que llegó a su cumbre en la inmensa manifestación del 15 de octubre, dejó una impronta que no es que me empeñe en mantener viva sino que sigue viva, evolucionando y madurando con los años.


H - Empezaste escribiendo fantasía épica con quince años y dices hacerlo para entretener al lector. Pero tanto en tus obras de ciencia ficción como en Hermanas, tu novela más personal, denuncias graves problemas de nuestra sociedad y te atreves a apuntar fórmulas para alcanzar un futuro mejor ¿Cuál debe ser la principal función de la literatura, entretener o concienciar? ¿No temes que una marcada ideología te reste lectores?


O.E - Cualquier autor tiene una ideología, por más o por menos que deje su impronta en su obra. Intento no ser partidista ni tampoco maniqueo, pero no renuncio a defender lo que creo que es deseable, justo o necesario. No puedo responder a qué función debe tener la literatura porque hay tantos gustos como lectores. Hay quienes solo leen ensayo, otros solo aventuras y evasión, hay entusiastas de la filosofía o el análisis político, otros solo quieren romance y emociones. Pero creo que nadie tiene un gusto cien por cien “puro”. Puede variar la proporción de los ingredientes o el sabor de los mismos.

Si mi perspectiva ideológica, ética o moral espantan a quienes están en desacuerdo total conmigo, es normal y no lo lamentaré. Si mi formato narrativo, que intenta ser ágil y muy visual sin necesidad de estar consultando las referencias de otros autores a cada paso e intenta utilizar un lenguaje accesible, ahuyenta a quienes necesitan estudiar más que leer un libro, lo lamentaré pero no tengo la capacidad ni la cultura suficiente para escribir a ese nivel. Lo que yo intento es crear historias entretenidas, con personajes que tengan profundidad emocional y con los que se pueda conectar, dentro de una trama verosímil y con un trasfondo muy personal en lo ideológico y lo ético.

Pienso que hay un gran público interesado en los temas que trato pero al que le aburre un formato demasiado académico o acude a la lectura para disfrutar con una historia, no para estudiar. Hay excelentes estudiosos y ensayistas creando obras imprescindibles a las que a mí mismo me cuesta acceder muchas veces más allá de lo superficial o del resumen final. Lo mío es coger esas conclusiones abstractas y ponerlas en acción a través de la vida de mis personajes. No creo que eso espante a muchos lectores.



H – He disfrutado mucho de ese Neo-Comunismo o Comunismo actualizado que propones en Reproducción social. Es de justicia valorar todo tipo de trabajo, produzca o no rentabilidad económica y, como nos recuerdas a través de los ojos de Cayetana, deberíamos recompensar especialmente aquellas acciones que resultan esenciales para quienes no pueden cuidar de sí mismos, pero ¿Por qué nos cuesta más creer en la posibilidad de una sociedad justa e igualitaria que en avances tecnológicos asombrosos? ¿No es el comunismo una utopía cada vez más lejana?


O.E - El comunismo, como el anarquismo, el liberalismo, el feudalismo, la socialdemocracia o el capitalismo, son sistemas de organización social y económica que han tenido su sentido en el contexto histórico que los vio nacer. Todos ellos han dejado su impronta cultural y su buen rosario de catástrofes, sin excepción. Pero no son marcos inamovibles sino respuestas a retos y anhelos de su tiempo. No planteo un neo—comunismo porque creo que las lecciones y esperanzas del comunismo no pueden dar respuesta a todos los retos presentes y futuros. Más bien planteo otra cosa nueva, nacida del ahora, que tiene como eje la convicción, muy personal, de que es imprescindible recolocar las necesidades de las personas sin excepción en el centro de cualquier decisión organizativa. No puedes cambiar la mentalidad de las personas ni sus sentimientos por decreto, pero puedes cultivar una forma distinta de ver el mundo y la sociedad. De hecho, llevamos haciéndolo milenios. Basta con desplazar el valor que le damos a las cosas y la percepción de nuestro lugar en el mundo para obtener resultados. Las personas no vamos a cambiar en lo más íntimo. Seguiremos queriendo lo mejor para quienes queremos, rechazando lo que percibimos como una amenaza, necesitando la validación del grupo en forma de afecto o estatus o una red de apoyo, sintiendo amor y odio y miedo y esperanza. Pero si los valores cambian, si aprendemos que cuidar a los demás es lo que nos da satisfacción y nos hace ser aceptados, si el egoísmo competitivo que ve a los otros como rivales cae al mismo nivel de consideración que ir por la vida acuchillando a quien te molesta, si comprendemos que hay suficiente para que todos vivamos bien en vez de aspirar a acumular mucho más de lo que realmente necesitamos a costa de ignorar el sufrimiento de quienes pierden en esa carrera de ratas o de destruir el futuro de nuestros descendientes y lo convertimos en sentido común, creo que la utopía es posible, aunque nunca será perfecta. Porque sí, es más fácil inventar un cacharro nuevo que un nuevo sistema de valores que va directamente en contra de quienes controlan los resortes del poder económico, político, militar y mediático. Van a seguir utilizando todo su poder para convencernos de que “no hay alternativa”, como decía Thatcher, que lo que le damos a nuestro vecino más pobre es lo que nos quitamos a nosotros sin levantar la mirada y descubrir que en realidad no hay escasez sino desigualdad.

Dentro de ese cambio de paradigma ya hay mucho avanzado gracias a la lucha de las mujeres. El feminismo es, quizá, la fuerza transformadora de progreso más potente de la actualidad. Y una de sus revelaciones estrella es que el sistema productivo actual se sostiene sobre la explotación del trabajo no remunerado de los
cuidados. Por eso pensé en el concepto de “Reproducción social”, que le da un valor al trabajo no productivo (de plusvalía financiera) sino reproductivo (de sostenimiento de la vida y la comunidad humana). Y me parece lo más revolucionario que podría suceder hoy, puesto que incluye la variante de los cuidados a la sociedad y al planeta para darles el justo valor que tienen. No en forma de dividendos, sino de lo más esencial para la vida.


H – Vamos a destripar un poco Reproducción social: describes una sociedad en la que se comparten espacios de trabajo y transportes, en la que la ecología es una prioridad y no una opción, en la que las marcas blancas son prácticamente la única alternativa y en la que casi todos los actos cotidianos pueden ser medidos, valorados y por tanto, controlados a través de aplicaciones ¿No se lo pones muy fácil a quienes sostienen que sociedades así, basadas en la igualdad, atentan directamente contra la libertad?


O.E - Se lo pongo facilísimo. Porque la “libertad” de la que suelen hincharse el pecho es la de la supervivencia en una jungla donde todos son enemigos potenciales salvo el reducido grupo del que me rodeo (familiar, étnico, nacional…). Pero cualquier “libertad” que solo puede comprarse con dinero no es libertad, es privilegio.

Si crees en la declaración universal de los derechos humanos, que es mi único credo irrenunciable, todo lo que contravenga esos derechos o satisfaga los de unos a costa de los de los otros no es libertad, es imponerse por la fuerza. A veces pongo un ejemplo extremo: si yo fuera inmensamente rico y comprara toda la producción mundial de trigo, arroz y soja, y la guardara en una cámara acorazada para venderla al precio que me apeteciera o me diera por quemarla (soy libre para hacerlo, porque en el esquema capitalista es de mi propiedad) ¿sería aceptable? ¿No tendría derecho el resto de la humanidad a frenar mis planes demenciales?

Hay una larga serie de cosas que no pueden ni deben estar en manos de la decisión de un grupo reducido sólo porque tiene el poder del dinero o las armas. El bien común, el de todas las personas, debe ser la cortapisa a cualquier libertad. Se supone que ya lo es, pero en realidad el capital ha secuestrado el concepto invirtiendo el orden de prioridades porque hemos aceptado que ese invento que llamamos dinero regula la libertad de las personas de, por ejemplo, disfrutar un tratamiento contra una enfermedad grave o morirse.

Esto no contradice la libertad de cualquiera para salirse del sistema y apañárselas por sí mismo, siempre que sus acciones no contravengan la libertad de los demás y sus derechos a la vida, la seguridad, la dignidad y el bienestar. La típica figura de quien se refugia en una cabaña del monte con su escopeta y no quiere saber nada ni que vengan a molestarlo sería posible, siempre que no decida salir a pegar tiros a los demás.

Postdata: esos mismos paladines de la “libertad” (sigo entrecomillando porque creo en la libertad de verdad y eso no lo es) suelen esconder la bandera cuando se trata de permitir que personas del Sur global crucen la frontera para venir a labrarse un futuro entre nosotros.


H – Eres optimista, pero no ingenuo. Tanto en Reproducción social como en El futuro que hicimos adviertes de obstáculos que habría que salvar y de comportamientos que tendríamos que cambiar. Sin embargo, ¿crees realmente posible que España, o una República Plurinacional Federal Ibérica, podrían sobrevivir a un bloqueo internacional como el que pronosticas? Por otro lado, mucho de lo que propones, el cooperativismo, el teletrabajo, los espacios compartidos, etc., son, en algunos casos actuales, sinónimo de precariedad. Termina de convencerme de que ese futuro que has soñado es posible, porque quiero creer.



O.E - Pones el dedo en una llaga. Tenemos demasiados ejemplos de cómo cualquier iniciativa política que atente contra los intereses de las oligarquías, nacionales o mundiales, se ve asediada desde el primer momento en todos los flancos. Sería difícil que algo así tuviera éxito en solitario, por eso en “El futuro que hicimos” hablo de una Cooperativa Integral Internacional que, al menos, se da apoyo mutuo en lo económico y lo político. Los intentos de desestabilización financiados desde el exterior, como las “revoluciones naranjas” que han reemplazado a los clásicos golpes de estado estilo Pinochet, con la complicidad de unos medios de comunicación obscenamente controlados por muy pocos dueños que son parte de esa oligarquía, además del boicot económico y la permanente amenaza de la intervención armada, son capaces de tumbar un país y muchas veces provocan un descenso al autoritarismo de líderes carismáticos que luchan por mantener el control frente a una guerra informal permanente, con la población pagando las consecuencias. En la precuela, “Memorias del futuro”, que me costó mucho más escribir que la novela en sí, intento abordar esa cuestión y me permito alguna licencia narrativa que quizá peque de optimista. La clave, quizá, está en que una inmensa mayoría de la población se sienta comprometida con el cambio y pueda resistir ese acoso, al tiempo que sus representantes sepan jugar magistralmente el juego de las relaciones internacionales para obtener dichos apoyos sin traicionar la confianza de sus representados. Es difícil, pero no sería imposible. Tal vez lo más delicado sería contrarrestar la avalancha de manipulación mediática que intentara alienar a una porción importante de la población.

En cuanto a los nuevos modelos de organización laboral y económica, ocurre como con todo. El primer proletariado industrial tuvo que afrontar condiciones de vida horrorosas que dieron a luz, como respuesta, la teoría marxista y las ideologías emancipadoras de la clase obrera. Hoy parece que el empleo industrial que hace doscientos años era un espanto es un oasis de derechos, pero lo es porque la gente luchó porque así fuera y los poderes se vieron obligados a negociar. Parto del supuesto de que las nuevas actividades desarrollarán (ya lo van haciendo) su propia lucha por la dignidad y los derechos.


H – ¿Y qué nos cuentas de Cayetana? ¿Te inspiraste en alguien real para crear el personaje?


O.E - Quise contemplar esa nueva sociedad desde los ojos de quien se siente a disgusto con ella porque me parece el diálogo más interesante desde el punto de vista narrativo. Es una mezcla de personas que he ido conociendo, personalmente o por su perfil público. Puedo simpatizar con su perspectiva porque la he conocido en el mundo real. El nombre, obviamente, es un guiño a la actualidad y el mote de “los cayetanos” o el tema musical “todos mis amigos se llaman Cayetano”. Me divierte hacer esas cosas.


H - Reproducción social ha sido publicado, junto a los otros tres relatos finalistas del Premio Pragma, en la antología Tiempo de utopías (2021, Apache libros). Imagino que a estas alturas ya habrás leído las historias de Isabel Llodrá, Javier Font y Osvaldo Barreto. Cuéntanos, sin necesidad de ser políticamente correcto, qué tienen los otros tres relatos que no tenga el tuyo y viceversa.


O.E - “El arquitecto verde” plantea una discusión muy interesante entre dos ramas utopistas, la del tecnooptimismo y la del ecologismo. La historia en sí me parece algo forzada, pero es eficaz a la hora de contrastar ambas corrientes y muy entretenida.

“El Movimiento Nodo” me parece casi un ensayo con un nivel de conocimiento sobre las redes y la posibilidad de cooptarlas para el bien común del que yo, humildemente, carezco, y no pude evitar pensar paralelamente en el sistema de democracia digital participativa que tuve que inventarme para “El futuro que hicimos”, aunque naturalmente Isabel sabe mucho más que yo y lo desarrolla con un nivel de detalle envidiable.

“Madre robot” me emocionó y su calidad narrativa me pareció extraordinaria, aunque quizá es más distópica de lo que este premio requería no me extraña que le hayan hecho un hueco porque su lectura es una delicia. Yo soy mucho más optimista, seguramente.


H – El futuro que hicimos (Esdrújula Ediciones ,2017) cuenta con una precuela y una secuela aún no publicadas. Es evidente que se trata de un proyecto realmente importante para ti ¿Puedes hablarnos de su génesis y de cuándo podremos disfrutar de esas otras historias que lo complementan? ¿Cómo crees que sentará el paso del tiempo a ese futuro que has soñado? ¿Piensas que la evolución social, política y económica que vivamos en las próximas décadas estará en sintonía con el que has plasmado en tus obras?



O.E - Como decía al principio, del 15M han derivado muchas cosas. La entrada espectacular de Podemos en las europeas de 2014 no habría sido posible sin el mayo de 2011. Fue allí, aquella noche frente al Reina Sofía, gritando “sí se puede” a pleno pulmón, cuando mi cabeza decidió atreverse a soñar con que sí se podía y decidí escribir “El futuro que hicimos”. La deriva posterior de aquello, por más que no haya sido lo que me habría gustado, tampoco me ha hecho renunciar al sueño de la posibilidad.

El proyecto es importante para mí porque me ha dado un motivo para contar algo que quería, ese “sí se puede”. La idea siempre fue que el lector se sumergiera de tal modo en un futuro alternativo que se lo creyera, que no se desalentara y siguiera empujando por sacarlo adelante. Me repito, pero imaginar un mundo mejor es el único modo de intentar caminar hacia él.

Este tipo de visiones suele envejecer mal, sin embargo. Es difícil anticipar los desarrollos tecnológicos que nos aguardan, pero casi imposible prever si la crisis global en la que nos encontramos tendrá un desenlace autoritario y atroz o un resurgir de la genialidad que tenemos como especie para reordenar las prioridades y hacerle frente. La crisis es real y ya está aquí. La respuesta es lo que está en duda.

Me atrevo a pronosticar que habrá un poco de ambas cosas, aunque en la proporción y el grado en que nos afecte estará la clave. He conocido iniciativas en muchos ámbitos que me hacen tener una chispa de esperanza, y tampoco desdeño el puro egoísmo de quienes están al mando como factor de motivación para permitir cierto cambio por el temor a que les salpiquen las consecuencias. Sin embargo, tampoco desdeño el increíble poder de la estupidez y su peligrosa amplificación a través de las redes sociales que tiene hoy en día. No puedo ser concluyente, pero me conformaría con que tan solo algún aspecto de lo que he soñado acabara acercándose a la realidad.



H – En 2018 publicaste Hermanas (Esdrújula Ediciones). La defines como una novela de amor, una historia de maltrato y un viaje de descubrimiento hacia la sexualidad lésbica. ¿De dónde te nació la necesidad de contar algo tan íntimo y diferente?


O.E - El primer borrador de esa novela lo escribí con 23 años. En 1995, las relaciones entre personas del mismo sexo todavía eran algo que estaba saliendo del armario del rechazo social (aún no ha terminado el viaje, aunque es increíble lo mucho que hemos avanzado). La chica con quien estaba por entonces me contó su pasada historia de amor con otra chica y me emocionó tanto la intensidad de sus sentimientos que quise narrar la historia de una mujer que se descubre deseando y amando a otra tras cuarenta años sin habérselo planteado siquiera. También me topé de bruces con la realidad del machismo cotidiano con aquella novia de entonces y su entorno familiar. Yo venía de una familia en la que no se me dieron los privilegios “por defecto” que en la época habría tenido como único chico con cuatro hermanas menores (alguno hubo, pero esos los tuve que ir descubriendo con el tiempo) y chocar con otro mundo en el que los hombres se quedaban pegados a la silla mientras la madre y las tres hermanas se ocupaban de todas las tareas me pareció una marcianada indignante (casi me meto en un lío cuando me levanté a recoger la mesa sin pensarlo la primera vez). También descubrí con espanto que existía el maltrato machista en personas de aquel entorno, y aquello me hizo estallar la cabeza. Había muchas cosas que tenía que contar a través de una historia y, por tanto, cogí el bolígrafo y la escribí.


H – Dicen las malas lenguas que tienes escritas siete novelas más ¿Verán la luz alguna vez? No es fácil encontrar una editorial que apueste por las temáticas que sueles abordar pero, ¿A qué se debe que no hayas optado por la auto-publicación, tan habitual en nuestros días? ¿Estás a favor o en contra?


O.E - Tengo más que siete, porque desde el confinamiento me puse a reescribir mi primera novela larga de fantasía épica y ya voy por la sexta parte. No me he autopublicado hasta ahora porque requiere una cantidad de tiempo, esfuerzo y dedicación que no tengo, y acabar con cajas de libros impresos cogiendo polvo sería lamentable. Tampoco me consideraba lo bastante bueno hasta que Esdrújula me dio la primera oportunidad, casi por casualidad, aunque desde entonces he aprendido a valorarme más. Y, ya que lo mencionas, he probado a hacer una autoimpresión modesta del primer libro de esa novela de fantasía que te comentaba, a ver si obtengo buena respuesta de mis lectores beta y me animo a sacar el tiempo para intentarlo. De todos modos, las editoriales son las profesionales que saben cómo producir un libro con calidad y tienen los canales de distribución y promoción, así que sigue siendo mi apuesta favorita.

Espero que, con dos libros ya publicados y un relato premiado, consiga llamar la atención de alguna de las que apuestan por el género. Pero tengo un lastre, y es que soy incapaz de ser breve (como demuestra la extensión de mis respuestas), lo que me convierte en una apuesta muy arriesgada para cualquier editor en un mercado donde sólo los escritores de renombre vencen el recelo a invertir dinero en un ladrillo de más de quinientas páginas.


H - Háblanos de tus proyectos más inminentes. Dices que te sientes más cómodo escribiendo novelas que relatos. ¿Cambia algo este premio?


O.E - Supongo que no. Como decía, me cuesta ser breve. Sin embargo, “Memorias del futuro” es una colección de relatos más que una novela, así que depende de la extensión que necesite para contar lo que tengo que contar.


H - ¿Algún consejo para quien quiera dedicarse a escribir?


O.E - Es imposible corregirse a uno mismo. Si estás dispuesto a lanzarte a publicar, autopublicar o presentarte a concursos, recomiendo mucho invertir en los servicios de un corrector. Aparte de eso, te deseo suerte.


H - Recomiéndanos un autor o autora. Solo uno/una.


O.E - Ursula K. LeGuin. Una de mis maestras.


H - No dudéis en seguir a este comprometido autor. No nos cabe duda de que nos dará muchas alegrías literarias en el futuro. Los enlaces a sus redes son:




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