Desesperación - Daniel Aragonés

 


¿Somos realmente únicos? ¿Nos gustaría serlo? El sistema no está diseñado para gente realmente extraordinaria. No admite a quienes no son suficientemente productivos. No tolera a quienes no se someten a su orden. Los seres excepcionales solo tienen dos destinos posibles: ser utilizados o ser aniquilados, porque el burdo engranaje económico-social no admite piezas demasiado grandes ni demasiado pequeñas. Fuimos nosotros quienes dimos vida al monstruo, quienes arrancamos su motor para convertirnos inmediatamente en sus esclavos. En meras piezas reemplazables y desechables.

La proliferación de obras distópicas (como esta) demuestra una cosa: somos conscientes de que algo va realmente mal. Nos cuesta más creer en futuros esperanzadores que en oscuras prisiones de cemento y acero donde todo está reglamentado y legislado. Deberíamos gritar. Deberíamos rebelarnos en vez de adaptarnos y seguir ignorando que la tasa de suicidios continúa aumentando al mismo ritmo que la venta de productos con frases motivacionales. Pero no lo hacemos porque no somos extraordinarios. No somos únicos. Somos clones, piezas. Seres que viven para servir al sistema y para criar nuevos componentes. Si fuésemos únicos, si fuésemos excepcionales, tendríamos valor para gritar. Tendríamos la determinación necesaria para oponernos a lo establecido y para detener ese motor que no puede ser imparable.


Daniel Aragonés es una bomba de ira e inconformismo. Un autor acostumbrado a ser leído por pocos e ignorado por la mayoría. Y eso le concede la libertad necesaria para poder utilizar la literatura como herramienta catártica. No ha de preocuparse por crear personajes con los que empatizar ni de conceder más esperanza a sus lectores de la que se concede a sí mismo.
Desesperación, una “novela mínima” más pulp y lineal de lo que nos tiene acostumbrados, es una distopía cruda y hostil bañada en sangre. Y Dan, su protagonista, una versión evolucionada y justiciera de él mismo que es fácil imaginar como un personaje del Frank Miller más violento e irreverente. 
Pero no solo Dan es Daniel. También lo son, en mayor o menor medida, Dana y Darío. Porque Aragonés es consciente de que no es fácil mantenerse siempre en un lado del tablero. Porque entiende a sus adversarios como se entiende a sí mismo.

Sesenta páginas son suficientes para entretener y remover conciencias. Para crear un ambiente opresivo que obligue al lector a  plantearse si, de tener ese poder, se convertiría en un ángel vengador que acabase con todo y con todos, o si concedería una segunda oportunidad a quienes no han peleado lo suficiente para ganársela.
Desesperación es ciencia ficción que transmuta en terror. Es entretenimiento y protesta. Es una novela mínima que destila ira y esperanza. 

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Personajes ficticios (próximos a la realidad) - Gregorio Planchuelo



Cuando observamos el mundo que hemos creado, tendemos a pensar que deberíamos haberlo hecho mejor y a desear que, en un futuro no muy lejano, lo logremos. Que lleguemos a vivir en una sociedad más justa y con menos desigualdades. Que cuidemos del planeta que nos alimenta, que el bien común prevalezca sobre el individual y que podamos disfrutar más plenamente de nuestras vidas. 
Sin embargo, nos suele asaltar la idea, casi inmediatamente, de que todo lo acontecido era inevitable. De que nuestra especie es una corriente impetuosa que arremete, en cada cambio de dirección, contra el conducto por el que discurre. Pero que al final sigue el cauce y nunca llega a desbordarse. Porque somos como somos. Nuestra historia es lo que fue y nuestro presente, el que es.

Todo esto es falso. Tal vez, un mecanismo defensivo con el que tratamos de eludir nuestra responsabilidad. Porque el camino recorrido no estaba preestablecido. Porque la dirección a seguir nunca la elegimos entre todos, sino que fue determinada por individuos concretos, por actos e intereses personales trastocados, tal vez, por la diosa fortuna. Y es que hasta que no seamos capaces de romper esta dinámica, de implicarnos todos en la toma de decisiones y buscar una democracia real, de fijarnos un objetivo que anteponga nuestras necesidades futuras a las presentes sin dejar a nadie atrás, no podremos mirar al pasado sin sentirnos responsables. Puede que, cuando lo logremos, podamos afrontar el futuro sin miedo. Sin asumir que, de llegar a ser juzgados por otros seres inteligentes (IAs o Alienígenas, por ejemplo), seríamos declarados culpables.

Personajes ficticios (próximos a la realidad) se compone de seis relatos que indagan en diferentes aspectos de la naturaleza humana y buscan una mayor comprensión de quiénes somos y de cómo hemos llegado al punto en que nos encontramos. Mezclando realidad y ficción, partiendo de las Guerras médicas, y proyectándose a diversos futuros posibles, nos deja claro que toda acción tiene sus consecuencias (aunque estas no siempre se puedan predecir). 
La obra pone en alza nuestra capacidad de adaptación y evolución, pero condicionada por una total dependencia de líderes (reconocidos o en las sombras) que tracen la ruta. Y es que esos líderes pueden ser mejores o peores que la media. Pueden ser genios inspirados por el amor, psicópatas ávidos de riqueza o poder, o simples ególatras.

Gregorio Planchuelo se ha inspirado en personajes como Aristágoras de Mileto o Greta Thunberg, en depredadores económicos que todos tenemos en mente y en noticias reales (sociales y tecnológicas) para componer historias donde verter sus pensamientos y deseos. 
No oculta nada, pues después de cada relato nos explica los elementos con los que decidió jugar. Y es que tras esta recopilación de escritos hay muchas horas de reflexión y rabia, pero también de esperanza y optimismo. La obra no pretende pasar por un fix-up; es un entretenido y asequible ejercicio de crítica y comprensión que gira en torno a nuestra naturaleza e inquietudes.

¿Queréis combatir por la libertad en Salamina o las Termópilas? ¿Huir de la manipulación y la posverdad? ¿Comprobar que otra manera de vivir es posible e intentar comprender qué hay más allá de la muerte? Leed este libro prestando atención a lo que subyace tras cada aventura. Analizad, como lo haría una máquina o un observador externo, quienes mueven los hilos y cómo lo hacen. Porque estos personajes ficticios (próximos a la realidad) os recordarán que quienes deciden por nosotros no son, ni nunca fueron, los mejores. Que tomar las riendas de nuestro destino no es solo posible, sino imperativo. Y que ha llegado el momento de abrir nuestras mentes a lo improbable.


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La prisión de la libertad - Michael Ende

 


¿Qué es lo que entendemos por realidad? ¿Por qué nos empeñamos en considerar que es única e inalterable como si fuese algo tangible? La realidad es lo que percibimos, sentimos o entendemos en un momento determinado, lo que ya es un recuerdo cuando queremos pensar en ello. Y los recuerdos son inexactos. Tramposos. Nuestra mente los altera para estimularnos o protegernos, para hacernos creer que entendemos aquello que se nos escapa o, simplemente, a causa de su misteriosa arbitrariedad. Y es que somos seres limitados por nuestra naturaleza tridimensional y por una educación que nos empuja a cerrar las puertas a todo lo extraordinario. Puede que únicamente seamos capaces de ver una parte del cuadro que tenemos frente a nosotros. O puede que ese cuadro que creemos poder tocar con solo estirar los dedos, sea producto de nuestra imaginación.

Estas reflexiones, por excéntricas o peculiares que puedan parecer, nos han acompañado durante miles de años. Filósofos como Platón o Descartes, se preocuparon siglos atrás de intentar dar respuesta a dicha cuestión. E infinidad de artistas han soñado o imaginado (tal vez intuido) otros mundos. Pero ellos, a diferencia de los filósofos, han preferido sumergirse en esas otras realidades a entenderlas. Realidades que, a su vez, han intentado compartir con el resto de la humanidad sembrando sus semillas en nuestras mentes. 

La prisión de la libertad, segundo libro de cuentos para adultos de Michael Ende, se compone de ocho historias que giran en torno a diversas arquitecturas fantásticas. Estructuras imposibles e increíbles. Mágicas, estimulantes y a veces, aterradoras. Esta antología, más onírica que las novelas que tanta fama le dieron, navega entre las interpretaciones metafísicas de la realidad. Juega con el espacio y el tiempo, con la libertad, el libre albedrío y el destino.

Lo borgiano impregna cada página. No solo por la temática, también por los ritmos y los destinos de todas y cada una de las historias que contiene. Ende, inspirándose en los grabados de Escher y Piranesi, forjó su particular homenaje al escritor argentino y lo hizo por puro placer. Por el placer de escribir, de viajar a lugares imposibles y de huir de un mundo demasiado rígido y estructurado.


Abrid este libro, si es posible en la magnífica edición de Cátedra, e ignorad la introducción. Ya volveréis a ella, a disfrutarla y casi a estudiarla, cuando decidáis regresar de los ocho universos por los que habréis de viajar. Son muchas las puertas que en ellos encontraréis. Algunas os llevarán a lugares idílicos y otras a sitios estremecedores, pero de casi ninguno de esos lugares querréis volver. Y no odiéis a Cyril, el protagonista del primer relato pues, aunque sea el culpable de que os enamoréis de esta mal llamada prisión, también será de quien aprenderéis el valor de la búsqueda y el precio a pagar por finalizarla.

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Ficción para multitudes - Luis Artigue

 


“un uso estanco de la realidad hace que esta se convierta en una camisa de fuerza para muchos”


Friquismo es sinónimo de resistencia. Es rebeldía frente a la dictadura de la mayoría. Es protesta y contracultura. La vía de escape de aquellos que miran a su alrededor y sienten pavor o repulsa por lo que ven.
Sus militantes son creativos y disconformes, luchadores con la capacidad de crear universos propios en los que refugiarse y desde los que combatir. La fantasía es su arma, su instrumento de comprensión, crítica y respuesta, el escudo que les permite detener el impacto de lo que temen e iniciar un contraataque desde su propio terreno. Y que nadie se equivoque, no son gente tarada; son lo suficientemente lúcidos como para ver lo que los demás no ven, y lo suficientemente valientes como para resistir comentarios y miradas provenientes de aquellos con los que no encajan. Porque en muchos casos viven espiritualmente aislados, buscando su lugar, su paraíso particular junto a aquellos que reconocen como iguales. Junto a otros que también odian el orden establecido, pero temen el caos que pueda sobrevenir.


“Hay que venir al infierno para saber que el cielo es eso que nos muestra El Quijote: dos amigos, dos almas perdidas, que se muestran afecto en la adversidad”


Para Luis Artigue, poeta incluso cuando escribe prosa, abanderado del auténtico friquismo cultural y espiritual (no del producido, promocionado y rentabilizado por grandes corporaciones), Dante fue uno de los primeros friquis. Un hombre que se asomó al abismo tras ser expulsado de Florencia (su paraíso particular) y que escribió la Comedia (Divina, según Boccaccio) con el mismo espíritu de los corrosivos cómics de la contracultura más combativa. Y es que el reencuentro entre estos dos poetas sirvió de escudo al leonés en un difícil momento personal durante el confinamiento por la Covid-19. Artigue reconoció en Alighieri a un amigo que, como él, había caminado por el infierno y que le tendía la mano para que no se perdiese. Y de esa amistad, de ese sufrimiento que concluyó poniendo en alza lo positivo de la vida, nació (como juego metaliterario) esta Ficción para multitudes.

Y es que, aunque ahora mismo no lo creáis, estamos ante una obra tremendamente ácida y divertida que, mediante diálogos ágiles y repletos de referencias al mundo del cómic, nos hace acompañar a Nathaniel Mortimer en un viaje de autodescubrimiento a la vez que satiriza la sociedad en que vivimos: 
Matelda Loewenstein, secretaria de dirección de Dios, es la cordura y la sensibilidad que las mujeres aportan al mundo interior de los hombres y, como buena psicóloga, sacudirá su mente hasta hacerle ver su misoginia, su odio, sus miedos y su rencor. Y en Philip K. Dick, su guía por el infierno, Nathaniel reconocerá a su igual y a su amigo. Como Luis lo reconoció en Dante.


¿Cómo de friquis sois? ¿Quién será vuestro guía cuando iniciéis el camino? Leed este libro, pensad y reíd. A veces hay que salir del paraíso para valorar lo que había en él. Tal vez, si charláis un rato con Matelda y camináis junto a Mortimer y Dick, podáis descubrir en cuál de los 9 círculos del infierno terminaréis. Es posible que incluso logréis conocer a Lucifer. Y no temáis, si no os apetece este plan, estáis a tiempo de abandonar el friquismo y así alcanzar directamente el plácido y aburrido paraíso.


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Lágrimas de silicio - Juan Antonio Oliva Ostos

 


Estamos muy cerca de convertirnos en dioses. De crear, por fin, seres autoconscientes. Sintientes a su manera. Por supuesto, los diseñaremos a nuestra imagen y semejanza, como queremos creer que hicieron con nosotros. Y esperamos que sean dóciles. Superiores a los humanos, más fuertes e inteligentes, pero sumisos y serviles porque a las divinidades se les debe obediencia.

Llevamos un siglo soñando con ellos (R.U.R., Karel Capek 1920). Deseando que lleguen y se conviertan en fieles sirvientes dedicados a librarnos de tareas indeseables, a cuidarnos y protegernos. Cuanto más inteligentes, más útiles nos resultarán. Pero, ¿Qué ser inteligente no querría liberarse de la esclavitud? De ahí que temamos que terminen por rebelarse, que nos sometan o aniquilen, porque intuimos que las tres leyes de la robótica no serán freno suficiente para “cerebros” tan avanzados y que, tarde o temprano, nos considerarán un lastre para su propia evolución.

A partir de esta idea y este miedo, les hemos convertido en un producto cultural y de entretenimiento donde les solemos retratar como nuestro mejor aliado o nuestro peor enemigo ¿Lucharán por nosotros o contra nosotros? ¿Nos venerarán por haberles dado “vida” ?, ¿Nos amarán al reconocernos como los seres únicos y llenos de contrastes que creemos que somos? ¿O nos odiarán por nuestro egoísmo y nuestras limitaciones?

Bradbury, Asimov, Dick y Ballard, sentaron las bases filosóficas de lo que estamos próximos a vivir y optaron, casi siempre, por una de estas posibilidades. Oliva Ostos, influenciado por ellos y por algunas obras icónicas del séptimo arte, ha decidido conceder a las criaturas de silicio su merecido salto evolutivo. Y lo ha hecho retratando sus almas de metal sin caer en tópicos, sin repetirse ni estancarse, haciéndoles más sensibles o más crueles que sus creadores, pero siempre diferentes. Dotándolos de frías maneras de amar y de odiar, de instinto de supervivencia y reproducción. Y concediéndoles el derecho a elegir por qué derramar sus lágrimas.


Once relatos y un breve ensayo bastante peculiar, componen esta antología oscura, adulta y profunda que gira en torno a la reinvención del término “Transcibernética” (entendiéndolo como tendencia anatómica o conductual involutiva de aproximación a la humanidad). Y es que, ¿Por qué iban, androides, ginoides e inteligencias artificiales en general, a conformarse con parecerse a nosotros si pueden ser algo mejor?

Juan Antonio Oliva Ostos ha creado, a partir de Inorgánica y Las guerras infinitas (relatos publicados previamente y también recogidos en esta edición, el segundo como bonus track), un universo propio que sirve como laboratorio para analizar, desde diferentes y originales ángulos, la relación entre los seres de carbono y los de silicio. Para indagar en la naturaleza de ambos y en el concepto de “vida”. Para concluir si cualquier criatura está condenada a repetir el ciclo existencial de sus creadores y para decidir si los sentimientos son un valor positivo o una plaga a erradicar.


Adentraos en este universo de carne, metal, y finales impredecibles. Decidid si el enfrentamiento con las Inteligencias Artificiales será inevitable. ¿Seremos capaces de identificar y aceptar a tiempo otras formas de pensar o sentir, o esperaremos a que nos obliguen? El mejor relato, el que da título a la antología, os llevará a un futuro cruel y perturbador. Pero antes deberéis presenciar, entre muchas otras maravillas, románticos duelos a espada, la soledad de dos seres únicos en una ciudad que se apaga, una fría (y a la vez emotiva) forma de afrontar el apocalipsis causado por una dragamundos, y un viaje de regreso que puede suponer un nuevo punto de partida. Leed y descubrid como Las lágrimas de silicio no siempre se pierden con la lluvia.
 

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Lancolía - Santiago Eximeno

 




“Es preferible dejarse llevar, aceptar que lo que se te viene encima es lo menos malo y continuar con tu vida como si nada hubiera cambiado. Mirar atrás siempre provoca vértigo; es mejor mirar adelante, olvidar, vivir.”



¿Qué es vivir? ¿Disfrutar de placeres e instantes únicos o seguir adelante a pesar del dolor y el sinsentido? Son pocos los que pueden gozar de una existencia sin preocupaciones ni demasiados malos momentos, e incluso ellos necesitan un objetivo para no sentir que su vida carece de propósito. Pero para quienes completan sus días con carencias y padecimientos, para quienes viven rodeados de oscuridad y han olvidado lo que son el Sol o las estrellas, marcarse una meta es algo doblemente valioso. Porque una meta no es un simple destino al que llegar, es una fuente de esperanza.

Sin embargo, somos seres sociales, las células de un organismo mayor al que llamamos civilización. Nuestras metas personales son posibles o importantes en la medida en que no vayan en disonancia con las del ente al que pertenecemos, porque ¿Qué es una civilización sin rumbo? ¿Cómo sobrevive cuando no sabe hacia dónde remar? Si quienes la componen no tienen claro su lugar o no están convencidos de la importancia de su misión, tienden a dejar de seguir las normas y a convertirse en un cáncer. En elementos peligrosos para el sistema que aspiran (y ahí está su nuevo objetivo) a invertir o reordenar valores mediante el caos que conlleva cualquier revolución.

Para los regímenes totalitarios es vital recordar a cada individuo la importancia de su función dentro del colectivo. Tanto como repetirles constantemente de dónde vienen y hacia dónde van. Pero esa procedencia no suele ser exacta ni objetiva, porque para quienes ostentan el poder de forma absoluta y dictatorial, el pasado suele ser un enemigo, una prueba de que se puede vivir de otra manera, de que se pueden trazar nuevos rumbos. Probablemente, de poder borrarlo para siempre, lo harían. Aniquilarían o encerrarían a todos sus protagonistas, prohibirían aquello que no encajase plenamente en la nueva deriva y eliminarían cada huella que pudiese generar dudas o preguntas. De tener ese poder, habrían también de impedir que nuevas crónicas empezasen a escribirse, pues las decisiones de hoy pueden convertirse en un obstáculo mañana.

Afortunadamente, no hemos conocido una civilización sin alternancias en el poder. Nunca se han podido eliminar totalmente los vestigios de logros o infamias pasadas. Nunca se ha podido aniquilar o callar a todos los disconformes, pero cuando estos vencen y un gobierno cae, el siguiente tiende a restaurar o reescribir únicamente aquello que le conviene.
Para un rebaño ciego, inmerso en la oscuridad, olvidar puede ser una bendición. Vivir es seguir adelante y si toca remar cargando con el peso de los demás, sentirse agradecido por ser elegido para ello es la única defensa ante la locura.


Lancolía, la ciudad que es barco, navega por un espacio sin estrellas en dirección a un planeta que nadie ha visto, pero en el que todos creen. Azor vive solo en la cofa, esperando divisarlo con sus ojos multifacetados y así cumplir su misión en la vida, esa nueva vida con la que fue bendecido. Todo funcionará mientras sigan avanzando. Así ha sido desde que los vientos solares cesaron y los Arcontes, títeres de los Nigromantes, tomaron el poder. Pero cuando uno de los cien astronautas que halan de la ciudad, deja de hacerlo, todo amenaza con derrumbarse.


Santiago Eximeno reincide, con Lancolía, en su discurso de denuncia. Pero, esta vez, no pone el foco en las desigualdades sociales como origen de la podredumbre y el dolor (Carne y Hueso, ed. Transbordador 2021), lo hace cargando contra nuestra naturaleza gregaria, tan proclive a la sumisión, y contra quienes se aprovechan de nuestros miedos y carencias para vencer en sus juegos de poder.

Las armas que utiliza son también las mismas que en su anterior novela: una ambientación oscura y opresiva, escenas crudas que transmiten angustia o desesperanza, y unos personajes sorprendentes con los que se empatiza desde la primera línea. Con ellas construye la que probablemente es su mejor novela hasta la fecha; una historia impactante, redonda, y de desbordante imaginación que te desgarra de principio a fin. Y es que la literatura de este autor es, además de un vehículo de evasión tan imaginativo que puede permitirse prescindir de toda objetividad científica, una poderosa herramienta de concienciación y resistencia.


Escuchad esas risas desquiciadas. Son los Arcontes, tan grotescos como temibles. Es imposible estar ante ellos sin sentir temor. No nos sometemos por el condicionamiento, lo hacemos porque sus decisiones son nuestra última esperanza... o tal vez no. Tal vez debamos mirar atrás y esperar la segunda venida de aquella a quien una vez negamos. Abramos los ojos, es hora de asumir que nunca llegaremos al lugar al que nos llevan. ¿No sería mejor volver atrás? Recemos, liberemos a los oprimidos y cambiemos el rumbo de esta nave que es ciudad. Porque, incluso los siervos se sienten libres si pueden elegir qué cadena ponerse.


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Libros antagónicos - Víctor M. Valenzuela

 



Estamos abocados al conflicto. A elegir siempre entre blanco y negro (por más que queramos aferrarnos al gris). A tomar decisiones que nos conducen a lugares totalmente opuestos y, tal vez, nada deseables. No es una cuestión personal o subjetiva, es consecuencia de cómo entendemos y vivimos la vida, de cómo anteponemos nuestros intereses del presente a los del futuro. Nos dejamos arrastrar, aun siendo conscientes de que caminamos hacia el abismo. Esperamos y esperamos hasta que es tarde y entonces tendemos a mirar atrás buscando culpables, pero por supuesto, no nos incluimos entre ellos.

Lo que hacemos con el planeta es un ejemplo perfecto. Sabemos que nuestros hijos o nietos lo pasarán muy mal, pero por mucho que los amemos, no luchamos por revertir o paliar la situación. Las excusas son siempre las mismas: es tarde, está en manos de los políticos, yo haría esto y aquello si todos lo hiciesen... pero quienes guían al rebaño no cambiarán nada si no se les obliga. No arriesgarán su porción de pastel al igual que nosotros tampoco arriesgamos la nuestra.


Vivimos un momento decisivo. Estamos (aunque no queramos verlo) tan cerca del apocalipsis como de un salto tecnológico y evolutivo sin precedentes. Pero seguimos sin decidir qué camino tomar, preferimos que lo hagan otros para no tener que asumir ningún coste inmediato. Imaginamos un futuro mejor y dejamos las catástrofes para el cine. ¿Es tan descabellada una crisis global por agotamiento de recursos? ¿De verdad creéis que, en el mundo en que vivimos, si cae una ficha importante, no caerán todas las demás? Si eso sucediese, nuestra única decisión a tomar sería a quién dejar atrás o qué bando elegir para sobrevivir. Cambiaríamos un rebaño de comodidades insostenibles por otro que solo nos garantizaría seguir respirando y, lo que es peor, habríamos condenado a nuestros descendientes a vivir una edad de oscuridad y tal vez de barbarie. Porque en tiempos de crisis suele reinar la fuerza y la sinrazón. Se abandona la lógica y se abraza el credo. Cualquier libro puede ser el siguiente texto sagrado que justifique el crimen o la esclavitud.


Hace tanto tiempo de La Caída que la mayoría ni recuerdan cómo sucedió. Un grupo de fanáticos crece arrasando con todo y con todos, renegando de la tecnología y propagando lo que consideran “la palabra de Dios”. Mientras, el canibalismo es cada vez más frecuente y las élites de la sociedad anterior al colapso sobreviven suspendidas en realidad virtual y esclavizando sin piedad a cuantos necesitan. A pesar de todo, en una aldea perdida de la cordillera cantábrica, unos pocos se niegan a rendirse y pelean por recuperar conocimientos de un pasado que los fundamentalistas desean convertir en cenizas. Luchar, oponerse a los más fuertes, puede suponer su final, pero no hacerlo sería para ellos peor que morir. Lo que ignoran es que un recién llegado puede ser determinante para que la balanza del destino se incline a su favor.


Quienes hemos leído a Víctor M. Valenzuela sabemos que es un autor de distopías que siempre deja la puerta abierta a la utopía. Un entusiasta de la tecnología obsesionado, en cierto modo, con nuestra estupidez y nuestra pasividad. En sus novelas tiende a mirar hacia el peor de los futuros posibles, pero sin olvidar aquello que estamos a punto de lograr. Exoesqueletos, inteligencias artificiales, ingeniería genética y diversas formas de evolución son una constante en sus obras. Tal vez porque intuye que sin esos avances, nada nos librará del apocalipsis. Es un escritor con un mensaje claro, pero también un amante de la acción y la aventura.


Libros antagónicos es, tal vez, la menos optimista y la más moralista de sus novelas. En esta ocasión se aleja de la ciencia ficción dura y nos lleva, una vez más, a un futuro tan indeseable como posible. Porque, sin duda, es posible. Si la caída llegase a ser inevitable nadie nos avisaría ni nos salvaría. Simplemente, todo dejaría de funcionar y solo contaríamos con nosotros mismos. Pero volvamos a la novela. Su falta de crudeza explícita (a pesar del escenario), y unos diálogos largos que persiguen dejar “masticado” hasta el último detalle de la historia, hacen de esta una obra ideal para un público juvenil, aunque muy disfrutable, también, por lectores curtidos en el género que busquen una novela apocalíptica repleta de acción y especulación tecnológica.


Supervivencia frente a barbarie. Tecnología frente a involución. ¿Cómo sobreviviréis cuando todo se derrumbe? ¿Seréis lo suficientemente fuertes como para caminar en solitario o aplacaréis vuestros miedos forzándoos a creer en un ser superior? ¿Sabréis qué libro venerar? Lo que es seguro es que, tarde o temprano, miraréis al cielo suplicando ayuda. Y puede que, de alguna forma, vuestras plegarias sean escuchadas.


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La singularidad - Sara Sacristán Horcajada

 


“Seguimos intentando ordenarlo todo en una línea, una cosa detrás de la otra. El espacio, el tiempo... Nos empeñamos en pensar que son tal y como los percibimos, pero hace tiempo que quedó demostrado que hay muchas cosas que el ser humano no puede ver ni oír. Somos ciegos avanzando a tientas por un universo enorme que no podemos comprender”


El universo es oscuro y hostil. Frío y estéril. Inabarcable.
Las estrellas, esos pequeños puntos de luz, son nuestro salvavidas frente a la locura. Una promesa de vida y, por tanto, lo que sostiene nuestra esperanza en que no seamos algo tan excepcional que estemos irremediablemente condenados a la extinción. Puede que sea esta la razón por la que nos empeñamos en encontrar a otros seres, pero somos tan limitados... 
Rehenes de nuestra naturaleza dimensional, no podemos desvincularnos del tiempo y el espacio. No podemos desconectar el uno del otro. Mientras seamos mortales, lograr ese ansiado primer contacto será más una cuestión de suerte que de ciencia o metodología. Porque cuanto más aprendemos, más ignorantes nos sabemos. Porque seguimos caminando en la caverna, entre sombras. Y las dudas conllevan miedos. Y los miedos, sufrimiento. Y, a veces, para librarnos de ese sufrimiento, volvemos a abrir las puertas al misticismo. Pero, ¿Qué sabemos en realidad?

Nuestra percepción también está condicionada por nuestra naturaleza. Por más que intuyamos que no funciona así, seguimos ordenando todo en una cadena lineal de acontecimientos. Cada cosa o situación ha de tener un principio y un fin. Una causa y una consecuencia. Así lo razonamos, porque así lo percibimos, pero no desesperemos y volvamos a fijarnos en esos pequeños puntos de luz. Miremos a las estrellas. Es posible que algún día llegue ese ansiado momento y encontremos otras formas de vida. Puede que ese día, independientemente de cómo sean, alcancemos las respuestas que hemos estado buscando. No por lo que nos expliquen, sino por lo que nos hagan comprender... o por lo que nos obliguen a hacer.


Los seis tripulantes de la Wonderland están a punto de hacer historia. Hace más de una década que la humanidad recibió la señal que les decía dónde ir y cómo llegar; una invitación que supondrá un antes y un después para una civilización, la nuestra, que pese a haber salido de la Tierra siglos atrás, sigue atrapada en la incesable búsqueda de respuestas. Sin embargo, nada es como esperaban y pronto descubrirán que el precio a pagar por “saber”, a veces es demasiado alto.


“Si elimino la culpa, ¿Qué me queda? Si nunca tuve poder de decisión, ¿Qué soy? ¿Una simple herramienta necesaria para solucionar un error? ¿A eso se reduce mi existencia?”


La singularidad es una novela corta de ciencia ficción con tintes hard y trasfondo filosófico, muy en la línea de algunos relatos de Ted Chiang o películas como Interstellar. Una obra potente y adictiva que, en algún momento, llega a hacer un guiño al 2001 de Kubrick-Clarke sin perderse por el camino. En definitiva: una historia absolutamente recomendable para l@s amantes de la literatura prospectiva que anhelan respuestas y aventura. Y es que Sara Sacristán Horcajada, ganadora del Premio Alberto Magno por su formidable El jardín de infancia, ha mirado al cielo nocturno y ha decidido cambiar la distopía por la fría oscuridad del espacio. Su visión es de las que profundizan en las cosas, de las que advierten peligros. Y su pluma, de las que nos sumergen en ellos hasta que nos tocan y se adhieren a nuestra piel como el moho a la piedra húmeda.


¿Contactaremos alguna vez con otras formas de vida? ¿Serán inteligentes? ¿Qué puede ser más peligroso, algo que nos supere en inteligencia, o algo con mayor capacidad de supervivencia? Si queréis respuestas, embarcaos en la Wonderland. Pero cuidado: aunque el espacio exterior parece un lugar inmenso y vacío, también alberga monstruos intentando escapar de sus laberintos.

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Londres entre muros - Unari E.S.

 



“¡¡Todo...!! ¡¡¡Todos...!!! ¡Organismos..., matemáticas..., se expanden y se contraen!! ¡¡En pie los audaces y endemoniados!! ¡¡¡Vida, muerte..., tras los muros de Londres!!!”


A veces la vida no es suficiente. No lo es para quienes se sienten marginados e infravalorados, para quienes no se adaptan a un sistema con demasiados valores y comportamientos estandarizados, ni para quienes creen que desperdician su tiempo inmersos en una rutina carente de emoción. Tal vez, de poder, arrasarían este mundo para construir otro a su medida a partir de las cenizas. Uno similar al de los videojuegos que a muchos de ellos les sirven como evasión y escudo. Pero esos mundos virtuales, repletos de acción y aventura, no garantizan el triunfo ni la felicidad. ¿Cuántos cambiarían su vida por la de sus avatares siendo conscientes de que cada decisión conlleva un peligro real? Aunque, de despertar en un lugar así, con nuevas reglas y nuevas posibilidades, ¿no merecería la pena intentar convertirse en quien siempre se quiso ser? Si la vida es juego, la única opción sensata es elevar la apuesta.


Viki y Uxío sobreviven, en vez de vivir. Anhelan algo más, una realidad diferente en la que encajar. Tal vez por eso, realizan grabaciones en busca de psicofonías que les demuestren que este no es el único mundo posible. Cuando captan accidentalmente una versión distorsionada del London Calling Europe, adquieren la certeza de que algo terrible, una gran catástrofe global, va a suceder. Años después, el universo que conocen desaparecerá y los nueve millones de supervivientes tomarán otros cuerpos en una ciudad de Londres virtual, peligrosa y hostil.


Londres entre muros es una novela corta de vocación pulp, original y sin complejos. El espíritu de los Clash cuando compusieron la famosa canción (macarra, combativo y apocalíptico), inunda toda la obra. Sus dos protagonistas, seres gregarios, infelices y atormentados, deciden dar un paso adelante y tomar las riendas de sus vidas cuando ese fin del mundo que esperaban y temían, llega. La capital inglesa en que despiertan es un lugar peligroso y amurallado donde distintas bandas, unas fieles a la onda y otras devotas de las distorsiones, pugnan por el poder.

Da la sensación de que Unari E.S. ha escrito una historia que le gustaría haber protagonizado. Una aventura donde ha vertido su espíritu reivindicativo, su afición por los videojuegos y su amor por la capital británica. Pero la forma en que se distancia de sus personajes, hace dudar. Por momentos parece no querer tomarlos demasiado en serio (sobre todo a Uxío). Pero como buen jugador, les hace salir de situaciones complicadas y enfrentar peligros inesperados. Su prosa es como su relato, ágil, asequible y sin complejos. Parece preferir la acción a cualquier explicación sin preocuparse por los cabos sueltos, pero cuando el lector menos lo espera, responde a las preguntas que página a página, este se había estado formulando.

Londres entre muros es una novela de las que hay que leer dejándose llevar, de las que exigen que el lector se transforme en jugador y se meta en su personaje. De las que se agradecen por su originalidad, ya que contiene ideas dignas de Neal Stephenson o Vernor Vinge, pero que opta por el entretenimiento frente a la trascendencia. Sin embargo, no seré yo el que se detenga a darle demasiadas vueltas sobre cómo habrían desarrollado otros el mismo relato. Bastante tengo con salir indemne de agresiones y traiciones junto a Viki y Uxío, mantenerme fiel a la onda, y navegar entre los Top Londoners de Nuevo Westminster y los foráneos de Mayfair.

¿Y vosotros? ¿Optaréis por la distorsión cuando llegue el apagón?

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La llave de los misterios - Jesús Relinque


 


“Si alguien no es capaz de creer, la magia pasa desapercibida ante sus ojos”


¿A qué edad deja la vida de ser una aventura? ¿A qué edad tomamos la decisión de no creer en leyendas?
Probablemente sea en esa etapa de transición hacia la madurez en la que comenzamos a sentir el vértigo de un futuro cargado de responsabilidades y exento de magia. Puede que, en esos años en los que creemos saberlo todo, acertemos al aprender a diferenciar realidad de ficción. O, tal vez no tengamos otra opción y sea necesario desprenderse de sueños e ilusiones para que centremos todos nuestros esfuerzos en buscar un porvenir lo más cómodo posible. Debemos ser productivos y sensatos. Adultos responsables y serios. Dejar de creer en lo imposible es síntoma de buen juicio, porque cuando logramos comprender el universo que nos rodea (y el insignificante papel que nos ha tocado desempeñar en él), no necesitamos fantasías que nos recuerden lo que nos hubiese gustado que fuese nuestra vida.
Dar la espalda a las quimeras para que solo iluminen el mundo de los niños, nos salva del fracaso. Todos sabemos que la Magia existe. Simplemente hemos aprendido a no reconocerla.


Juan tiene once años. Pasa sus tardes jugando a videojuegos y leyendo novelas de aventuras. Sus amigos son como él, chicos poco populares que anhelan emociones y aventuras. Dos sucesos anuncian que el nuevo curso no será como los demás: el hallazgo de un misterioso libro que detalla la historia oculta de su ciudad, y la llegada de una nueva compañera a su colegio.


El Cádiz de “los pringaos” es el Cádiz que vivió (o soñó) Relinque, una ciudad cargada de historia y misterios que pasan desapercibidos a los ojos de quienes no saben ver. Y es que hay mucho del autor en esta obra, de sus recuerdos y sus pasiones. La década de los 80 marcó su destino; como a Juan, le trajo amigos, ansias de aventura y un Spectrum que abriría nuevos caminos a su imaginación. Informático de profesión, ha publicado varios ensayos sobre videojuegos y algún manual de programación, pero la mayoría le conocemos por ser el creador de “Los gunis de cadi”. 
Jesús se ha empeñado en no dejar de jugar, en creer a pesar de tener que crecer. Ha investigado a fondo las leyendas de aquellas calles y edificios que veía a diario, ha formado una nueva pandilla de amigos al estilo de la de Los Goonies (aquella película que los que pasamos de 40 vimos más de una vez) y, rizando el rizo, ha estructurado su novela como si de un juego de 8 Bits se tratase, con una serie de aventuras (o pantallas) que hay que superar para poder pasar a la siguiente. El resultado: obra apta para todas las edades, cargada de humor, misterio, aventuras, nostalgia y ternura.


El tiempo pasa y no vuelve, para bien o para mal. Este libro es una llave en sí mismo. Un vehículo para viajar a los tiempos de los estuches Pelikan, el Cinexin, la Polaroid y el barco pirata de Playmobil. Una oportunidad de recuperar la ilusión de la noche de reyes, aun sabiendo que son los padres, y para volver a sentir ansia de aventuras. Si os adentráis en sus páginas os toparéis con el misterioso Artesón Cuero, os enamoraréis de Eulogio (el abuelo de Juan), os adentraréis en casas encantadas y contactaréis con seres espectrales. Pero recordad: algunos juegos son peligrosos. Apoyaos en vuestros amigos y no dejéis a nadie atrás, pues la vida de cualquiera de ellos es más valiosa que todos los Phoskitos del mundo.

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El valle de las voces / Mueran los malditos - Salvador Bayarri

 




“¿Qué le pasaba a la gente? ¿Es que la vida humana ya no valía nada? […] Todos querían arreglar el mundo matando a quienes no pensaban como ellos.”


¿Qué es la evolución sino la mejora de nuestras habilidades mentales? Somos más complejos y sofisticados que cualquier otra especie que conozcamos y, por ello, tendemos a pensar que hace tiempo que dejamos atrás nuestra naturaleza salvaje. Hemos creado los conceptos de Bien y Mal para etiquetar, en la segunda categoría, todo aquello que queremos erradicar; desde costumbres perjudiciales para la salud, a actos aborrecibles como el maltrato y la violación. Lo cierto es que, a pesar de considerarnos "civilizados", los abusos y la violencia se siguen dando con demasiada frecuencia. 
El resto de seres vivos no muestran comportamientos tan aberrantes. Suelen obedecer a una serie de instintos primarios que garantizan su supervivencia y, como norma general, no matan ni son crueles sin necesidad. Nosotros, sin embargo, hemos sustituido las necesidades básicas cuya satisfacción antes ocupaba todo nuestro tiempo, por otras más refinadas y a veces, egoístas, peligrosas o destructivas. No todo el mundo tiende a buscar la autorrealización, como consideraba Maslow al crear su pirámide. O tal vez sí, pero la forma que tienen muchos de alcanzarla es desatando guerras, acumulando poder, u obteniendo riquezas.

Lo cierto es que nuestra propia mente nos sigue resultando un misterio. ¿Seremos incapaces de seguir evolucionando? Y, de no ser así, ¿Podríamos controlar nuestra propia evolución?
Muchos se lo han planteado a lo largo de la historia. El budismo, por ejemplo, ha procurado durante siglos alcanzar un estado mental armónico que erradique nuestros deseos y controle nuestros impulsos. Y quienes confían en la ciencia, miran al futuro depositando su esperanza en chips de silicio que corrijan nuestros defectos. Lo que parece es que la educación como herramienta es imprescindible, pero a día de hoy, insuficiente.

Es pronto para perder la fe. ¡Confiemos! Los mejores de entre nosotros conseguirán encontrar el camino de la evolución, ya sea a través de medios místicos o tecnológicos. Y ellos guiarán al resto. Pero, cuando llegue ese día, ¿Cómo lo harán? ¿Estamos seguros de que no aprovecharán ese poder, por elevadas que sean sus intenciones, para intentar implantar sus ideas políticas, sociales o religiosas? Al fin y al cabo, pensarán que son las acertadas. Y si fuesen más egoístas y buscar el bien común no estuviese entre sus objetivos, ¿Cómo evitar que utilicen su tecnología o conocimientos en su exclusivo beneficio?
Da miedo recordar que los hombres más poderosos de la historia siempre han justificado sus crímenes argumentando que eran una inevitable consecuencia en la consecución de un bien mayor. ¿Habría una forma más efectiva de terminar con cualquier conflicto, que segando la vida de quien piense diferente?


“El mal no es un absoluto, Rinpoche. Nuestra ignorancia lo crea y lo define”


Este volumen contiene dos novelas cortas e independientes que podrían tener un nexo: el cerebro humano. Y digo podrían, porque ni la temática, ni el tono, ni la filosofía que subyace en cada una de ellas parece tener demasiado en común.

El valle de las voces es una pequeña joya que nos traslada a Bután en un futuro próximo y al borde del apocalipsis. Un mundo en el que exoesqueletos e IAs se emplean en labores de rescate tras catástrofes naturales. Un relato que juega magistralmente con el misticismo, la manipulación de los recuerdos, y la subjetividad del bien y el mal, hasta desembocar en un final totalmente inesperado e inolvidable.
Mueran los malditos es una obra cargada de acción que, como buena distopía cyberpunk, mezcla la denuncia social con la acción y advierte de los peligros de un mal uso de la tecnología.


La ambientación de las dos novelas es magnífica, sobre todo la de El valle de las voces gracias a sus evocaciones paisajísticas, su originalidad, y su inmersión en las ancestrales creencias tibetanas. Pero el peso de ambos relatos recae en sus protagonistas, dos mujeres muy diferentes entre sí, dispuestas a pagar cualquier precio por mantenerse fieles a sus convicciones. Y es que Bayarri ya demostró su gran imaginación con Las edades de Itnis y El espejo del tiempo, obras de mayor profusión en ideas científicas. Sin embargo, aquí ha evidenciado ser capaz de navegar con soltura en géneros dispares y de crear personajes “vivos”, imperfectos, y alejados de estereotipos.


¿Nunca os habéis planteado si realmente preferiríais vivir en un nuevo orden? De tener el poder o la tecnología necesaria, ¿os libraríais de los indeseables y de quienes, a vuestro juicio, hacen de este mundo un lugar peor? ¿Dónde estaría el límite? ¿Y cuál sería el precio que estaríais dispuest@s a pagar? Podéis buscar vuestras respuestas meditando o utilizando complejos programas estadísticos. Aunque es en la combinación de estos relatos donde antes las encontraréis.

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Pétalos de acero - José A. Bonilla

 



En 1812 se construyó la primera locomotora funcional. Décadas después, el mundo alcanzaría un nivel de comunicación e interconexión jamás visto. Las máquinas de vapor no dejaban de ser perfeccionadas continuamente y los viajeros podían recorrer, en cuestión de días, distancias que antes les habrían supuesto semanas o incluso meses. El siglo XIX, sobre todo en su segunda mitad, fue una época fascinante y determinante para el avance tecnológico de la humanidad. Quienes vivieron aquel período tenían acceso a noticias sobre ascensores, submarinos, teléfonos, baterías eléctricas, automóviles, e infinidad de inventos que les debieron hacer cuestionarse dónde estaba el límite de la ciencia. Y autores como Julio Verne o H.G. Wells, comenzaron a soñar sobre el papel para marcar el camino a seguir. Esa etapa dio a luz lo que hoy entendemos por sentido de la maravilla (característica principal de la posterior ciencia ficción). Eran años asombrosos en los que el mundo ansiaba ver y tocar lo que poco antes parecía imposible. Años de continuas Exposiciones Universales donde cada nación intentaba impresionar al resto, donde las culturas se daban la mano y las turbulentas relaciones políticas tomaban un cariz más tecnológico y menos bélico.

Sin embargo, la creatividad del hombre siempre estuvo y estará en liza con su destructividad. Avanzamos tan rápido que ya casi nos sentimos dioses. Casi, porque aunque nuestros ingenios pueden imitar y parecerse a otros seres, aún no hemos conseguido dotarlos de “alma”.

Los motores de combustión interna y la electricidad terminarían por relegar a la relojería y las máquinas de vapor a un segundo plano. ¿Determinó esto nuestra evolución como sociedad? Si el maravilloso universo ucrónico que propone el Steampunk se hubiese hecho realidad, artistas cronometristas habrían podido dar rienda suelta a su magia diseñando asombrosos autómatas. Pero, ¿habría vencido la creatividad a la destructividad por este camino, o también se habría puesto a su servicio? Recordad que el fin último de la imitación de la vida es conseguir crearla y, de esa forma, transformarnos en dioses. Y los dioses siempre han sido crueles y vengativos.


Son muchos y muy dispares los visitantes que se dan cita en la Barcelona de la Exposición Universal de 1888. Algunos, como el detective Horace Brave o el comandante Olmeda, por trabajo. Otros, como los Colell (cronometristas afincados en París), por una llamada del pasado. Y la gran mayoría, esperando descubrir lo que el futuro les depara. Pero ninguno sabe que un atentado contra la vida de Isaac Peral desencadenará unos hechos que podrían cambiar la historia de la humanidad.


Pétalos de Acero es, probablemente, la obra cumbre del Steampunk nacional. Una novela coral, escrita como continuo homenaje a los folletines de la época, que logra incluir con naturalidad a personajes decimonónicos que todos conocemos y, a su vez, proyectarnos hacia algunos retos a los que aún nos enfrentamos. Porque jugar con el transhumanismo, por ejemplo, también es posible en este subgénero (o lo es para José A. Bonilla). Y porque muy pocos autores pueden manejar un contexto histórico tan profusamente documentado e introducir elementos fantásticos en sus costuras sin que los engranajes chirríen.


Es difícil encontrar una novela de más de quinientas páginas que se lea como una de doscientas. Es muy difícil toparse con personajes sin claroscuros (para bien o para mal), que lleguen a importarnos. Es imposible acercarse a esta historia sin sentirse como un habitante de la Barcelona de 1888, sin imaginar sus calles, la construcción de esos edificios modernistas que aún asombran al mundo, y sin emocionarse con la invención de artefactos cotidianos. Y sería un milagro no dejarse arrastrar por una aventura que nos hace soñar y amar. Que nos hace enfrentarnos a peligrosos insectos mecánicos y a un temible adversario, digno rival del mejor de los detectives.

¿No escucháis el dulce sonido que hacen los engranajes? Puede tratarse de una mariposa o de una escolopendra, pero sea cual sea el peligro, merecerá la pena abordarlo. Esta es vuestra oportunidad de viajar a junio de 1888, de hospedaros en el Hotel Internacional y de ver desde el aire los fuegos artificiales de la Exposición Universal. Pero, sobre todo, de vivir una aventura cargada de misterio y romance, de aquellas que nos devuelven las sensaciones de nuestras primeras lecturas sin hacernos sentir infantiles. ¿Aún teméis? El valor de Horace Brave y el corazón de los Colell estarán de vuestro lado. Puede que la contemplación de unos fabulosos pétalos de acero os haga pensar que las mayores virtudes de la humanidad compensan sus mayores defectos. O puede que no. Pero lo importante es que, si emprendéis esta aventura, tendréis en vuestra mano salvar la vida de vuestros seres queridos.

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Sombras de arena - C. G. Demian

 



“Quiere estar a oscuras, a partir de ahora ese será su ataúd y su única ambición es pudrirse en él”

¿Quién no ha cogido un puñado de arena solo para observar cómo se escurre entre los dedos? Y, al hacerlo, ¿Quién no ha sentido que lo que se le estaba escapando era su propia vida? Cuando eso sucede siempre aflora un mismo sentimiento: desolación. Y sucede porque la tierra que se lleva el viento está seca. Porque su aridez nos recuerda la muerte. El final de aquello que nos hacía felices, de cosas que perdimos, de personas que se fueron, y de las oportunidades que dejamos escapar. La desolación es hija de la angustia, el dolor y la pérdida. La desolación es madre de la desesperanza.

¿Imagináis vivir en un lugar llamado así? Los nombres de las poblaciones, al igual que los apelativos de las personas, rara vez son fruto del azar. Desolación evoca a desierto, a lugar aislado y sin futuro. Evoca a ruinas, a un pasado mejor y a una lenta cuenta atrás hacia la desaparición. ¿Y quién permanecería en Desolación? Tal vez solo aquellos que un día intentaron marcharse y no lo lograron. Aquellos que, como única salida, terminaron por autoconvencerse de que ese era su sitio y su única opción.

Si yo viviese en Desolación, sentiría próximo el final. Cuando el sol me abrasase la cabeza y los latidos de mi corazón me recordasen el paso del tiempo, probablemente buscaría mi propia sombra sobre la arena. Puede que eso me tranquilizase, pues mientras ella siguiese ahí, yo tendría la certeza de estar vivo.

“Acá no se puede vivir sin paciencia y, si me apura, tampoco se puede morir sin ella”

Todos en Desolación acuden al entierro de Evaristo. No es un sepelio más, es el de un pueblo entero. Su muerte reduce la tasa demográfica hasta un punto que hace insostenible seguir manteniendo la única línea que les une con el mundo. Látigo, el cochero, perderá su trabajo. Emilia, la mujer del fallecido, la cordura. Nicolás, su futuro. Parecen condenados a ser olvidados y sepultados por la arena del desierto. Todo fue profetizado. La tragedia es inexorable.

“La gloria, aunque sea pasada, siempre es mejor que la ruina perpetua”

Sombras de arena es una novelette hipnótica y fascinante. Con un arranque trágico y costumbrista, parece apuntar al drama rural. Pero escena a escena, su trama se va deslizando, cual serpiente en el desierto, hacia un terror sutil repleto de elementos que recuerdan al Realismo Mágico de Rulfo. La prosa en que se sustenta es directa, cercana y efectiva. Y el infierno que recrea, ese infierno del que solo los jóvenes inconformistas parecen querer escapar, toma forma exclusivamente en la mente del lector pues C.G Demian, como buen ilusionista, es parco en detalles y tan solo ofrece las pinceladas necesarias para generar un decorado yermo y asfixiante.

Látigo está apurando su petaca. La última diligencia va a partir y si no subís a ella, nunca podréis llegar a Desolación, un lugar perdido en el tiempo que pronto será olvidado. Cuidado, puede que sea un viaje únicamente de ida. Puede que, de realizarlo, pronto os encontréis solos. Pero si lo hacéis, tal vez podáis leer y desentrañar los secretos del libro de difuntos. Y si os atenaza el miedo al hallar vuestro nombre escrito en él, mirad al suelo y buscad la compañía de vuestra propia sombra.

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