Rojo y en botella - Sergi Escolano

 


Es de locos. Acabo de leer el informe del caso. Lo han llamado Rojo y en botella. ¿Y sabéis lo que os digo? Que no me creo nada. Estoy convencido de que los progres de arriba le han dado la vuelta a todo para ocultar la verdad. Quieren destruir nuestra forma de vida. Están permitiendo que todos esos licántropos y humanos nos invadan, es más, los están financiando para romper Nueva Transilvania. Si por mi fuese, mandaría a nuestro ejército de no-muertos a la frontera con Vetusta y construiría un muro que nos separase. Eso, o anularía los Acuerdos de Albacete. Aquel tratado fue vergonzoso. Nosotros, que somos la raza superior, los más cultos y, por qué no decirlo, los más guapos, aceptamos tomar el maldito inhibidor para dejar de beber sangre. Yo digo que debió suceder al revés: esos miserables humanos tendrían que haberse comprometido a proporcionarnos toda la sangre que necesitásemos para no hacernos correr tras ellos. Porque no, no volamos. Ya está bien de tonterías.

Pero volvamos al informe: lo firma un tal Sergi Escolano. He indagado en el ordenador de comisaría y no aparece nada sobre él. Ni su historial como agente, ni su fecha de vampirización. Nada. Es más, busqué su perfil en Teethder y tampoco lo encontré ¿Es que no tiene vida sexual? Creo que, en realidad, no existe. Estoy convencido de que se trata de un pseudónimo que alguien de muy arriba utiliza para lavar sus trapos sucios. ¿Os suenan de algo las operaciones Sin pecado concebido o Masters del Universo? Pues sí, también está detrás de esos disparates.

Me repatea ver a todas horas a Julián Van Helsing en televisión. Le tratan como a un héroe ¡Incluso sale en la portada de La Vampguardia! Pero me repatea aún más ver al pusilánime de Rebolledo a su lado. Era el que más collejas se llevaba en la academia y ahí está, de niñera de un humano. No hemos tenido ni un vampiricidio desde que fundamos la ciudad pero, de pronto, aparece un asesino en serie y curiosamente, tenemos que pedir a Vetusta que nos envíe a su mejor agente. JA, JA y JA. Pues si este es su mejor agente, que Satán les ayude.

Todo esto es un teatro. Una operación para corromper nuestra pureza, para destruir nuestras costumbres y nuestro modo de vida ¡Si hasta incluyeron a un licántropo-trans en la operación! Claro, de haber metido a un auténtico licántropo nadie se habría creído esta pantomima y los medios les habrían ignorado ¿Qué pretenden? ¿Por qué intentan hacernos creer que esa subespecie tiene algo que ofrecer? ¡Bastante cobertura dan ya a las fiestas del orgullo licántropo! ¿Y para cuándo un día del orgullo vampiro? ¿No les da asco tanto pelo y tanta purpurina? Lo que no logro comprender es qué papel juega VampTech, la empresa más importante del planeta, en todo esto ¿Qué sacan?

Necesito reflexionar. Sentarme en un StarVamps a tomarme un Vampuccino sin hemoglobina o una Blooda-Cola hasta ordenar las ideas. Mi cabeza no para; algo se me escapa ¿Dónde está la conexión? Hay demasiados cabos sueltos, demasiados nombres: Keyser Söze/Jorge Salvador (rey del crimen organizado), Albert Married (candidato a la alcaldía por Vampiros Primero), Neimin Sidney (dueña de VampTech), incluso Benson, ese maldito robot... Y el índice de referencias que hay al final del informe no me ayuda.

Veamos, todo empezó con la muerte de Dem, el compañero de Rebolledo. Y con la oferta que la universidad hizo a Raquel, la mujer de Van Helsing. Demasiadas casualidades ¿No tenemos suficientes matemáticos vampiros que tienen que contratar a una humana para un puesto tan importante? ¿Y qué hay de la Jenni? Algo me dice que la hija de esos dos tiene que ver con los asesinatos. Tal vez debería seguir mi intuición y viajar a Vetusta. Hablar con el Kevin , su novio. Y si no saco nada en claro, podría tomarme unas vacaciones y dejar de tomar el inhibidor unos días...

Decidido. Me las piro, vampiro. Cubridme con el jefe.

Dioses, monstruos y el Melocotones de la suerte - Kelly Robson


Estamos destruyendo este planeta. Incluso los negacionistas lo saben, aunque su cobardía o intereses particulares les impidan admitirlo. Llegará un día en el que una generación deberá afrontar directamente las consecuencias de la irresponsabilidad de las anteriores. La desertización será imparable y puede que, en algunas regiones, la superficie terrestre se vuelva inhabitable. Además, los jinetes del apocalipsis nunca cabalgan solos y es muy probable que los cambios geológicos o climáticos vengan acompañados; nuevos virus (o no tan nuevos) entrarán en escena y la humanidad no estará preparada para combatir en todos los frentes.

Imaginad que, en uno de los peores escenarios posibles, la población que no sucumbiese a la catástrofe se viese obligada a refugiarse bajo tierra. Que solo la ciencia y la tecnología pudiese ayudarles a lidiar con las secuelas físicas de las enfermedades. Que prótesis cibernéticas reemplazasen los miembros dañados y sus sistemas endocrinos necesitasen de computadoras para regular los procesos fisiológicos y hormonales. ¿Seguirían sintiéndose humanos?

Cuando llegue el transhumanismo es posible que incluso nuestra apariencia cambie ¿Qué nos impedirá copiar el diseño de animales más perfectos y poderosos? Por tanto, no sería de extrañar que una generación como la que estamos planteando, tan castigada y diferente de todas las anteriores (y posteriores), sintiese cierto rencor (o puede que rivalidad) hacia quienes no fuesen como ellos.

Un futuro así de desolador es posible. Y su deriva, impredecible. Pero si algo tenemos claro es que los poderes económicos y políticos nunca renunciarán a su posición de privilegio. Encontrarían la forma de seguir moviendo los hilos y siendo indispensables incluso en las situaciones más críticas. Lo peor es que la inmensa mayoría de nosotros pensamos que si las grandes corporaciones llegasen a controlar tecnologías capaces de revertir una situación tan extrema o paliar sus efectos, antepondrían sus intereses particulares a los generales ¿Estaremos en un error?


En el año 2267 la Tierra es prácticamente inhabitable. La sociedad se divide entre “bebés de la plaga” y “bebés gordos”. Los primeros sufrieron la catástrofe que los llevó a refugiarse bajo tierra, tuvieron que reemplazar sus miembros dañados por prótesis mecánicas y arrastran secuelas físicas importantes e incurables. Los segundos, nacidos en el nuevo sistema, son más grandes y sanos, aunque no están mejor adaptados al medio. Entre ambas generaciones existe cierta rivalidad o rechazo.
Parte de la humanidad trata de volver, poco a poco, a la superficie. La recuperación de los grandes ríos es fundamental en la mejora del ecosistema, pero todos los proyectos necesitan financiación de los grandes bancos. Estos, ejerciendo un poder casi absoluto, controlan la tecnología que permite los viajes en el tiempo y solo parecen interesados en obtener beneficios enviando turistas al pasado. Nada de lo que se haga siglos atrás, dicen, podría cambiar el presente pues, según afirman los físicos a su servicio, las líneas temporales que visitan colapsan al ser abandonadas. 
En este contexto Minh, una “bebé de la plaga” de 83 años cuyas piernas han sido sustituidas por seis apéndices tentaculares, es elegida para liderar una expedición a la Mesopotamia de la Edad del Bronce. El estudio del Tigris y el Éufrates podría ser fundamental para mejorar las condiciones de vida de los suyos.


¿Recordáis la diferencia que hacía Aristóteles entre potencia y acto? Es imposible leer esta novela sin hacerlo. Sin sentir que Dioses, monstruos y el Melocotones de la suerte podría haber sido fabulosa, pero se ha quedado en el simple esbozo de algo más grande. La premisa de la que parte es magnífica. Tanto la sociedad planteada como las numerosas menciones a una pandemia y un cataclismo medioambiental, ejercen una poderosa atracción en el lector. Además, breves pasajes protagonizados por Shulgi (rey de Ur) abren cada capítulo presagiando acción e intrigas palaciegas. Pero eso es todo: Kelly Robson dedica más de la mitad del texto a los “tira y afloja” burocráticos que debe salvar la protagonista para hacerse con el proyecto. Ninguno de los aspectos fundamentales de la historia, ni siquiera la tecnología empleada en los viajes temporales o las causas de “la plaga”, son explicados. Las relaciones entre personajes y la evolución de cada uno de ellos, quedan bien retratadas.  Pero esto no explica los premios que la novela ha ganado o de los que ha sido finalista. Y el final es tan abierto que solo puede justificarse si entendemos que estamos ante el prólogo de una saga. Pero, a día de hoy, no parece haber noticias de ninguna continuación.

Siento no poder recomendaros esta obra con el mismo entusiasmo que la mayoría de las que he reseñado. Me duele especialmente por lo mucho que me gusta el trabajo de la editorial Pulpture. ¿Estoy diciendo entonces que no leáis el libro? No. Si se trata del posicionamiento inicial de las piezas en el tablero, el desarrollo puede ser magnífico. Pero si no vais a esperar a ver si se publica una segunda parte, sabed lo que encontraréis. No es, en absoluto, una mala opción si os dejáis atrapar por un apocalipsis como nunca os habíais imaginado. Pero tendréis que contener vuestras ganas de más al llegar a la última página.

La simiente de la esquirla (El hueco al final del mundo I) - Rodolfo Martínez

 



Vivimos una época en la que la tecnología avanza exponencialmente. Nuestra unión, nuestra comunión con ella es cada vez más íntima. Disponer, en la palma de la mano, de aplicaciones que hace décadas habríamos creído imposibles ya no nos asombra. Pensamos que todo es posible y que el futuro es esplendoroso. Sin embargo, nada carece de límites. Nada puede crecer, evolucionar o expansionarse sin sufrir etapas de estancamiento o, incluso, retroceso. ¿Qué ocurrirá cuando la tecnología deje de desarrollarse y ya nada cambie, cuando la vida sea la misma generación tras generación? 

Antes de la electricidad y los algoritmos teníamos dioses y demonios. Ellos nos daban las respuestas que necesitábamos, fuesen ciertas o no. Ahora, todo va tan rápido que casi no tenemos tiempo de hacernos preguntas. Pero, cuando este avance, cuando esta carrera de descubrimientos e invenciones se detenga, ¿Dónde encontraremos el consuelo a las nuevas cuestiones y miedos que nos asalten?

Tendemos a olvidar y a repetir patrones. Fue Arthur C. Clarke quien dijo que una tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia. De hecho, no ha pasado tanto desde que confundíamos algunos fenómenos físicos con sucesos místicos. ¿Estamos realmente a salvo de la superstición y el oscurantismo? ¿Sabremos, cuando todo se detenga, reconocer la ciencia o la tecnología oculta detrás de lo que otros consideren magia?

Kláiner es “El hereje”. Un luchador excepcional consagrado a acabar con los verjóngers, bestias humanoides que cada noche aparecen en Volkenskap y exterminan a quienes se encuentran a su paso. Las autoridades políticas y eclesiásticas le buscan ya que, incapaces de encontrar una explicación a estas presencias (y menos aún una solución), han concluido que nadie debe enfrentarse a lo que es, sin lugar a dudas, un designio divino. Sin embargo, nada parece preocupar demasiado al joven hasta que conoce a Ibyra y todo su mundo cambia.

La simiente de la Esquirla, primera parte de la tetralogía El hueco al final del mundo y novela finalista del Premio Guillermo de Baskerville (organizado por Libros Prohibidos), es una Space Opera adictiva y arrolladora. Una obra de las que te atrapan y no te sueltan, de las que captan nuevos adeptos a la ciencia ficción y recuerdan, a quienes llevamos unas cuantas lecturas a nuestras espaldas, algunos de los clásicos con los que tuvimos la suerte de toparnos. Rodolfo Martínez demuestra, con este proyecto tan ambicioso, estar en su mejor momento. Ha elaborado un worldbuilding complejo y estimulante, digno del mismísimo Jack Vance. Y la estructura e impecable planificación de este primer volumen, hacen presagiar una saga épica e inolvidable. Pero que nadie se alarme; la trama es muy asequible y se hace corta; los numerosos personajes captan toda la atención (no siempre la simpatía) del lector y el autor maneja excepcionalmente los arquetipos más habituales en torno a la figura del héroe y su camino iniciático. Además, cuenta con un as en la manga: Cegé, una IA creada a partir de un cerebro gelificado que no podréis olvidar.

No importa si preferís a Tolkien, Clarke o Vance. Si sois creyentes o ateos. Si amáis la ciencia o la fantasía. En Duniya encontraréis vuestro hogar. Pero cuidado, la vida allí no es fácil. Cuando se ha olvidado el pasado y hace mucho tiempo que nada evoluciona, pensar en el futuro carece de sentido y lo único importante es no ser elegido en la Lotería de Dios. Porque si eso pasa, solo El hereje podrá salvaros.

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Carne y Hueso - Santiago Eximeno

 


El sistema es un organismo vivo constituido por una sociedad desigual e injusta. Un cuerpo enfermo, corrupto y putrefacto. 
El hueso lo sustenta y estructura todo. Es la base alrededor de la cual se adhiere la carne obediente que realiza el trabajo físico y lo protege asumiendo que su función es menos importante, que su sangre se desperdiciará y sus células (los individuos), habrán de morir y ser reemplazadas por otras igual de irrelevantes y prescindibles. 
Tal vez intuyan que son más necesarias de lo que se atreven a soñar, que sin ellas los hueso tampoco podrían existir pero, ¿Cómo terminar con la única forma de vivir que conocen? ¿Cómo rebelarse ante quienes siempre han ostentado el poder si no conocen sus verdaderos rostros ni entienden su lenguaje? ¿Cómo podrían cambiar los carne las cosas, si les han convencido de que su clase es la de los sucios y apestosos?

Alguna vez me he preguntado si la estructura de una civilización se va perfilando en función de las características innatas de sus miembros o si, por el contrario, es dicha civilización la que moldea a los individuos según su conveniencia (o a la de quienes la dirigen). Santiago Eximeno me ha dado la respuesta.

Solomo es un fantoche. Cada día acude al retablo donde lo manejan con cuerdas y repite frases que apenas entiende para diversión de los hueso. Su recompensa, unas piezas de queratina que apenas le alcanzan para pagar algo de bebida. Vive por inercia, derrotado, focalizando todas sus esperanzas en el hijo que va a tener. Pero Marucha está enferma y no lleva bien el embarazo. Poco ayuda el tumor que crece en el baño y que ya no podrá extirpar. Su edificio se muere y con él, todo lo que tienen. El miedo le invade y paraliza porque es consciente de que, a pesar de todo, aún tiene mucho que perder.

Carne y hueso, obra ganadora del I Premio de novela corta El Proceso, es una historia dura, impactante, grotesca y muy difícil de olvidar. Un constructo literario que navega entre la distopía y el horror (es inevitable experimentarlo al asumir lo cerca que estamos del abismo). Un aullido angustioso y una crítica potente e inmisericorde dirigida contra cualquier sistema que fomente la desigualdad o se base en ella.

Narrada en primera persona, transmite desesperación y derrota desde el inicio. La estética, ese escenario en el que casi todo es orgánico, sanguinolento, tumefacto y enfermizo (solo al alcance de la imaginación de Eximeno y Cronemberg), amplifica un argumento aparentemente simple hasta transformarlo en un condensador de rabia y una llamada a la revolución. Y es que todos podríamos ser Solomo si viésemos el mundo como él lo ve. Todos podríamos sentirnos tan pequeños e insignificantes que, incluso en el peor de los casos, nuestro mayor anhelo de venganza no pasaría de la idea de causar algún pequeño daño al sistema que nos lo arrebata todo. Porque nos han domesticado de tal forma que ya ni siquiera soñamos con cambiarlo.

Cuando ya no podáis saber si ese corazón débil y desacompasado que escucháis es el vuestro o el del mundo en el que vivís, dejad de temer. Habrá llegado el momento de romper las leyes no escritas y atravesar las murallas de fémures. Fijad sin pudor vuestros ojos en los de los hueso y arrancadles las máscaras de cuero. Descubrid si de verdad son tan diferentes. Y si no lo son, no volváis a permitir que el miedo a perder lo poco que no os han arrebatado, sea el arma con el que os esclavicen.

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Deja que el viento se lleve mis cenizas - Inés Arias de Reyna

 


Vivimos una época caracterizada por la saturación, el exceso y la incomunicación. Todo es arrastrado a una escalada sin fin. Cada cosa tiene que superar a la anterior. En la literatura y el cine nos venden lo mismo una y otra vez aplicando un barniz de “mejora”. Se crean productos que impactan, que impresionan y asombran. Pero no se innova. En el género fantástico, tan en boga durante las últimas décadas, se vuelve continuamente sobre las mismas historias ¿Para qué arriesgarse con otros conceptos? Encantan las espadas, los guerreros y los seres infrahumanos que merecen la muerte. El bien contra el mal. Lo humano contra lo demoníaco. Luces. Ruido. Explosiones. Angustia y un final feliz.

No, por mucho que traten de darle mil vueltas y de diversificar universos, no se evoluciona. Nos han alejado de la esencia, porque esa es la inevitable consecuencia de transformar cualquier cosa en un producto de consumo masivo. Conectamos más con Thor y con seres salidos del imaginario de Tolkien, que con los oriundos de nuestra tierra. Y este no es un alegato nacionalista. No se trata de decidir qué mitología es más rica o valiosa. Se trata de recordar que aquellas criaturas que alguna vez inventamos (o en las que creímos), tenían una función. Una razón de ser y “existir”. Los breoganes, las ninfas, los gnomos, las sílfides y las dríadas eran seres con los que los hombres y mujeres soñaban cuando aún tenían presente el alto coste de las hazañas bélicas. Cuando lo que de verdad les interesaba era establecer un puente con la naturaleza que les rodeaba, a la que amaban y a veces temían. Afianzar un vínculo con el mundo al que pertenecían y no terminaban de comprender.

Hoy, todas estas criaturas están pasadas de moda y recurrir a ellas, aunque sea como entretenimiento, nos parece propio de niños y ancianos. Estamos renunciando al más rico de los universos fantásticos porque nos han arrancado las raíces que nos conectaban con la naturaleza y con nosotros mismos. Ahora necesitamos ruido y explosiones. Necesitamos soñar con salvar, a golpe de espada, un planeta que en realidad ni respetamos ni protegemos. Porque es más fácil correr, luchar y matar, que escuchar, sentir, pensar y amar ¿Qué será de nosotros cuando nos percatemos de que no tiene sentido combatir a las huestes del mal mientras los bosques arden?

Deja que el viento se lleve mis cenizas es una maravilla. Así de simple. 154 páginas cargadas de pasión, ternura y denuncia social.  9 relatos luminosos, intensos, dolorosos, íntimos e inspiradores. Y el AMOR (con mayúsculas) está presente en todos ellos. Incluso en los más terribles. Amor entre padres, madres e hijas. Entre abuelas y nietos. Entre adolescentes que no pudieron terminar el camino que habían iniciado y entre hermanas que tendrán que enfrentarse juntas a la locura.

Todas estas narraciones contienen, independientemente de su tono, algo hermoso y algo triste, nostálgico o melancólico. Situaciones que se pueden vencer o no. Que se han de aceptar como inevitables o que se deben combatir. 
Inés Arias de Reyna escribió los nueve cuentos en diferentes momentos de su vida, tratando de conectar consigo misma, o de enfrentar su estado de ánimo y sus preocupaciones. Quienes los lean se percatarán de que la autora conoce perfectamente lo que es el amor, la pérdida, la angustia y el dolor. Descubrirán su lado más combativo y el anhelo que siente de justicia (o venganza) frente al maltrato, el engaño y la intolerancia. Pero también, su naturaleza inclinada a la paz y a la redención.

No os hablaré de las historias por separado. Únicamente os diré que mis favoritas son la primera, la última (me gustaría saber si la autora leyó El tapiz de Malacia del maestro Aldiss) y aquella en la que el fuego abrasa solo a quien debe hacerlo. Creo firmemente que este es el mejor libro de relatos que he leído en lo que va de año. La prosa de Inés es tan mágica, elegante y sencilla como las criaturas de las que nos habla, y los sentimientos que transmite son más estimulantes que cualquier escena de acción. 
Leed este libro. Acompañad a una niña perdida tras la muerte de su padre. Alimentad el fuego de la venganza y permitid que quien haya acabado con la vida de su compañera, se autoimponga una condena eterna. Defended vuestros ideales contra los intolerantes aunque os acusen de fanáticos. Luchad. Amad. Llorad por los bosques en llamas. Y dejad que el viento se lleve todas las cenizas.

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Agujeros de Sol - Nieves Mories

 


El mundo no gira a la misma velocidad para todos. Hay quienes prefieren vivir como si se hubiera detenido el tiempo. Quienes prefieren que nada cambie. Que todo sea como ha sido siempre. Como Dios manda.

Aún existen familias de la otra España. De la que intentamos dejar atrás, pero nos persigue. La que recordamos en blanco y negro, aunque haya quienes traten de pintarla con colores afines al verde. Aquella en la que todos sabían cuál era su lugar y en la que las buenas mujeres acudían a procesión con mantilla y peineta. La España en la que durante décadas se salvaba a las malas, las descarriadas, internándolas en instituciones religiosas para ahorrar vergüenza a sus familias y lavar sus pecados a través del dolor y la humillación. De sus hijos, de los bebés que nacían en aquellas prisiones sobrecargadas de crucifijos, la mayoría de las veces nadie volvía a saber.

Sí, todavía quedan familias de las que en aquella época sabían mandar. De las que, por la gracia de Dios, tenían poder sobre la vida de quienes habían nacido para servirles. Lo peor no es que ese tipo de gente no quiera cambiar al ritmo en que lo hace el resto del mundo (si a ellos les ha ido tan bien, ¿para qué hacerlo?). Lo peor es que cuando algo no se regenera durante mucho tiempo, cuando no se permite que la savia nueva fluya, la putrefacción es inevitable. Si todo se hace siempre de la misma forma, los errores se convierten en tradiciones. La hipocresía se confunde con la virtud, y la obediencia con el amor.

Son gente anacrónica y perversa. Suelen sentirse superiores y merecedores de su suerte. Aceptan sólo a quienes entren en su juego aunque, ni aun así, les consideren sus iguales. Piensan que, si 40 años después siguen disfrutando de los mismos privilegios, si al negarse a cambiar nadie ha podido destruirlos, han de seguir viviendo de la misma forma. Pero ignoran que ellos mismos son su peor enemigo; lo que finalmente terminará por aniquilarles serán los secretos que arrastren y la factura de los daños ellos mismos se hayan infligido. Porque suelen ser ellos, los que siempre se han mostrado como intachables, quienes tienen más pecados que purgar.

Agujeros de Sol, novela finalista del Premio Guillermo de Baskerville (organizado por Libros Prohibidos), es una obra grotesca e inclasificable. Heterodoxa en el fondo y en la forma, juega con el pasado y el presente, salta de la primera persona a la tercera, interpela a los personajes y al lector, e intercala artículos periodísticos fundamentales para que este, inmerso en un ambiente malsano, pueda juntar todas las piezas.

Nieves Mories no ha escrito una novela fácil. No ha creado personajes horribles (inspirados en sucesos reales), para entretenernos y cerrar con una didáctica moraleja. Ha buscado venganza por quienes que no pudieron obtener la suya. Y lo ha hecho con dos elementos recurrentes en su obra: mujeres maltratadas, despreciadas o asesinadas, y casas o lugares capaces de absorber todo el mal que emana de sus habitantes.

Si esta vez no os he hablado del argumento ni de los protagonistas, ha sido a propósito. No podría hacerlo sin destripar la historia o condicionar las conclusiones a las que habréis de llegar por vosotros mismos. Además, me confieso incapaz de clasificar lo inclasificable.
Sí os diré que Agujeros de Sol es un juego macabro. Un catálogo de terrores que va desde el psicológico al más explícito, cruel y sangriento (el que encontraréis en las primeras páginas). Una bomba de secretos y venganzas con un detonador de rencor ¿Queréis saber quién lo pulsará?

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Mester de Brujería - Pedro de Andrés y Marta Estrada

 



Casi todos hemos pasado por una etapa en la que soñábamos con ser caballeros, princesas, hechiceras o trovadores. Fantaseábamos con protagonizar aventuras en una Edad Media parecida a la nuestra, pero solo parecida. Porque en la nuestra el clero tenía demasiado poder, y los que no habían sido marcados por el destino para pasar a la historia solían vivir mal y morir peor. Cuando uno sueña, lo hace a lo grande ¿Quién quiere imaginarse trabajando el campo de sol a sol, obedeciendo a sus señores como si fuesen dioses, o comerciando en calles atestadas de suciedad? Puestos a soñar, soñemos con magia.

No deja de ser paradójico el hecho de que el periodo de nuestra vida en el que corrimos infinidad de aventuras y demostramos ser invencibles con el poder de la imaginación, estuviese tan próximo a la pubertad ¿Imagináis cómo hubiese sido vuestra adolescencia en una Hispania donde la magia fluyese por doquier? Habría sido fantástico poder ir por el mundo invocando energías, lanzando hechizos e impartiendo justicia. Pero, ¿De verdad creéis que a esas edades, con las hormonas revolucionadas y los sortilegios mal aprendidos, podríais haber salido triunfantes fácilmente de las situaciones más comprometidas?

Cuando Rapaz, un joven y despreocupado juglar, da con sus castigados huesos en la posada de un lugar que nunca antes ha visitado, decide ganarse algunas monedas. Incomprensiblemente, la audiencia parece poco receptiva, incluso molesta. Inasequible al desaliento, despliega todo su arte empeñado en obligarles a caer rendidos a sus pies... pero el que termina rendido (y encadenado) es él. A los pies de Loviara, para ser más exactos. Sin embargo, cuando la poderosa bruja de cabellos azulados advierte en el muchacho el don de la transmutación, decide liberarlo a cambio de que cumpla una difícil misión. 
El camino será largo y peligroso, pero no estará solo. Inesia, la hija de la malvada hechicera, decide fugarse y seguir al bardo. No se parecen en nada. A veces ni siquiera se soportan. Pero los polos opuestos se atraen.

Pedro de Andrés y Marta Estrada han transitado por senderos muy diferentes en lo literario. Él, un infatigable cuentista, ha desarrollado su carrera como novelista sin renunciar a jugar con los elementos propios de la ciencia ficción y la fantasía (como sabréis quienes hayáis leído La balada de Brazo de Mar o Peón blanco, dama negra). 
Ella, escritora desde la infancia, parece más sensata. Desde que publicara Un refugio para Clara (ediciones Destino 2013), no ha dejado de crear historias intensas y realistas. Sin embargo, en algún cruce de caminos se encontraron y decidieron dejarse llevar. Jugar juntos, diría yo. Porque, en Mester de Brujería, hay mucho de juego. Apostaría cualquier cosa, y mirad que no soy tan impulsivo como Rapaz, a que se han divertido mucho inventando una historia muy similar a la que habrían ideado de niños. Jugando a caballeros y princesas. A hechiceras y trovadores. Y es que no me quito de la cabeza que los protagonistas del libro son una especie de avatares (no álter ego) de los dos autores. Él, más alocado y vital. Ella, más despierta y cautelosa. Creo además (subo la apuesta), que decidieron comenzar la partida sabiendo a lo que, tarde o temprano, tendrían que enfrentarse. Pero que en ningún momento tuvieron prisa por llegar. Prefirieron disfrutar el camino, vivir mil aventuras y dejar crecer, respirar y ser, a sus personajes. Y al final, cuando les consideraron lo suficientemente maduros, se permitieron abandonarlos para que eligiesen su propio rumbo.

Si queréis disfrutar de una novela de aventuras fresca, divertida, bien escrita y carente de pretenciosidad, esta es la vuestra. Recorred los caminos de la Hispania mágica. Argonia, Castela, Pampilonia y los Condados Catalonios os sonarán familiares. Pero, en realidad, nunca estuvisteis allí. Así que dejaos guiar por Pedro y Marta. Por Rapaz e Inesia. Ellos tienen una misión que cumplir y un pasado que descubrir. Sed desconfiados y mirad al cielo. No os fieis de ningún cuervo. Y cuidado: cuando se juntan un transmutador y una bruja (o la hija de una), pueden saltar chispas.

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El enviado - Miguel Babiano



Somos seres pequeños e insignificantes a escala cósmica. No estamos tan seguros de nuestro origen como fingimos y ni siquiera conocemos totalmente nuestro pasado más inmediato.

Tendemos a seguir a pies juntillas el manual ético que nos han insertado en el cerebro desde pequeños. Esto nos ayuda a discernir entre el bien y el mal. Y si no lo hacemos, si nos saltamos los preceptos de la moral inherente al ser humano, algo en nuestro interior nos dice que no somos buenas personas. Porque dicha moral, independientemente de la religión o la cultura de la que proceda, trata de extinguir el salvajismo y la crueldad de que somos capaces. Ella dicta el tipo de instintos animales a los que podemos ceder (y las circunstancias en que podemos hacerlo) sin convertirnos nuevamente en aquellos animales de los que creemos que descendemos. Pero, después de miles de años de condicionamiento y presión social, no hemos conseguido erradicar en su totalidad los comportamientos más aberrantes y bestiales.

A día de hoy, hay quienes deciden ceder y desatar sus instintos primarios. Los consideramos malvados, inadaptados, o locos. Nunca nos detenemos a pensar que pueden ser la señal de alarma que nos advierte que no estamos tan alejados del lugar del que procedemos. Pero, ¿Y si ese lugar fuese más aterrador de lo que imaginamos? Si nos mirase esa oscuridad que nos habíamos empeñado en olvidar (y que aún llevamos en nuestro interior), ¿Le devolveríamos la mirada?

John, un joven responsable e ingenuo, desea ganarse el respeto de Declan Jackson, el ganadero que lo acogió cuando era un niño. No se trata de simple agradecimiento: ama en secreto a Mary Boo, la hija de este. Por eso no duda en acudir a él cuando escucha en la cantina información sobre una venta fallida de reses en Hopetown. Su patrón decide enviarlo junto al viejo Clancy a cerrar el negocio. Es la oportunidad de su vida y no piensa dejarla escapar.

Queda lejos la época dorada de las "novelas de a duro". La ciencia ficción, el terror, y el western eran los géneros más vendidos. Actualmente presenciamos un resurgir romántico de este formato. Decimos romántico porque sabemos que económicamente no es rentable. Se trata de un capricho valiente que algunas editoriales deciden darse para sacar a la luz historias que han de ser leídas. Historias como El Enviado, que además mezcla dos de esos géneros tan populares.

En apenas 80 páginas, con frases cortas y ritmo ágil, Miguel Babiano consigue trasladarnos al Viejo Oeste para enfrentarnos al mayor de los horrores: el de dejarnos arrastrar por el mal que aún podemos llevar dentro. Porque a nadie se le escapa el efecto hipnótico que tiene todo lo ominoso en nosotros. Ni tampoco que obtener placer del dolor ajeno es algo más que posible.

Los elementos fantásticos, que no se hacen esperar, recuerdan inevitablemente al Maestro Lovecraft. Muchas de las escenas son impactantes. Aterradoras por su salvajismo y su crueldad explícita. Y estas pueden atraer toda la atención del lector diluyendo la denuncia subyacente en el texto: la cosificación, la crueldad, y el maltrato a los que pueden estar expuestas las mujeres en un entorno patriarcal. Porque en un contexto así todos los hombres son culpables. Incluso los que no levanten su mano contra ninguna de ellas ya que la inacción, el hecho de observar y callar, implica complicidad.

El camino a Hopetown es peligroso. Cualquiera os podría disparar por la espalda para robar vuestros caballos. Pensad en eso y no vayáis. Si lo hacéis, existe la posibilidad de que una abyecta criatura os esté esperando y, en ese caso, lo mejor que podría pasaros es que una orgía de sangre y carne os arrebatase la cordura. Porque si esto no sucede, seréis incapaces de desobedecer a las voces que os repetirán: observa, admira, calla.

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Una vez al año - Jorge Pérez García

 


Es curiosa la forma en que cambia la percepción que tenemos, según avanza el tiempo, sobre lo larga o corta que nos parece la vida.

Cuando somos niños los días se suceden uno tras otro y el futuro es algo demasiado lejano. Tanto que nos preocupa poco qué o quiénes seamos de adultos. Visualizarnos siguiendo los pasos de nuestros padres y madres, o los del héroe de nuestra serie favorita, nos parece igual de factible. Durante esos primeros años, la muerte no tiene cabida en nuestro universo y, por tanto, sentimos (tal vez secretamente) que no nos alcanzará.
A partir de la adolescencia todo cambia, pero seguimos creyendo que el don de la inmortalidad, si no nos ha tocado, al menos nos ha rozado.
En la treintena los años empiezan a volar, y es entonces cuando aceptamos que el “futuro” es algo que debemos atrapar si no queremos correr el riesgo de que se nos escape. Tal vez sea esa la etapa en la que asumimos, por primera vez, que el tiempo del que disponemos es limitado.

Nuestra existencia, nuestros actos y necesidades, están condicionados en gran parte por la distancia que creemos que nos separa del último día ¿Es posible vivir siendo consciente de que todo podría terminar en una fecha concreta? ¿Os imagináis cómo habría sido vuestra infancia si os hubieseis tenido que enfrentar a la muerte periódicamente? ¿Y si hubieseis sabido que vuestros padres, tarde o temprano, tendrían que dar sus vidas protegiendo la vuestra? ¿De haber llegado a adultos habríais estado dispuestos a seguir sus pasos?

Pensad en una fecha concreta. Por ejemplo, la noche del 21 de Junio. Imaginad que, mientras los demás descansan o se divierten, vosotros tuvieseis que enfrentaros al mal en estado puro. Imaginad también que pasaseis todo un año preparando una batalla y que, de sobrevivir, debieseis volver a empezar ¿Podríais ser felices? ¿Podríais soportar la tensión? ¿Seríais capaces de llevar esa carga solos, sin nadie a vuestro lado? Probablemente no, pero entonces ¿Arrastraríais a quienes amaseis a compartir el destino con el que os tocó lidiar?


Carol lleva 22 años viviendo así. Luchando, sufriendo, recordando... Cada 21 de junio debe enfrentarse a una criatura que parece salida del mismo infierno y sabe que no puede fallar. Su vida, y lo que más le importa, la de su familia, depende de que todo salga bien.
Normalmente sucede rápido. El Monstruo aparece y repite sus movimientos. Año tras año les ataca y cae en la trampa que le han preparado. Alivio y paz. Y desde ese momento ella, su marido, su hermano y sus hijos disponen de otros 364 días de vida. 364 días que deben aprovechar para prepararse otra vez. Es una maldición. Una tortura. Una condena que ha heredado y que habrá de legar a su hija Irene.

Una vez al año es una novela de corte juvenil que navega, a un ritmo cada vez más frenético, entre el terror y la fantasía. Está narrada en tercera persona, con un estilo ágil y sencillo, ideal para no ralentizar una historia que se desarrolla casi por completo en una sola noche, y que cuenta con grandes dosis de amor, heroísmo y valores familiares. La trama, aunque no demasiado compleja, no sólo se sustenta sino que va ganando enteros gracias al excelente manejo que Jorge Pérez García hace de sus personajes. Llevándoles al límite. Atormentándoles ante la idea de que cada “noche de amenaza” puede ser la última. Y haciéndoles conscientes de que si entregando su vida pueden salvar la de quienes aman, no deben dudar en ofrecerla.

El próximo 21 de junio acercaos a la Finca La Tamuja. Un ser infernal intentará acabar con la vida de toda la familia. Ellos se sienten preparados para la batalla, pero están asustados. Y hay algo que no saben: la próxima vez, el demonio contará con ayuda. Traed armas. Es necesario equilibrar la balanza.

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Quién cuidará de ti - Verónica Cervilla

 



Hay miedos difíciles de soportar. Algunos, son imposibles de vencer. Los más dañinos pueden no abandonarnos nunca, permanecer aletargados, agazapados en nuestra alma esperando el momento de dominarnos y aniquilarnos.

Los peores son aquellos que ni siquiera podemos identificar ¿Cómo luchar contra un enemigo cuando ignoramos quién es, o de dónde proviene su fuerza?

El miedo no es simple inseguridad. No es la tensión que se siente ante una circunstancia que podría no acontecer como nosotros desearíamos. Es un veneno que lo emponzoña todo. Que empieza dañando a quien lo porta, y se extiende entre quienes tiene a su alrededor. El mal lo engendra; es su vástago y puede crecer y crecer hasta transformarse también en mal. Porque destruye lo que toca. Porque puede desencadenar tragedias en muy poco tiempo, dejar secuelas irreparables, u ocultarse, convertirse en semilla, y arrasar vidas enteras en momentos de debilidad.

Tanto el miedo como el mal pueden tomar forma. Parecerse o recordarnos a una persona, un animal o una cosa. Pero cuando esto sucede ¿Cómo diferenciarlos?

Amelia es infeliz. No sabe lo que es vivir para sí misma. Pasó su infancia y juventud a la sombra de una madre dominante y una hermana manipuladora. Se casó para huir de ellas y terminó criando a sus hijos junto a un maltratador. Recién entrada en la cincuentena y por fin divorciada, se siente cansada, vencida por la vida. Sólo le preocupa conservar su empleo en un geriátrico y poder seguir pagando las facturas. 
Cuando su madre se daña un brazo acepta la imposición de su hermana y la lleva a su casa. La sola presencia de su progenitora desata un infierno doméstico que amenaza con destruir a su familia. Y todo empeora cuando la anciana comienza a comunicarse con varias presencias que nadie más puede ver.

Quién cuidará de ti, obra ganadora del IV Premio Ripley de Ciencia Ficción y Terror y, a día de hoy, finalista del Premio Guillermo de Baskerville 2020 (organizado por Libros Prohibidos), es una novela de terror psicológico intensa y absorbente. Una olla donde se cuecen a fuego lento muchos elementos cotidianos hasta que la presión aumenta y amenaza con hacerla explotar.

Verónica Cervilla, directora de la Revista Tártarus y autora de la saga fantástica Póker Kingdom, sorprende a propios y extraños por su pericia al trazar los perfiles psicológicos de sus personajes. Nos obliga a empatizar con la protagonista, a despreciar a su hermana y a su madre, y a jalear como auténticos fanáticos cualquier pequeño gesto de rebeldía hacia ellas. Y no lo hace generando artificialmente situaciones dramáticas, sino empleando conflictos cotidianos y reconocibles por la mayoría. Logra asfixiarnos cuando Amelia no puede respirar, y nos obliga a hablar con ella cuando las líneas en cursiva nos permiten leer sus pensamientos.

Abrid la puerta con cuidado. Estad atentos tanto a las palabras como a los silencios. Sed valientes porque el miedo se puede vencer, pero primero hay que identificarlo. Tal vez os cueste distinguir entre enfermedad, locura, y maldad. Tal vez sintáis, una vez dentro de esa casa, que no podríais cuidar a una anciana así. Y puede que, cuando soportéis lo insoportable junto a Amelia, tratéis de adivinar cómo seréis en la última etapa de vuestras vidas. Pero si hay algo seguro es que, desde la primera hasta la última página, os preguntaréis: ¿Quién cuidará de mí?

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La agenda negra - Manuel Moyano



«Un juez puede ser más vil que el hombre al que ahorca».

                                                                            G. K. Chesterton

Es muy fácil confundir venganza con justicia. Ya lo planteaba Nietzsche en su Genealogía de la Moral. Creamos leyes que pretenden ser ecuánimes, que supuestamente protegerán al agredido del agresor o le compensarán por el daño sufrido. Nos autoengañamos. Necesitamos mentirnos a nosotros mismos para sentir seguridad, para no temer a los demás, o para contener nuestros deseos e impulsos más primarios. La justicia es un constructo subjetivo derivado de la moral. Prueba de ello es que no se tiene el mismo concepto de lo que es legal, alegal, o ilegal, en distintas partes del planeta. Sin embargo, no nos detenemos demasiado a pensar en estos temas y damos por bueno el criterio de los legisladores que han de saber más que nosotros. Seguimos adelante confiando en que nada pase o, en que si pasa, el sistema judicial nos devuelva la paz. Como decíamos antes, nos autoengañamos.

Si bien la elaboración de las leyes es demasiado generalista y dependiente de unos criterios éticos que no tenemos por qué compartir al 100%, su aplicación está condicionada en grado sumo por la pericia de los letrados y, sobre todo, de la interpretación subjetiva que haga el juez.
Cuando nos sentimos víctimas queremos venganza. Queremos que quien nos dañó, pague. No importa si dicho daño fue intencionado ni tampoco que el precio que se le haga pagar no nos devuelva aquello que nos quitó. Tendemos a pensar que una condena nos devolverá, como mínimo, la paz. Pero no es así. Esperamos que la sentencia del tribunal se ajuste a nuestras necesidades, y esto rara vez ocurre. Porque todo es insuficiente cuando nos dominan la rabia y el dolor.

¿Quién no ha deseado ser el ejecutor de su propia venganza? ¿Quién no ha sentido, cuando el sistema judicial no ha estado a la altura de lo que esperábamos, que ese era el único camino para alcanzar la calma tras la tormenta? Pero, aún en el caso de considerarnos víctimas, ¿Qué o quién nos confiere autoridad y capacidad para valorar los motivos y actos de los demás? ¿No es nuestra visión también subjetiva?

Cada uno ha de encontrar sus propias respuestas a estas cuestiones, y no es fácil. Menos aún hacerlo con honestidad. A día de hoy, casi todo el mundo es capaz de crear discursos filosóficos y morales “a medida” que avalen sus intereses. O, al menos, de buscar algún ejemplo en el pasado en el que apoyarse para ejercer la Ley del Talión. Entonces, cuando sintamos que nada ni nadie nos protege, ¿Qué impedirá que nos convirtamos a un tiempo en juez, jurado y ejecutor?

Ulises Roma, o quien se oculta bajo ese seudónimo, es el protagonista y narrador de esta novela. Un antihéroe que ha perdido a quien más quería y que, sin demasiados motivos para vivir, decide arrojarse a una espiral de autodestrucción a través del alcoholismo. Sin embargo, su carácter antisocial y misántropo no es fruto de su necesidad de venganza. Es la consecuencia de su dolor.
Un inesperado giro del destino le hace poseedor de una extraña agenda negra y, a través de ella, entra en contacto con un curioso grupo de vengadores que ven en él a un potencial miembro de su hermandad.

La agenda negra es una novela fresca y original que se mueve dentro de los cánones de género negro, pero sin caer en ninguno de sus tópicos. Sus personajes, cuasi cinematográficos, hipnotizan al lector y sustentan una trama sencilla, pero muy bien tratada. Y su agilidad y falta de pretenciosidad divierten y dan mucho en que pensar.

Manuel Moyano es uno de los mejores escritores de este país. Está por encima de muchos autores de reconocido prestigio, y esto lo digo sin ningún pudor. Un contador de historias que siempre sabe lo que quiere narrar y lo hace con un lenguaje pulcro y preciso. Que huye de pedanterías y vacuos adornos, y que merece mucha más relevancia en el panorama literario español de la que se le concede. Y La agenda negra, si bien no es tan original (ni en el fondo ni en la forma) como El Imperio de Yegorov (con la que fue finalista del Premio Herralde), es una de sus creaciones más notables. Además, la edición de Pez de Plata con ilustraciones de Enrique Oria, es una auténtica gozada.

¿Qué recordáis del Código de Hammurabbi? ¿Creéis que aún es aplicable? Abrid esta agenda y uníos al extraño grupo del Doctor Gilabert. Conoceréis sus historias personales y podréis decidir si son unos héroes o unos dementes. Acompañad también a Ulises Roma y sufrid por sus decisiones, casi todas erróneas. Decidid quién vive y quién muere y no le tengáis miedo a nada. Pero cuidado, de esta aventura es muy difícil salir sin mancharse de sangre.

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Welcome to the Freak Show - Mar Goizueta



El mundo que hemos construido es un lugar peligroso. Creemos que la “civilización” es un refugio para los más débiles e indefensos, el lugar que garantiza tranquilidad y una vida ordenada a quienes se atengan a sus leyes. Sin embargo, esta es una verdad a medias. La “civilización” es, básicamente, una asociación de personas que comparten una cultura, unos objetivos o intereses, y unos conocimientos científicos y tecnológicos. Pero sus miembros también comparten, en su mayoría, los mismos miedos, supersticiones, fobias y rencores.

Ser distinto, sobre todo en cuestiones anatómicas, casi siempre es duro. Incluso hoy, en pleno Siglo XXI, quienes nacieron con malformaciones o fueron víctimas de enfermedades, accidentes o mutilaciones que alteraron su aspecto, no pueden evitar ser el objetivo (como mínimo), de miradas o preguntas indiscretas ¿Os imagináis cómo eran sus vidas siglos atrás?

Hubo una época en la que la ignorancia y el desprecio de la gente hacia los que eran “diferentes” podía costar la vida. Si hay un momento en el que todos hemos sido víctimas del azar es en el de nuestro nacimiento. Nadie ha podido, ni podrá, elegir cómo ni donde nacer. Y mucho menos sus características físicas o psicológicas. Sin embargo, durante siglos, aquellas personas que abrían los ojos por primera vez sufriendo o evidenciando alguna anomalía, podían ser consideradas un vehículo de la mala suerte, un producto del pecado o, incluso, un instrumento del mal. Se convertían automáticamente en seres temidos y repudiados por el simple hecho de existir.

En aquellos tiempos tan oscuros, algunos podían tener la suerte de encontrar un lugar en el que vivir sin miedo y sin sentir la necesidad de tener que ocultar quienes eran. Donde guiarse por sus propias normas, sin juzgar ni ser juzgados, y a salvo de los prejuicios y la moral de los demás. Un lugar en el que transformar el desprecio en admiración. En el que atraer miradas de asombro o deseo. Ese lugar era el Freak Show.
El ser humano no puede evitar sentirse fascinado por lo extraño y lo prohibido, y estos espectáculos permitían a la mayoría observar sin temer. Autoengañarse, fingir que lo que contemplaban era una ilusión y, sobre todo, no sentir el vértigo que producía la idea de que el mundo es más grande y más diverso de lo que nadie podía imaginar.

Welcome to the Freak Show no es un fix-up ni una antología al uso. Es la puerta a un universo en el que sólo tienen cabida emociones y pasiones en estado puro. En el que la magia y la realidad van de la mano. Y en el que, incluso los peores actos, deben ser medidos con valores diferentes ya que, conceptos como el bien o el mal, no son aplicables a sus habitantes.

La obra está compuesta por 9 relatos cortos y de gran imaginación en los que todo es posible. Historias que despiertan la carcajada, el temor y la ternura. Todas ellas, diferentes e impredecibles, logran formar en el lector la idea de que este Circo es un refugio fascinante, un lugar donde nadie se parece a los demás y, sin embargo, todos son iguales. Y donde, además, pueden esconderse y vivir en armonía tanto presas, como cazadores.

¿Y cómo es posible todo esto? Gracias a la prosa de Mar Goizueta. Su estilo es hermoso. Casi se podría calificar de “dulce” incluso cuando tiene que describir las escenas más oscuras o sangrientas. Gracias a ello consigue enamorar al lector de sus personajes y hacer digeribles para todos escenas que, en la pluma de otro autor, podrían resultar excesivamente desagradables. Y es que esta escritora, a pesar de su relativamente corta carrera, ha conquistado un lugar destacado en el mundo de la literatura fantástica española. Ya en 2019 fue nombrada Mejor Autora Emergente en los Premios de la European Science Fiction Society por su primera novela, Reina en el mundo de las pesadillas (Ediciones Vernacci). Sin embargo, es en el terreno del relato en el que más se ha movido, y esta obra es una gran oportunidad para descubrirla.

Animaos, pagad la entrada. Un espectáculo así no pasará todos los años por vuestra vida. Os garantizo que será inolvidable ¿No os gustaría sentir escalofríos ante el siniestro muñeco del ventrílocuo, descubrir cómo son realmente las sirenas y las hadas, o ver hombres ciervo y mujeres araña? Id con mente abierta. Ellos no son como vosotros. Os enseñarán cosas tan increíbles como que la antropofagia puede ser un acto de venganza, pero también de amor. Y sabed que no todos ellos son seres bondadosos, pero tranquilos, mientras seáis simples espectadores, estaréis a salvo.

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Donde siempre es medianoche - Luis Artigue


La mayoría de las personas prefieren el día a la noche. Piensan que la luz del sol trae orden y seguridad. La luminosidad, creer que podemos percibirlo todo, aplaca los atávicos e imprecisos temores asociados a la oscuridad. Las tinieblas siempre han sido sinónimo de maldad y las sombras el refugio perfecto para las malas intenciones. Sin embargo, esa claridad que trae el día no sólo reprime a los viles: nos reprime a todos. Expone nuestra cara pública, nuestras intenciones y acciones socialmente aceptables, y oculta muchos de nuestros más secretos anhelos ¿Quién no se ha sentido liberado cuando ha creído que nadie podría verle? ¿Quién no se ha sentido temible o invencible al amparo de la penumbra?
Pero, a pesar de todo, somos criaturas diurnas. Así hemos vivido durante miles de años y a ello nos conducen nuestros biorritmos. Si tuviésemos que adaptarnos a una noche eterna no es descabellado pensar que, poco a poco, iríamos abandonando parte de la inhibición y el autocontrol que nos impone la sociedad. Y tampoco lo es suponer que nos asaltarían miedos asociados a la idea de no volver a ver amanecer. La neurosis colectiva, una vez desatada, podría conducir al caos. Y el caos al apocalipsis.

El “sabueso informativo” es un ser excepcional. Un hombre hipocondríaco e inseguro. Un tipo claustrofóbico, pesimista y alarmista. Un onanista, emocionalmente hiperactivo y, por supuesto, adicto al amor. Pero también el mejor fotoperiodista bélico. Alguien que vive solo en el sentido más amplio de la expresión, y cuya relación social más importante es la que mantiene (telefónicamente) con su psicoanalista (argentino). Sin embargo, en el desempeño de su profesión es tenaz y muy astuto. Cuando es enviado a Silenza, una ciudad italiana en la que no amanece desde hace casi un año, un triple desafío se presenta ante él: deberá descubrir la causa de esa noche interminable, encontrar a un eminente científico desaparecido y, además, descubrir la identidad de Anticristo Superstar (el líder de una secta apocalíptica cuyos miembros son considerados bebedores de sangre).

Donde siempre es medianoche, obra ganadora del premio Celsius 2019, es una novela distópica, provocadora, cómica, inquietante, inteligente y sorprendente. Un constructo literario complejo y estimulante que, con mucho humor, juega a estudiar el delirio colectivo, el desenmascaramiento de quienes ejercen el poder, y la relación de amor-odio-dependencia que puede llegar a mantener quien está perdido con quien le intenta mostrar el camino.

Luis Artigue, autor de estilo original y sobresaliente, se saca de la manga una ciudad ficticia de tintes góticos en la que la crisis económica y el miedo han hecho mella en sus habitantes hasta el punto de tener que debatirse entre la anarquía y el sometimiento. En la que la oscuridad lo ilumina todo evidenciando la podredumbre moral de la clase política. Y en la que tiene cabida un protagonista único e inolvidable desestabilizado por el amor que siente hacia alguien totalmente opuesto a él: Elisabeta, el único personaje de la novela del que sabremos el nombre.

No temáis a la atmósfera tenebrosa y apocalíptica de Silenza. Ignorad los sudores, los temblores y, sobre todo, los sonidos esofágicos del fotoperiodista. Armaos de amor y humor hasta que amanezca, porque el amor puede vencer al fanatismo, y el humor a la angustia y a cualquier totalitarismo. En esta ciudad, si salváis a la persona que amáis, podréis salvaros a vosotros mismos.

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Duramadre - Víctor Sellés

 


Distintas religiones y creencias místicas sostienen que los pensamientos, una vez formados, se convierten en una entidad real e independiente del pensador. El budismo tibetano defiende la existencia de los Tulpas, seres autónomos creados conscientemente y que habitan en el cerebro de quienes les dieron “vida”. No se trata de un juego. No son marionetas. Son, insistimos, entes autónomos (no necesariamente con forma humana), dotados de su propia personalidad.
Estas convicciones no deberían sorprendernos. ¿No es nuestra mente la que decide lo que es real y lo que no, la que separa lo existente de lo quimérico? El cerebro nos guía. Tras años de entrenamiento (o condicionamiento) nos dice qué hacer y qué no hacer, y no sólo en cuestiones físicas o biológicas. También nos pauta sobre conceptos tan abstractos o subjetivos como el bien o el mal. Dota a esas ideas, por tanto, del grado de realidad. Determina por nosotros, incluso, si existe Dios.

¿Estamos seguros de que el cerebro es un órgano “director y clasificador”, y no creador? Si esas religiones que comentábamos al principio están en lo cierto, Dios existe para nosotros desde el mismo momento en que tenemos ese pensamiento. Entonces, ¿Dónde viven Él y el diablo? ¿En el cielo y el infierno, o en el interior de nuestro cráneo, justo debajo de la duramadre?

El abuelo de Lorena tiene cáncer. Se está muriendo. Son prácticamente desconocidos el uno para el otro, pero ella, obedeciendo a su madre, viaja de Sevilla a Madrid para cuidarlo. La joven está al principio de su vida, y el anciano al final. Sus mundos son totalmente diferentes y lo único que los une es el sentimiento de culpa por aquello que los separó: la muerte del pequeño Daniel.
El hombre, de pasado turbio, parece obsesionado con las desapariciones de unas jóvenes de la edad de su nieta. Desea que regrese a su casa o, si no lo hace, ser capaz de protegerla. Si consigue lo segundo, tal vez pueda purgar todas las malas acciones de su pasado y, sobre todo, compensarla por el hermano que la arrebató.

Duramadre es una novela negra en tono y estructura. El realismo que el autor imprime a cada página, el tono íntimo que emplea para hablarnos de los personajes, y el detalle con el que nos describe sus vidas y sentimientos, hacen la sensación de que lo importante es el duelo entre un antiguo sicario y el demonio, no nos abandone hasta el final. Y decimos demonio y no asesino porque es el lector quien debe decidir si el responsable de las muertes, en un verano tan caluroso que hace pensar en las llamas del infierno, es una cosa o la otra.

Con capítulos cortos, saltando entre pasado y presente, y compaginando los puntos de vista de los dos personajes principales, la historia engancha de principio a fin. Elementos fantásticos y escenas aterradoras se van incorporando inadvertidamente a la trama hasta invadirlo todo, pero la maestría de Víctor Sellés hibridando géneros hace que sea prácticamente imposible decidir qué es real y qué no. Estamos ante una novela que habla del poder destructivo de la culpa y de la capacidad sanadora de la mente. De la importancia de los sueños y de las segundas oportunidades. De que siempre hay un lugar donde encontrar a los seres queridos que perdimos, pero también desde el que podrían volver aquellos a los que dañamos.

El diablo no tiene por qué ser un ser excepcional. Podría ser cualquiera. Y tan nocivo es el mal que ejerce quien lo disfruta, como el que desempeñan aquellos que, siendo conscientes de sus actos, saben que algún día tendrán que pagar un precio. Pero seréis vosotros, si leéis esta novela, quienes tendréis que decidir si alguien en esta historia merece perdón.

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Metanoia - Dioni Arroyo

 


La vida es cambio, transformación. Nada dura para siempre. Ni siquiera nosotros, los Homo Sapiens, seremos eternos. Probablemente nos convirtamos en otra cosa con el paso del tiempo. Lo haremos o nos extinguiremos, porque nuestro entorno no será el mismo dentro de miles de años. Probablemente nos demos cuenta, cuando pasen algunos siglos, de que hemos sido víctimas de nuestros propios actos. De nuestro egoísmo y descontrol, de nuestra falta de compromiso hacia el planeta que habitamos. Algún día recogeremos lo que hemos estado sembrando. 
Ya percibimos un aumento de las temperaturas y hay quienes prevén una nueva glaciación. No deja de ser paradójico que seamos los causantes (o aceleradores) del cambio climático que terminará por modificar (también) cómo, o lo que somos ¿O acaso pensáis que nuestra biología nos permitirá soportar temperaturas excesivas o muy bajas? ¿Creéis que la tecnología nos salvará? ¿Contamos con recursos ilimitados para que así sea?

Si nos detenemos a pensarlo, resulta inevitable asumir que el causante terminará siendo la víctima. Habrá quienes lo llamen karma, pero lo cierto es que ese tipo de interrelaciones no son extraordinarias. Nadie es el mismo con diez años, con veinte, treinta o cincuenta. Decimos que la vida nos enseña, que maduramos, y puede que en parte sea verdad. Pero no es menos cierto que cada cambio en nuestra forma de pensar y sentir es consecuencia directa de las vivencias y el entorno a los que tratamos de adaptarnos. Y de ese, del entorno, también somos responsables en gran parte. Decidimos con quien nos asociamos y en qué ambientes nos movemos. Permitimos (sin luchar) gobiernos corruptos, sistemas que no nos gustan, injusticias evidentes y crueldades cotidianas. Somos, si no culpables, al menos cómplices de mucho de lo que nos sucede. Y también lo seremos, como especie, de aquello en lo que nos tengamos que convertir.

¿Y si pudiésemos invertir ese ciclo de causa y consecuencia? ¿Y si fuésemos capaces de cambiar nuestro pensamiento, nuestras prioridades y forma de ser y, con ello, mejorásemos el mundo en el que vivimos? ¿No cambiaríamos también el futuro? ¿Y si experimentásemos la Metanoia?

En un futuro no muy lejano, marcado por el “apagón energético” derivado de la carestía del petróleo y por la excesiva contaminación, Asur trata de sobrevivir. Sus días son grises, como lo es el cielo, e intenta pasar por ellos lo más inadvertidamente posible. Nada le aporta demasiada felicidad, y menos su empleo: funcionario en una cárcel subterránea donde los interminables turnos le minan física y mentalmente. Su trágico pasado parece ir en consonancia con su oscuro futuro. El régimen en el que vive es cada vez más dictatorial y todo el mundo parece dejarse llevar. Nadie intenta oponerse a unos dirigentes que sólo se preocupan por mantener su posición y privilegios. Pero una noche conoce a Domnita, una hermosa reclusa que dice conocerle y que, a partir de ese momento, ocupará cada uno de sus pensamientos.

Metanoia es una novela con muchas capas. La más superficial y evidente nos muestra una distopía que homenajea Orwell y Bradbury, hasta que muta en un adictivo thriller de ciencia ficción que recuerda (vagamente) a El fin de la eternidad (Asimov). Pero que nadie se confunda, esta historia, como todas las de Dioni Arroyo, tiene identidad propia. Estamos ante un autor que es, ante todo, un humanista. Alguien que nunca renuncia a verter sus inquietudes en sus obras, pero que prefiere transmitir su mensaje a través del entretenimiento.

Este título fue publicado originalmente hace casi una década. La nueva versión, de la mano de Nou editorial, supera con mucho a la anterior. No sólo en la presentación, sino también en el estilo; algunos diálogos han sido agilizados y ciertas frases fluyen de forma más natural. En cuanto al argumento, no ha cambiado. 
Alternando la primera y la tercera persona, el autor vallisoletano sumerge al lector en una absorbente aventura que deja un magnífico regusto a ciencia ficción, aventura, y a nobles ideales contrarios a todo lo que huela a totalitarismo, xenofobia, o egoísmo en cualquiera de sus versiones.

Son muchas las cosas que no se pueden comentar de esta obra para no estropear las sorpresas que guarda. Quien escribe estas líneas tiene la sensación de que se ha quedado en la primera capa de disección, como la aventura lo es de la lectura. Pero creedme, leer a Dioni Arroyo SIEMPRE te hace un poco mejor persona. Así que no desaprovechéis la oportunidad de acompañar a Asur y a Domnita. No estaréis solos, pero toda ayuda será poca. En un mundo frío, hostil y sin esperanza, donde el Neopaganismo intenta recuperar aquello que la Iglesia Católica desvirtuó (y donde la libertad es una quimera), tendréis que encontrar la respuesta a la eterna pregunta: ¿existe el libre albedrío? o mejor, ¿existiría el libre albedrío de conocer el futuro?

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